Lo que deben saber los políticos de Kast
Lo que deben saber los políticos de Kast:
“Quien se arropa con Estados Unidos, amanece desnudo.”
— Atribuido a Hosni Mubarak y a Anwar Sadat), citado en Capitales del Golfo, marzo de 2026
Hay una pregunta que ningún asesor del futuro gobierno de José Antonio Kast parece haberse formulado con la seriedad que merece: ¿qué ocurre cuando Beijing decide que un país ha cruzado una línea roja? La respuesta no es teórica. Está documentada en al menos tres casos recientes —Noruega, Australia y Lituania— y en cada uno de ellos se repite una gramática del castigo que Chile, por su estructura exportadora y su dependencia del mercado chino, debería estudiar como quien estudia el manual de defensa de un adversario que todavía llama socio comercial.
Esta nota no pretende ser un ejercicio académico. Es un mapa de riesgos concreto, escrito para quienes van a tomar decisiones que afectan la relación más importante —y más asimétrica— de la economía chilena. Si el próximo gobierno cree que puede alinearse con Washington en materia de seguridad, abrir oficinas de representación taiwanesas o sumarse a declaraciones sobre derechos humanos sin consecuencias comerciales, los casos que siguen deberían despertarle del sueño.
1. La anatomía del castigo: cómo opera la coerción económica china
China no aplica sanciones como lo hace Estados Unidos. No hay decretos ejecutivos, no hay listas negras publicadas en boletines oficiales, no hay conferencias de prensa donde un portavoz anuncia restricciones. Lo que hay es algo más sofisticado y, en cierto sentido, más peligroso: una maquinaria de castigo económico que opera bajo el principio de la negación plausible.
El patrón se repite con una consistencia que permite describir sus mecanismos con precisión casi clínica. Primero, la selectividad estratégica: Beijing no corta todo el comercio con un país que lo ha ofendido. Eso sería demasiado costoso para China misma. Lo que hace es identificar los productos más visibles políticamente —aquellos que representan comunidades electorales organizadas, regiones sensibles o industrias con lobby— y cerrarles el acceso al mercado chino. El salmón noruego, el vino australiano, las langostas de Tasmania: cada producto fue elegido no por su peso en la balanza comercial total, sino por su capacidad de generar dolor político interno. Mientras tanto, China seguía comprando lo que no podía reemplazar: mineral de hierro australiano, gas natural noruego.
Segundo, el disfraz regulatorio. Las sanciones nunca se presentan como lo que son. Aparecen bajo la forma de inspecciones sanitarias imprevistas, problemas de calidad súbitamente descubiertos, demoras inexplicables en la emisión de permisos. En el caso más extremo —Lituania, 2021— China simplemente eliminó al país de su sistema aduanero digital, haciendo que los exportadores lituanos no pudieran completar los formularios necesarios para despachar mercadería. Este recurso a la ambigüedad no es accidental: está diseñado para que la víctima no pueda presentar una demanda coherente ante la Organización Mundial del Comercio.
Tercero, la presión sobre terceros. Beijing no se limita a castigar al país infractor. Advierte a empresas de terceros países que sus propios productos podrían enfrentar problemas en el mercado chino si contienen componentes originarios del país sancionado. Durante la crisis con Lituania, empresas alemanas y francesas fueron informadas de que cualquier producto con insumos lituanos podía ser bloqueado. El objetivo es claro: aislar al país objetivo de sus propias alianzas, convertir a sus socios en vectores de presión interna.
Cuarto, y quizás lo más revelador: el horizonte indefinido. China no anuncia plazos. No dice “las sanciones durarán seis meses” o “levantaremos las restricciones cuando se cumplan estas condiciones”. La incertidumbre es, en sí misma, parte del castigo. El bloqueo a Noruega duró seis años. La campaña contra Australia se extendió por cuatro. Esa indefinición obliga a los sectores afectados a hacer lobby contra su propio gobierno, porque cada mes sin mercado es un mes de pérdidas que nadie puede proyectar cuándo terminará.
2. Tres países, tres lecciones: Noruega, Australia y Lituania
Noruega (2010–2016). El pecado fue haber otorgado el Premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo. La respuesta de Beijing fue inmediata y multidimensional: el salmón noruego fue sometido a controles aduaneros interminables que provocaron una caída del 70% en su cuota de mercado; las relaciones diplomáticas fueron congeladas; las negociaciones de libre comercio, suspendidas. Noruega resistió seis años antes de firmar una declaración conjunta donde reconocía —sin usar la palabra “disculpa”— el daño causado por el premio, y se comprometía a no socavar los intereses fundamentales de China. Beijing obtuvo lo que quería: un precedente. Noruega pagó el precio de no haber medido las consecuencias antes de actuar.
Australia (2020–2024). La ofensa fue pedir una investigación independiente sobre los orígenes de la COVID-19. China desplegó su campaña de coerción más amplia hasta la fecha, afectando bienes por un valor superior a los 20.000 millones de dólares: aranceles del 80% a la cebada, del 218% al vino, bloqueos a la carne, al carbón, a las langostas. Pero aquí aparece la otra cara: China no podía dejar de comprar mineral de hierro australiano, porque no tenía sustituto. Australia aprovechó esa dependencia inversa: no se disculpó, diversificó sus mercados, y China fue levantando las restricciones entre 2023 y 2024 sin obtener la retractación que buscaba. La lección es doble: resistir tiene un costo, pero ceder tiene un costo mayor.
Lituania (2021–presente). Un país de menos de tres millones de habitantes decidió permitir que Taiwán abriera una oficina de representación bajo el nombre de “Taiwán” —no de “Taipéi”, como exige el protocolo informal que Beijing ha impuesto globalmente—. La reacción fue desproporcionada: sanciones primarias, sanciones secundarias, presión sobre empresas europeas. Pero Lituania contaba con algo que Noruega no tuvo en 2010: el respaldo explícito de la Unión Europea, Estados Unidos y la propia Taiwán, que proporcionaron apoyo económico y diplomático. La oficina sigue abierta.
3. Chile frente al espejo: el triángulo que nadie quiere ver
Quien lea estos tres casos con ojos chilenos debería sentir una incomodidad precisa. Pero debería sentir también una segunda incomodidad, más profunda: que ninguno de esos casos describe la situación real de Chile. Porque Noruega, Australia y Lituania enfrentaron la coerción china dentro de un triángulo donde el tercer vértice —Estados Unidos, la Unión Europea, o ambos— tenía la voluntad y la capacidad de compensar el daño. Lituania resistió porque la UE y Washington absorbieron parte del costo. Australia resistió porque su economía tenía la escala y la diversificación para redirigir exportaciones. Chile no tiene ni lo uno ni lo otro.
La relación de Chile con China no es bilateral: es triangular. Y los tres vértices de ese triángulo —Beijing, Washington, Santiago— operan con lógicas, tiempos y capacidades radicalmente distintas. China es el principal destino de las exportaciones chilenas, con un volumen que ningún otro mercado puede absorber en el corto ni en el mediano plazo. Estados Unidos, que bajo la lógica del Escudo de las Américas exige alineamiento en materia de seguridad hemisférica, no ha ofrecido —ni tiene incentivos claros para ofrecer— un paquete de compensación comercial equivalente al que la UE proporcionó a Lituania. Y Chile, con una estructura exportadora concentrada en commodities y productos agroindustriales orientados al mercado asiático, carece de la diversificación que le permitió a Australia absorber el golpe.
Este es el dato estructural que cambia todo el análisis: no existe hoy un tercer vértice capaz de compensar lo que Chile perdería si Beijing decide castigarlo. La fantasía de que Washington ofrecerá acceso preferencial al mercado norteamericano a cambio de lealtad geopolítica no tiene sustento en ningún acuerdo firmado ni en ninguna señal concreta de la política comercial estadounidense. El Escudo de las Américas es un marco de seguridad, no un tratado de libre comercio. Quien confunda las dos cosas pagará el precio con las cerezas, el vino y el salmón de los productores chilenos.
A esto se suma la fragmentación regional. Uno de los mecanismos más eficaces de Beijing es negociar bilateralmente con cada país para impedir que se formen bloques de resistencia. En América Latina, donde la integración económica es débil y los intereses nacionales frecuentemente divergentes, esta táctica encuentra un terreno fértil. Perú, Brasil, Argentina —cada uno tiene su propia dependencia del mercado chino, y cada uno preferirá ocupar el espacio que Chile deje vacante antes que arriesgar su propia relación con Beijing por solidaridad hemisférica.
4. Lo que debería hacer cualquier gobierno que entienda dónde está parado
Si el triángulo asimétrico es la realidad —y lo es—, entonces las recomendaciones estándar de los manuales de coerción económica no aplican sin más. No basta con decir “diversifica y resiste”. Hay que preguntarse: ¿diversificar hacia dónde, con qué volumen, en qué plazo? Y sobre todo: ¿quién compensa mientras se diversifica?
Primero, abandonar la ilusión de la neutralidad cómoda. Chile no puede alinearse con Washington en seguridad y pretender que Beijing no lo registre. Tampoco puede asumir que la relación comercial con China es indestructible solo porque el cobre y el litio son difíciles de reemplazar. Los productos vulnerables —cerezas, vino, salmón, celulosa— representan comunidades, regiones y empleos concretos. La primera obligación de un gobierno responsable es mapear esa vulnerabilidad producto por producto, región por región, y comunicarla con honestidad antes de tomar posiciones que la activen.
Segundo, exigir reciprocidad antes de alinearse. Si Washington pide alineamiento en seguridad hemisférica, Santiago tiene que preguntar: ¿qué ofrece a cambio en el plano comercial? Lituania obtuvo fondos de compensación de la UE, acceso preferencial a mercados europeos y un paquete diplomático coordinado. ¿Qué ha ofrecido Washington a Chile? La respuesta, hasta hoy, es: nada concreto. Un gobierno serio no entrega fichas geopolíticas sin recibir garantías económicas verificables. Eso no es antiamericanismo; es política exterior adulta.
Tercero, construir colchones antes de necesitarlos. La lección de Australia no es “resiste y todo saldrá bien”. Es que Australia pudo resistir porque tenía escala, diversificación previa y un producto irremplazable como palanca. Chile necesita construir esos colchones antes de que llegue la crisis: acuerdos de acceso a mercados alternativos para los productos vulnerables, reservas estratégicas de divisas, y —sobre todo— una estrategia de comunicación interna que prepare a los sectores exportadores para un escenario de restricción, en lugar de sorprenderlos con él.
Cuarto, entender que las alianzas regionales no van a funcionar como en Europa. La solidaridad de la UE con Lituania fue posible porque existe un mercado único, instituciones supranacionales y una voluntad política de contención frente a China. En América Latina no existe nada de eso. Chile no puede contar con que Perú o Brasil sacrifiquen su relación con Beijing por solidaridad. La única alianza realista es bilateral —con la UE, con Japón, con Corea del Sur— y debe construirse antes de que sea necesaria, no durante la emergencia.
¿Entonces?
Quien aspire a gobernar Chile debe entender algo que ningún manual de libre comercio enseña y que ningún discurso de alineamiento hemisférico menciona: que en el triángulo China-EEUU-Chile, Santiago es el vértice más débil, el que tiene menos capacidad de absorción, menos alternativas y menos tiempo. Los costos de la ingenuidad son siempre más altos que los costos de la preparación. Y la hora de prepararse es antes de que alguien en Washington pida un gesto que alguien en Beijing decida castigar.
Pero hay, en estos mismos días de marzo de 2026, una razón para la esperanza que nadie en la clase política chilena parece haber registrado. Mientras escribimos estas líneas, las monarquías del Golfo Pérsico — los aliados más ricos, más armados y más dependientes de la protección estadounidense en el mundo — están descubriendo que el águila tiene alas de papel. Qatar, que alberga la mayor base militar norteamericana en Medio Oriente, fue bombardeado por Israel — un aliado de Washington — sin que Estados Unidos moviera un dedo para impedirlo. Arabia Saudita, que ha invertido cientos de miles de millones de dólares en armamento estadounidense, y en enriquecer a la familia Trump, ve cómo sus refinerías de petróleo quedan expuestas a drones iraníes mientras Washington se declara sorprendido. Los estados del Golfo, que aceptaron durante décadas el pacto más antiguo de la geopolítica moderna — soberanía a cambio de seguridad —, descubren hoy que el paraguas estaba hecho de promesas, no de acero.
Y si las alas de papel se mojan, el águila cae. Esa es la lección que cruza el océano desde el Golfo Pérsico hasta el Pacífico sur: la amenaza de Washington no es tan sólida como parece en los discursos del Escudo de las Américas. Si los países más ricos del planeta, los que más han pagado por la protección norteamericana, no pueden confiar en ella cuando la necesitan, ¿por qué habría de tenerla Chile? ¿Por qué habría un gobierno chileno de ceder soberanía comercial — su relación con China, sus exportaciones, el sustento de regiones enteras — a cambio de un escudo que, en el momento de la verdad, protege solo los intereses de quien lo sostiene?
El aprendizaje de estas dos semanas es más profundo de lo que parece: cuando se negocia sin miedo, las cosas salen mejor. Noruega cedió por miedo y firmó un precedente que la persigue. Australia negoció sin miedo y recuperó todo. Lituania resistió sin miedo y mantuvo su posición. Y ahora, los estados del Golfo están aprendiendo — de la peor manera posible — que el miedo al protector puede ser más costoso que el miedo al adversario. Chile tiene la oportunidad histórica de aprender esa lección leyéndola, no viviéndola. Que nuestros políticos negocien con China con inteligencia, con firmeza y con alianzas reales — pero sobre todo, que negocien sin miedo. Porque el miedo es el único recurso que ambas potencias necesitan de nosotros para que el triángulo funcione a nuestro costo.
Extractado de: https://otromben.substack.com/p/lo-que-deben-saber-los-politicos?utm_source=post-email-title&publication_id=4806691&post_id=190872282&utm_campaign=email-post-title&isFreemail=true&r=7a47ol&triedRedirect=true&utm_medium=email

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