EL ZOMBI QUE HOLLYWOOD NO QUISO VER

EL ZOMBI QUE HOLLYWOOD NO QUISO VER

Cuando pensamos en Boris Karloff, casi inevitablemente pensamos en el terror. Su rostro quedó asociado para siempre con monstruos, muertos vivientes y criaturas que parecían caminar desde un mundo situado entre la vida y la muerte.

Pero hay algo que pocas veces aparece cuando hablamos de aquellas películas: el mundo cultural y religioso que estaba detrás de algunas de esas historias.

Porque mucho antes de que Hollywood convirtiera al zombi en un monstruo que persigue seres humanos para devorarlos, en Haití la palabra tenía otro significado.

El zombi no era necesariamente ese cadáver putrefacto que conocemos hoy. En el imaginario haitiano estaba relacionado con algo bastante más terrible: un ser humano al que le habían arrebatado la voluntad y que podía ser obligado a trabajar como esclavo.

Y esa idea no aparece de la nada. 

Haití nació de una de las rebeliones de esclavos más importantes de la historia. Los hombres y mujeres arrancados de África llevaron consigo sus culturas, sus creencias y sus formas de entender el mundo. De ese encuentro nació el Vodou haitiano, una religión compleja, sincrética y profundamente vinculada a la historia de resistencia de ese pueblo.

Pero Occidente hizo algo que muchas veces ha hecho con aquello que no comprende: convirtió una tradición religiosa en espectáculo.

El cine descubrió serpientes, cementerios, hechiceros, cadáveres que regresaban de sus tumbas y seres humanos privados de voluntad.

Y nosotros nos quedamos con el monstruo.

La historia, en cambio, quedó bastante más atrás.

Durante décadas periodistas, médicos, antropólogos y escritores intentaron responder una pregunta que parecía salida de una película: ¿Existieron realmente los zombis haitianos?

Uno de los casos más conocidos fue el de Clairvius Narcisse, un haitiano declarado muerto y enterrado en 1962 que reapareció años después. Su historia llamó la atención de investigadores y alimentó una de las investigaciones más conocidas sobre la zombificación.

El antropólogo y etnobotánico Wade Davis estudió en Haití los llamados “polvos zombi”. Su hipótesis relacionó algunos de esos preparados con sustancias capaces de provocar una parálisis profunda semejante a la muerte, entre ellas la tetrodotoxina. Posteriormente se propusieron otras sustancias vegetales para explicar el estado de confusión y sometimiento que seguía a la supuesta “resurrección”.

La ciencia discutió y sigue discutiendo cuánto de aquello puede explicar realmente el fenómeno.
Pero quizás esa no sea la pregunta más importante.

Porque incluso si algún día se demostrara completamente que detrás de determinados casos existieron sustancias capaces de producir una apariencia de muerte, eso no explicaría por qué nació culturalmente la figura del zombi.

Y ahí aparece algo mucho más inquietante.

El zombi no era solamente un muerto que regresaba.

Era un esclavo que ya no tenía voluntad.

Un cuerpo que trabajaba.

Un ser humano convertido en instrumento de otro.

Entonces comprendemos que la imagen tiene una memoria histórica mucho más profunda.

La esclavitud no era una película.

El dolor tampoco.

Y mientras Hollywood convertía al zombi en un personaje de terror, Haití atravesaba una de las etapas más oscuras de su historia.

En 1957 llegó al poder François Duvalier, conocido como Papa Doc. Gobernó hasta su muerte, en 1971. 

Su régimen utilizó la represión, las desapariciones, la tortura y el miedo como instrumentos de control. 

Y tuvo una característica particularmente inquietante: la utilización política del imaginario religioso y popular haitiano.

Duvalier comprendió que el poder podía ser todavía más poderoso cuando conseguía rodearse de una dimensión sobrenatural.

Los Tonton Macoute, su milicia paramilitar, tomaron su nombre de una figura del folclore haitiano semejante al hombre del saco. Pero no eran personajes de una leyenda.

Eran hombres reales.

Podían detener, torturar, desaparecer o matar.

Y el miedo que producían también era real.

Papa Doc entendió algo que los tiranos de distintas épocas han comprendido perfectamente: el miedo es más eficaz cuando consigue presentarse como inevitable.

Incluso la religión puede ser utilizada para ello.

Y aquí conviene hacer una distinción.

No fue el Vodou el que creó a Duvalier.

Fue Duvalier quien utilizó elementos del universo religioso y cultural haitiano para fortalecer su poder.

Es algo que, con distintas religiones y en diferentes momentos de la historia, también hemos visto en otros lugares.

No es difícil encontrar sacerdotes o pastores que alguna vez hayan utilizado la fe de sus seguidores para fortalecer su propia autoridad.

El problema nunca fue necesariamente la religión.

El problema comienza cuando alguien descubre que puede convertir la fe de los otros en una herramienta de poder.

En 1971 murió Papa Doc y lo sucedió su hijo, Jean-Claude Duvalier, Baby Doc.

El nombre cambió.

La dictadura continuó.

Y mientras en las pantallas seguían apareciendo muertos vivientes, en Haití había personas reales viviendo bajo el miedo.

Eso es lo que a veces olvidamos cuando hablamos de la historia del cine.

Creemos que el terror pertenece a las películas.

Pero el dolor nunca ha sido ficción. Quizás por eso me interesa tanto la historia del zombi.

Porque Hollywood terminó transformándolo en un monstruo.

Después llegaron cientos de películas, series, videojuegos y novelas. El zombi comenzó a correr, perseguir, morder y devorar.

El muerto haitiano terminó convertido en una máquina de entretenimiento.

Y las nuevas generaciones heredaron ese monstruo.

Pero probablemente no heredaron la historia que había detrás.

Y aquí es donde la historia comienza a mirarnos a nosotros.

Porque el zombi original representaba a un ser humano al que le habían quitado la voluntad.

¿Y qué ocurre hoy?

No necesitamos necesariamente un hechicero.

No necesitamos un polvo misterioso.

No necesitamos una plantación.

Hay otras maneras de perder la voluntad.

Una persona puede pasar horas recibiendo información que confirma exactamente lo que ya piensa.

Puede vivir dentro de una burbuja donde todos tienen razón porque todos piensan igual.

Puede repetir una consigna sin preguntarse quién la inventó.

Puede odiar a alguien simplemente porque pertenece al grupo equivocado.

Puede defender una mentira porque la dijo alguien de los suyos.

Puede incluso dejar de escuchar.

Y entonces aparece una ironía bastante inquietante.

Hollywood imaginó al zombi como un cuerpo que caminaba sin voluntad.

Nosotros hemos perfeccionado el género:

tenemos zombis que opinan.

Pero quizás todavía podemos hacer algo que el zombi de la película ya no puede hacer.

Podemos detenernos.

Podemos dudar.

Podemos preguntar.

Podemos cambiar de opinión.

Podemos escuchar al que piensa diferente.

Podemos recuperar nuestra voluntad.

Porque el verdadero horror nunca estuvo solamente en que los muertos regresaran de sus tumbas.
El verdadero horror siempre fue que un ser humano pudiera ser convertido en instrumento de otro.
Y quizás el zombi de nuestro tiempo no sea el que camina después de morir.

Quizás sea aquel que sigue caminando mientras ha dejado de preguntarse hacia dónde va.

El muerto viviente siempre fue una ficción.

El miedo, en cambio, nunca lo fue.

Y tal vez por eso la historia del zombi siga siendo tan inquietante:

porque cuando miramos al monstruo con atención, descubrimos que quizá no estamos mirando a un muerto.

Estamos mirando un espejo.

Carlos Alberto Masciocchi

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