Su nombre es Juancho: memoria política del MIR y de una generación

Su nombre es Juancho: memoria política del MIR y de una generación

 

 

 

por Patricio Rivas H. 2026.

 

Recordar para no olvidar: para hacer del tiempo un relato vivido, una experiencia y una biografía colectiva, comunitaria, de miles. Hoy escribimos entre nosotros para intentar que las luchas y los años del MIR sean escuchadas por algunos habitantes del pueblo de Chile, para resaltar que nada fue en vano. Que la historia no es una travesía ascendente, ni un camino hacia una paz idílica, sino recorrido en el que es mejor tener memoria y dignidad.

Recordar a Mario Espinoza es, ante todo, un ejercicio de rigor y de amistad jamás puesta en duda. Portador de demasiadas historias como para intentar narrarlas todas, su vida se desplegó en los perfiles de la rebeldía y de la revolución. Enfrento, al evocarlo, dos dificultades fundamentales: cada instante de su vida política exige un contexto que resulta imposible desarrollar por razones de espacio; a ello se suma una personalidad, individual y colectiva a la vez, exuberante en lucidez y en capacidades creativas, perceptible solo cuando el sentido común de la trivialidad no gobierna las palabras.

Fue en ese contexto que conocí a Juancho, de manera fugaz, a mediados de 1970, en una jornada de lluvia fría, durante las luchas estudiantiles que culminaron -bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva- con el allanamiento de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, una de las joyas de la institución. Lo recuerdo conversando con Eneas y con el HH de la Escuela de Ingeniería, en la legendaria calle Macul. Me impresionó su serenidad frente a los hechos: su manera de escuchar sin interrumpir, de analizar las palabras del otro detrás de una sonrisa, de ironizar la situación y de imitar con agudeza a algunos de sus protagonistas.

Ese primer encuentro, casi incidental, contenía ya -aunque entonces no lo supiera- rasgos que más tarde se volverían persistentes: la calma en medio del conflicto, una inteligencia sin estridencias y una distancia irónica que no debilitaba el compromiso, sino que lo hacía más lúcido. Lo volví a encontrar en el segundo semestre de 1970 y trabajé cerca de él -aunque de manera discontinua- entre 1971 y septiembre de 1973. Regreso ahora, en estas semblanzas, a su apartamento del segundo piso en la avenida Grecia; a su Fiat 600 rojo, pequeño y llamativo; a sus cafés hospitalarios y a las tostadas rápidas, a veces escuálidas. Vivía en un lugar con una diminuta sala de reuniones donde nos apretábamos con humor. Así fue la noche del lunes 10 de septiembre, a pocas horas del golpe.

Veo allí a José Bordas Paz, a Arturo Vilavella, a Lisa "la Rusia", reunidos en el espacio de las últimas expectativas. En el centro, una mesa gastada por el tiempo recibía notas y manuscritos sobre la revolución y la militancia, marcados por años de cigarrillos y de terribles cafés con leche. Allí depositaba sus papeles, asegurados para que no cayeran por un voluminoso libro de tapas blancas, de una editorial cubana: De la guerra, de Karl von Clausewitz, excesivamente subrayado, ajado por el uso, por sus lecturas persistentes y consultas constantes.

Nos veíamos con frecuencia en los años de la esperanza y, luego, en los años de plomo. Nos vinculamos en las jornadas clandestinas a inicios de 1974, especialmente después de la caída del equipo de organización en marzo de ese año. Coincidimos en reuniones de coordinación cuando el clima de acoso y cerco se volvía denso, pegado a la piel. Cuando Sergio Pérez ingresó a la Comisión Política, dejamos de conectarnos.

Meses más tarde, hacia fines de 1974, volvimos a compartir, esta vez como presos políticos, una celda -la pieza uno- de la Academia de Guerra Aérea (SIFA). Allí estaban también Patricio Mericoni y Antonio Cortez Tersi. Vendados, esposados, incomunicados, pero siempre saboteando la barbarie, dialogando mediante códigos simples.

Luego fuimos trasladados a la Casa Amarilla, en la comuna de Las Condes, como presos desaparecidos o "inubicables", durante dos meses. Formamos parte del proceso 84-74 de la Fuerza Aérea contra la dirección del MIR: trece era el número de nuestro grupo. Fuimos condenados en dos instancias y expulsados del país por el decreto 504. Todo ello fue una puesta en escena hipócrita del general Gustavo Leigh ante Augusto Pinochet y la opinión pública, destinada a mostrar que los aviadores no eran como los exterminadores de Manuel Contreras.

Vivimos luego en la larga galería siete de la Penitenciaría de Santiago, un espacio panóptico que, pese a todo, tenía cine los domingos, un pequeño almacén de víveres y una fuente de agua. Él salió expulsado del país desde la prisión rumbo a Suecia; yo, a Bélgica.

Volvimos a vernos y a reunirnos en Estocolmo, en un apartamento de Ann. También en París, Bruselas, Berlín, Holanda y La Habana. Allí afirmamos, reseñamos y revisamos nuestras vidas compartidas, junto a otros: Juan Olivares, Luis Retamal, el Vilo Araneda, Felipe, Mario, Roberto. Porque cuando se comparte la vida en las luchas y en los sueños que te definen, esos lazos te atan para siempre, en la poesía de una amistad inmortal.

En el delante de esos instantes nos respetábamos, no como una liturgia de antiguas luchas, sino como dos seres humanos situados en medio de fenómenos amplios y convocantes. Nos reconocíamos en compromisos morales que no era necesario certificar ni recordar: estaban en el aire que se respira.

Me transporto ahora a un día de 1978, en París, cerca de la Place de la Bastille. En la casa de una de nuestras compañeras me dejó una carta hermosa y sensible. En ella reseñaba con fluidez cómo la física lo convocaba: ese mundo infinito de la materia, la energía, el tiempo, el espacio y el misterio era su lugar. Decía que la política era sustantiva para vivir, pero que las ciencias constituían, a su vez, el alma de la lógica misma del existir. Pensándolo bien, era para él un verdadero dilema: la política frente a la física, ambas como sentimientos vastos. Su ser más profundo estaba tensionado entre esos dos universos.

Quizás ya había percibido una pista -muy vaga- en una reunión de 1972, en pleno paro de los gremios de camioneros, en el Parque del 900, cerca de la calle Lira. Allí señaló, en una suerte de monólogo, la pugna entre esos dos mundos: el universo infinito y el universo histórico. Ese día estaba con nosotros Pepone, José Carrasco Tapia, asesinado años después por la dictadura. El diálogo entre ambos fue telegráfico, entrecortado, condensado, omitiendo incluso los artículos de algunas frases: una estética retórica de sentidos más insólitos que evidentes.

A las observaciones sobre lo que sería una lucha muy larga en Chile -quizás sin fin- y a los riesgos del dogmatismo grupal señalados por Pepone, Juancho interrumpió con una frase casi musical: sin embargo, siempre quedará la física.

Como se fragua desde la historia

Existe un antiguo texto de la tradición bolchevique, escrito en 1923 por Anatoli Lunacharski, en el que se reseñan las vidas y rasgos de varios dirigentes de la Revolución rusa. Con un estilo agudo y penetrante, Lunacharski se propone algo más que describir trayectorias políticas: busca desentrañar aquello que hace de un ser humano un revolucionario y un luchador. En sus retratos aparecen forjadores de utopías posibles en contextos que para muchos otros resultan imposibles; no simples traficantes de sueños, sino cultivadores de esperanzas reales, sostenidas por una voluntad ética y una sensibilidad creadora.

Sin embargo, la pregunta de fondo permanece abierta: ¿por qué se opta por cambiar el orden histórico?, ¿desde dónde nace esa pasión y esa disposición a la ruptura? La respuesta última no la sabremos. Se trata de una interrogante que remite a la existencia misma y a la densidad sentimental de las luchas sociales. Desde luego, hasta hoy y a lo largo de la historia, han existido centenares de seres humanos, en todas las tierras del planeta, dotados de sensibilidades sociales, culturales y humanas comunes, capaces de reconocer la injusticia y de aspirar a un mundo distinto. Pero en cada sujeto singular, atravesado por sus propias vicisitudes de vida, los detalles son esenciales y portadores de una originalidad irreductible. Existen experiencias biográficas -hechos que dejan huellas profundas en el alma- suficientes como para elegir un modelo de vida colmado de esfuerzos y renuncias, pero también de realizaciones múltiples y luminosas, algunas pequeñas, otras inmensas.

Puede afirmarse que toda disidencia frente al orden del capital expresa diversas formas de crisis ante las desigualdades y las patologías de su reproducción. Hay una rebeldía activa que se enfrenta a las demencias cotidianas de vidas y destinos sometidos a desigualdades extremas. En ese sentido, la política revolucionaria es también una determinación por una normalidad distinta: una vida decente, generosa y solidaria, donde la dignidad deje de ser una excepción.

Los individuos, considerados de uno en uno, no suman ni multiplican por sí solos un proyecto político-histórico. Pero, integrados en una comunidad, construyen fuerzas morales. Gestan culturas de unidad y acción común, y se superan a sí mismos dentro de un clima fraternal y exigente. Esta lógica forma parte de la genética de las agrupaciones políticas con anclaje histórico y cultural. Así ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad y, de manera particular, en el Chile de los años sesenta. Estos sentidos profundamente sensibles habitaron en las mujeres y los hombres que forjaron el mirismo cultural y político como el intento más significativo de una nueva izquierda en la segunda mitad del siglo XX chileno.

En el MIR, entre 1965 y 1970 -un período de fragua, articulaciones y agrupamientos- se congregaron cientos de mujeres y hombres jóvenes provenientes de diversas historias sociales y culturales. Cada cual puso su vida en el empeño de construir una izquierda revolucionaria nueva, original, fraternal y, al mismo tiempo, eficaz. Desde múltiples planos, nacionales y mundiales, se fueron gestando las condiciones políticas y también psicológicas para tejer una comunidad de aspiraciones de país y de sociedad. Esa amplia diversidad dotó a la joven organización mirista de una política y de una vida nuevas. Un rasgo singular de aquellos años fue la alegría, el humor a flor de piel en los distintos colectivos, un tejido de metas, lenguajes y complicidades, quizás heredero de la generación cultural y estética de los años previos, de sus distancias éticas frente al mundo oficial y, sobre todo, de una intensa voluntad de vivir.

Mario y Jorge.

Se puede trazar un relato sobre Mario Espinoza -Juancho- desde múltiples perspectivas. Sus rasgos humanos no se dejan encerrar en estereotipos simples: científico, militante, amigo, escritor, aventurero, dirigente y cofundador del sistema político-militar del MIR. Su existencia se fraguó en aquellos ámbitos que el mundo antiguo nombraba como las tierras del destino: la lucha, la fortuna, el amor y la necesidad. Se decía que todo individuo dotado de ímpetu debía pagar tributo a cada una de ellas en el curso de su vida. En Mario, esa relación se cumplió plenamente. La fortuna lo libró de más de una celada; el amor le otorgó un modo singular de estar en la lucha, una intensidad optimista en lo que hacía; la necesidad de permanecer con y entre los suyos impregnó su manera de construir la amistad.

Los hermanos Espinoza -Mario y Jorge- encarnaron una doble ruptura generacional: con el mundo adulto y con la política tradicional, incluso con una izquierda histórica poderosa pero aún aferrada a una cultura convencional y litúrgica, pese a sus pugnas internas. Ninguno de los dos poseía la parsimonia del militante comunista ni la paciencia para las tendencias interminables del Partido Socialista. En la fundación del MIR hubo, en cambio, una pasión desbordada por el pensamiento y la acción, por la reflexión unida a la práctica, junto a una urgencia por no delegar en las leyes de la historia la resolución de los conflictos. Dualidad nunca fácil, ni en la política ni en la vida.

Juancho, estudiante de física, era expansivo, alegre y analítico, con ciertos gestos caribeños y habaneros en sus maneras. Vestía con una elegancia casual: el cabello peinado hacia atrás, con una pulcritud heredada de los años cincuenta. Cultivaba las sendas de la seducción con arrebatos de actor. Amante del pensamiento abstracto, tanto en la física como en la política, admiraba a Julio Cortázar por sus juegos con el tiempo y las discontinuidades narrativas -el Cortázar de Rayuela-, y a Ernesto Sábato por los laberintos del relato que permiten dudar del tiempo mismo. Comentaba a Jean-Paul Sartre de manera coloquial: sin compartir sus postulados básicos, pero con un respeto nítido por la hondura ética del compromiso existencialista.

Jorge -o Abel-, su hermano, estudiante de filosofía, era introvertido y por momentos hermético, aunque lejos de ser ensimismado. Una risa suave, casi una sonrisa permanente, lo acompañaba. Tenía una marcada inclinación por la filosofía árabe y sefardí: Avicena, Averroes. Vestía abrigos largos, al estilo de un anarquista ruso en Siberia, ropa oscura y liviana en verano. Se enredaba en debates interminables con el singular profesor Juan Rivano, quien sentía por él una admiración comparable a la que profesaba por Lumi Videla. Valiente y de reacciones precisas, solía contradecir la primera impresión que muchos se formaban de él. Sus pausas no eran vacilaciones, sino tiempos necesarios para formular ideas elegantes y polémicas, o para decidir que no valía la pena responder.

Ambos provenían del histórico Liceo de Aplicación, institución pública de enseñanza secundaria de hombres, en la que generaciones de jóvenes aprendieron a pensar críticamente y a disputar el sentido de la historia, más que una antesala universitaria, el Liceo de Aplicación fue, para nuestra generación, un primer territorio de politización, amistad y ruptura con el orden establecido. También eran parte de los territorios populares, de barrios aguerridos de la zona norte de Santiago y del sur de San Miguel. Territorio que, durante gran parte del siglo XX y especialmente en los años sesenta y comienzos de los setenta, fue una de las llamadas comunas rojas de Santiago: un espacio popular con fuerte presencia obrera, sindical y política, donde el Partido Comunista, el Partido Socialista y otras expresiones de la izquierda lograron un arraigo social profundo, vinculado a fábricas, poblaciones y a una vida comunitaria organizada. Ese perfil convirtió a San Miguel en un territorio activo de movilización y politización durante el ciclo de la Unidad Popular.

Posteriormente, el golpe de 1973, la represión y los procesos de reestructuración social y urbana desarticularon ese tejido histórico. En las décadas siguientes, la comuna fue desplazándose hacia posiciones políticas más de centro y derecha, con una identidad menos definida por proyectos colectivos transformadores, en sintonía con las mutaciones culturales e ideológicas del país. No es irrelevante, en este giro, la fragmentación territorial de antiguas comunas populares y la recomposición urbana que diluyó vínculos sociales previos. En ese nuevo mapa, expresiones de la derecha dura -como se evidenció en los altos respaldos obtenidos por José Antonio Kast en sectores de la zona sur de Santiago- encontraron condiciones más favorables, no tanto por continuidad histórica, sino por la erosión de las culturas políticas comunitarias que antes habían dado sentido a esos territorios.

Todo ese paisaje social y político -las comunas populares, las rupturas generacionales, la fractura producida por la dictadura y las mutaciones posteriores del país- no constituye aquí un relato en sí mismo, sino el telón de fondo de una experiencia histórica más amplia. Es desde ese entramado de territorios, culturas políticas y sensibilidades de época que se vuelven inteligibles ciertas biografías, entre ellas la de Mario Espinoza, Juancho, y la de una generación que hizo del MIR no solo una organización, sino una forma de vivir, pensar y luchar.

En ese cruce de mundos -cultura, política y vida cotidiana- los hermanos Espinoza encarnaron tempranamente una sensibilidad que no separaba estética y compromiso. Incursionaron en el rock en uno de los momentos de mayor intensidad creativa del género en Chile, con su propia banda, como parte de una búsqueda que también pasaba por el lenguaje y la imaginación. Al mismo tiempo, participaron en los diversos intentos surgidos desde el mundo socialista, en su composición amplia e híbrida, por empujar una política más radical. En una corriente tendencial que postulaba la vía armada, reunieron a varios compañeros con quienes, poco después, ingresarían al MIR.

No resulta forzado pensar en los hermanos Espinoza como figuras casi literarias, que deambularon por espacios políticos y académicos, moviéndose entre la ironía y la lucidez, hasta transformarse en revolucionarios. Pero los tiempos de la literatura y los de la historia rara vez coinciden; a Abel le tocó habitar esta última, con todas sus consecuencias.

Esa realidad tiene un rostro concreto y doloroso en Jorge Enrique Espinoza Méndez, Abel, hermano de Juancho. Estudiante de filosofía de la Universidad de Chile y militante del MIR, había nacido el 1 de enero de 1950 y tenía 24 años cuando fue detenido el 18 de junio de 1974 por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), el organismo central de la represión y del terror político del régimen militar, dirigido por Manuel Contreras.

A comienzos de los años noventa, en una conversación larga y pausada en mi casa del cerro, Juancho me preguntó si había vuelto a ver a Abel después del golpe. No era una pregunta casual ni una curiosidad tardía: era una búsqueda dolorosa, insistente, de fragmentos de verdad en medio del vacío. Le respondí que sí, que lo había visto dos veces.

La primera fue en febrero de 1974, en un día de calor insoportable, nos reunimos para organizar el traslado de algunos compañeros que tenía escondidos en una casa. La segunda ocurrió en marzo, en uno de esos episodios absurdos que deja la vida clandestina: Abel y yo estábamos reunidos dentro de un Austin Mini cuando, de pronto, una Citroneta nos chocó literalmente. Fue un encuentro tan inesperado como irreal, marcado por la alarma que imponía la persecución permanente.

Le conté también lo más difícil de decir. Cuando fui prestado como prisionero desde la Academia de Guerra Aérea a la DINA y me estaban interrogado bajo tortura, trajeron a Abel. En ese momento, uno de los agentes, el Guatón Romo, le dijo: "También capturamos al Gaspar". Años más tarde, este hecho formó parte de la declaración que realicé ante la fiscalía que investigaba su caso, a fines de junio de 1974 escuché a Abel con vida en Londres 38.

Juancho me escuchó sin interrumpir. Guardó silencio largo rato. Luego con una sobriedad devastadora dijo que ese era el dolor más grande que había tenido y tiene en su vida. Son sentimientos que no admiten consuelo y que permanecen indelebles con el paso del tiempo.

Ese dolor, dicho muchos años después, condensa una marca generacional. Jorge fue trasladado al cuartel de Londres 38, en pleno centro de Santiago, un lugar que hoy nombra lo innombrable. Allí fue visto por última vez. Desde entonces, su historia quedó suspendida, arrancada de la continuidad de la vida, como tantas otras de su generación.

Su ausencia no es un dato ni una referencia histórica: es una herida que recuerda que esas y nuestras vidas, compromisos y decisiones no fueron gestos simbólicos, sino elecciones que tuvieron un costo real e irreversible, grabado en los cuerpos ausentes y en la memoria colectiva, como parte indeleble de la barbarie y de las violaciones a los derechos humanos en Chile.

 

 

Clima de época, formación militante y disputa estratégica en el MIR (1965-1973)

La vida social popular recupera aliento incluso cuando sus intentos parecen transformarse en frustraciones y angustias, cuando la luz es lejana y apenas una meta intuida. No hay luchas sin algún grado de desesperación, sin el momento en que se dice -o se piensa- hasta aquí no más. Esto ocurrió en Chile, en la política, en la cultura y en la vida cotidiana, entre 1965 y 1973. Por eso, narrar ese tiempo sin aludir a su clima psicológico sería un gesto vacío. Cuando la pasión por salir de las injusticias y regresiones deja de ser melancólica y se convierte en impulso para actuar, arriesgar y explorar caminos desconocidos, muchos semejantes se agrupan sin aspavientos, empujados por una misma urgencia vital.

A los hermanos Espinoza se les atribuyeron diversas acciones de expropiación, realizadas en bicicleta o a pie, con o sin armas, hacia los años 1966 y 1967. Relatos que oscilan entre lo fantástico y lo verosímil, y que forman parte de esa trama donde la historia se mezcla con la leyenda y el mito efectivo de la conversación militante. Abel y Juancho se incorporaron hacia fines de 1968 al MIR en Santiago, trayendo consigo experiencias políticas y fundacionales de lucha directa en la amplia periferia urbana de la capital.

Juancho destacaba por su capacidad para formular ideas operativas simples y eficaces para la acción directa. Conocía de armas y tenía un saber amplio sobre las experiencias guerrilleras latinoamericanas, en particular la brasileña. Sin embargo, mantenía una mirada crítica frente a textos que circulaban entonces, como los de Carlos Marighella o los relatos del capitán Bayo, habituales en reuniones y grupos de estudio. Paralelamente, escarbaba con rigor en la historia de Chile: leía los diarios de José Miguel Carrera, los tomos del historiador Luis Vitale, las rebeliones de la Patagonia y, con especial interés, las experiencias urbanas de los pobladores sin casa, pero con una conciencia política aguda.

En alguna ocasión, junto a Mario Díaz Barrientos -militante del MIR y periodista de Punto Final-, diseccionó las enseñanzas más generales del Diario del Che Guevara en Bolivia, buscando comprender no solo la épica, sino también las condiciones reales, los límites y las tensiones de una lucha prolongada.

La situación interna del MIR atravesaba, desde 1967, una etapa de debates intensos entre las fuertes corrientes trotskistas y la corriente emergente liderada por Miguel Enríquez. Este proceso culminó en 1968 con la elección de Miguel como secretario general del MIR y la posterior salida de los militantes trotskistas. No fue solo un relevo orgánico, sino un cambio cultural profundo que produjo ondas de impacto duraderas en la militancia. Era, en el fondo, una manera de afirmar que la revolución no era un asunto del futuro lejano ni solo de formulaciones teóricas, sino una tarea del presente, una práctica que debía producir efectos concretos en la realidad.

Este giro impuso la necesidad de pensar los complejos problemas de una estrategia de poder popular revolucionario para Chile, sin quedar atrapados en los grandes esquemas doctrinarios heredados de décadas anteriores. Se debatía entre las distintas opciones estratégicas que recorrían la izquierda revolucionaria internacional: la insurrección urbana frente a la vía rural; las experiencias del MIR venezolano o peruano frente a los Tupamaros uruguayos, las FAR de Guatemala o los grupos colombianos. Sin embargo, la estrategia político-militar aprobada en el Congreso de 1968 definió una vía fundamentalmente insurreccional, inscrita en el canon de las izquierdas revolucionarias de la época, pero con claros énfasis en la construcción de doble poder y poder popular, en continuidad con una tradición larga de la izquierda chilena. Con el paso de los años, esta definición adquiriría una importancia decisiva.

Muchos militantes se vieron así empujados a reflexionar desde una realidad chilena concreta, elaborada a partir de la noción de formación social propia, más que desde la trasposición mecánica de experiencias latinoamericanas que también se encontraban en sus etapas fundacionales. Quienes hicieron de este problema un campo de estudio prioritario -inicialmente modesto, pero luego más elaborado y realista- fueron, entre otros, Juancho y Bruno Serrano, Sergio Pérez Molina, Juan Carlos Rodríguez, Max Marambio, Andrés Pascal, Luciano Cruz y Edgardo Enríquez, cada uno desde distintas tradiciones teóricas y sensibilidades políticas.

Durante 1969 y los primeros meses de 1970, en las postrimerías del gobierno de Eduardo Frei Montalva y en el umbral de la victoria popular de Salvador Allende, esta estrategia comenzó a ser puesta en cuestión de facto. La irrupción de la Unidad Popular, la división de la derecha y la radicalización creciente de los sectores más pobres y excluidos -tanto en el campo como en la ciudad- sacudieron las categorías teóricas clásicas, obligando a repensarlas desde la práctica. Miguel Enríquez denominó este escenario no clásico como un período prerrevolucionario prolongado, aludiendo a que la iniciativa histórica se encontraba en una compleja y cambiante balanza de fuerzas.

Juancho formuló estas tensiones con especial claridad en una reunión del recién constituido Regional Santiago, en abril de 1971. Allí planteó una reflexión que abrió un debate intenso entre el modelo de los Grupos Político-Militares y el desarrollo de fuerzas nacionales centrales, no como alternativas excluyentes, sino como un problema de combinación estratégica. Su exposición fue directa: si se pensaba únicamente en una resolución urbana e insurreccional del momento político, se corría el riesgo de quedar atrapados en una sola hipótesis y ser desbordados por otras dinámicas. Con lucidez y audacia, propuso entonces la idea de una lucha popular prolongada, desplegada en todo el territorio del país.

Esta formulación se apartaba del canon dominante de la guerra civil revolucionaria o de las insurrecciones parciales y generales que, hasta entonces, aparecían en escritos y discursos como el horizonte casi exclusivo. Puede inferirse que en esta mirada influyó una lectura no convencional de los textos militares de Mao Tse-tung, especialmente en lo referido al uso del tiempo como variable estratégica para el desarrollo de fuerzas; también los documentos del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado de 1917, centrados en el problema de la oportunidad revolucionaria; los escritos militares de León Trotsky difundidos en Argentina; y la producción geopolítica francesa, más académica y sobria.

Debe incorporarse, además, una singularidad decisiva: los diálogos y debates con intelectuales latinoamericanos que marcaron la reflexión sobre teoría de la revolución y luchas sociales en esos años, particularmente Ruy Mauro Marini, Emir Sader y Juan Carlos Marín. Estos intercambios complejizaron la comprensión del poder, la dependencia y las formas concretas de una estrategia revolucionaria en sociedades como la chilena.

No es menor recordar que la editorial del partido, El Rebelde, publicó Las lecciones de las insurrecciones fracasadas en Europa después de 1920, centrado en las experiencias alemana y húngara. Elaborado por un colectivo de análisis de la Internacional Comunista bajo el seudónimo de Neuriberg, el texto fue impulsado y prologado por Arturo Vilavella y Juancho como una fuente de aprendizaje a partir de derrotas históricas poco examinadas.

Juancho destacaba por pensar desde ángulos originales el siempre complejo problema de las formas de lucha y sus condiciones. En el MIR, la noción de poder remitía a un entramado amplio de relaciones sociales y no se reducía a la caricatura de la mera "toma" del poder. El núcleo más sólido de estas reflexiones lo conformaban Arturo Vilavella, Andrés Pascal Allende, José Bordas Paz y Luciano Cruz, en torno a quienes se agrupó una cofradía intelectual y política a la que se sumaron compañeros como Quila, Mario, Melo, Dago, el Chico Pérez Bolchevique, León, Bruno, el Tano, Rafa y el Guajiro, aportando tanto a la elaboración como a la práctica.

Entre 1970 y 1974, este pensamiento estratégico enfrentó desafíos profundos. Partiendo de la hipótesis de un golpe militar en el corto plazo tras la victoria de Salvador Allende, se abrieron varios escenarios: desde una fractura en las Fuerzas Armadas hasta una ofensiva prolongada de la derecha y un largo ciclo de resistencia urbana y rural. Lo indiscutido era la naturaleza violenta de la resolución de la crisis chilena y latinoamericana, expresión del agotamiento de los modelos de desarrollo, de la democracia y del sistema político. El radicalismo de las izquierdas respondía así a transformaciones estructurales de las formaciones sociales, y no a impulsos voluntaristas.

Desde mediados de 1972, estas visiones -simplificables como ofensiva o resistencia prolongada- ganaron peso en el Comité Central y los regionales del MIR. Ya en febrero de 1971 se había constituido la Comisión Nacional Militar, encabezada por Arturo Vilavella, con Juancho en un rol central. En el pleno de Concepción de 1972, ambos elaboraron un documento de líneas generales para un programa militar estratégico ante la acelerada agudización de las luchas sociales.

Con rigor, diseñaron el modelo de una Fuerza Central semirregular, estructurada en cuatro escuadras, inspirada en experiencias soviéticas de la Segunda Guerra Mundial, pero adaptada como eje material del campo popular. Esta fuerza debía articularse con unidades territoriales y milicianas, dotadas de movilidad, poder de fuego y flexibilidad, bajo conducción política central. Juancho asumiría luego la responsabilidad de este proyecto fundamental, dotándolo de estructura, dirección y moral, en estrecha cooperación con la dirección política del MIR.

 

Lucha prolongada: debates y síntesis en el MIR

Desde una mirada general, el modelo estratégico al que Juancho fue incorporando muchas de sus observaciones puede describirse como un esfuerzo articulado en tres velocidades complementarias, síntesis de años de debates y elaboraciones colectivas. En el centro se situaba el desarrollo del poder popular en los principales centros urbanos y en áreas rurales del país. A partir de ese proceso debía formarse una fuerza miliciana de carácter semirregular, de composición amplia y con distintos niveles de desarrollo en los espacios locales, a la que Dagoberto Pérez denominó Masa Armada.

En un segundo plano se concebía la construcción de fuerzas propias de alcance territorial y nacional, dotadas de capacidades de combate, información y logística, capaces de actuar según un diseño general denominado Plan Espacial Nacional. Este diseño buscaba articular las distintas expresiones de fuerza del campo popular bajo una lógica coherente y coordinada. A ello se sumaba un tercer vector: el trabajo político en el seno de las Fuerzas Armadas y policiales, considerado un componente estratégico ineludible en un escenario de crisis estatal prolongada.

De manera transversal, emergía también el imperativo de las relaciones políticas y conspirativas regionales, especialmente con organizaciones y partidos afines de los países vecinos. En la cúspide de esta arquitectura se encontraba el Comité Central y la Comisión Política, que, a través de sus comisiones nacionales, regionales y locales, implementaban los acuerdos debatidos en las instancias de dirección.

Estos tres vectores se sostenían en una racionalidad política fundamental: la convicción de que sería la mayoría del pueblo, junto al conjunto de las fuerzas de izquierda -con sus distintos matices-, la que pondría en juego todos sus esfuerzos para contener de manera activa y coordinada las arremetidas de la derecha. Ya fuera frente a una iniciativa golpista o ante otras operaciones conspirativas y militares, el horizonte no era solo resistir, sino disputar la iniciativa, construyendo condiciones para ofensivas parciales y, eventualmente, generales del pueblo y sus organizaciones. Esta concepción se alejaba radicalmente de la caricatura instalada por la historia oficial, que reduce la experiencia chilena a la acción aislada de un grupo o partido.

Las ideas que Juancho fue integrando junto a otros compañeros se fraguaron, por una parte, desde un análisis crítico de las luchas latinoamericanas del siglo XX, en particular de lo que de forma simplificada se conoció como las tesis foquistas, asociadas al texto de Régis Debray Revolución en la revolución, muchas veces mal leído y peor discutido en el debate regional. Pero, sobre todo, se nutrieron de una rica recopilación de prácticas reunidas en Diez años de insurrección en América Latina, editado por PLA y trabajado por Vania Bambirra, un extenso esfuerzo de sistematización basado en cientos de páginas y entrevistas a militantes de diversas experiencias.

Más decisivo aún fue el estudio riguroso de las luchas populares en Chile: sus prácticas, formas organizativas, experiencias de autodefensa y ofensivas parciales que, pese a ser negadas por la historia oficial, atravesaron todo el siglo XX. Leídas no como simples "fracturas de la gobernabilidad", sino como procesos reales de construcción de fuerzas, estas experiencias se volvieron una geografía indispensable de referencias. Mirarlas con ojos críticos constituía un imperativo de seriedad política y rigor intelectual.

Sin embargo, era evidente que se estaba frente a una experiencia singular, con pocas referencias universales, desarrollada en tiempos muy breves, con un saber estratégico todavía limitado pero con importantes capacidades tácticas acumuladas. De allí la necesidad de una analítica propia, y más aún, de una lectura atenta y rigurosa del despliegue real de los conflictos sociales de esos años, observados desde el pueblo mismo y no desde esquemas heredados.

Aquí se manifiesta con nitidez una singularidad del proceso chileno. Juancho, junto a Arturo Vilavella, ya había formulado estas preocupaciones en una reunión de la Comisión Militar Nacional, en abril de 1973. El debate fue intenso y polémico, aunque no tuvo repercusiones tácticas inmediatas. En él afloraron dudas legítimas de enfoque y, al mismo tiempo, quedó en evidencia que se estaba produciendo un proceso de reformulación estratégica no escrita, sostenido más en conversaciones, balances y cruces de información que en documentos formales.

De esas discusiones se desprendían, al menos, dos vertientes de análisis. La primera provenía del Comité Central, a partir de sus evaluaciones sobre el desarrollo real del poder popular; la segunda, de la estructura de información dirigida por Edgardo Enríquez. Ambas confluían en una conclusión decisiva: tras las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, la iniciativa golpista estaba en marcha. La votación obtenida por la Unidad Popular -44,2 % el 4 de marzo, superior incluso al 36,6 % con que Salvador Allende había ganado la presidencia en 1970- clausuraba la posibilidad de un "golpe blanco" amparado en la legalidad y dejaba, para la derecha en su conjunto, una sola alternativa: el golpe militar.

Para el pueblo y sus organizaciones, esto abría un escenario extremadamente complejo, donde organización, preparación y disposición se volvían urgencias vitales. El tiempo jugaba en contra y, en cuestión de semanas o meses, la historia ajustaría la fortuna. El problema central quedaba entonces nítidamente planteado: quién tomaba la iniciativa, quién daba el primer paso y quién lograba asumir la conducción global de las luchas y del conflicto que se aproximaba. Esa era, en último término, la pregunta estratégica que atravesaba todo el período y que cerraba esta etapa de elaboraciones con una tensión abierta, aún no resuelta.

El cierre violento del ciclo democrático-popular chileno

El 29 de junio de 1973, el teniente coronel Roberto Souper, al mando del Regimiento Blindado N.º 2, intentó asaltar el Ministerio de Defensa y el Palacio de La Moneda, con apoyo político del grupo de ultraderecha Patria y Libertad. Este intento de golpe militar -conocido como el Tanquetazo- fue contenido y derrotado gracias a la firme decisión del general Carlos Prats, en su calidad de comandante en jefe del Ejército, y a la masiva movilización de las fuerzas de izquierda en Santiago y en otras ciudades del país. Aquel día resultó decisivo desde múltiples perspectivas.

Sectores de marinos, soldados, aviadores y carabineros se alinearon entonces con el gobierno de la Unidad Popular, con la izquierda y con el MIR, en defensa de Allende frente a la ofensiva golpista. Núcleos de la Armada llegaron a manifestar disposición para realizar acciones ofensivas que, combinadas con el respaldo social desplegado, habrían abierto una posibilidad real de iniciativa popular en puntos estratégicos del país, inclinando la balanza a favor del gobierno y de sus fuerzas sociales más combativas.

En ese mismo escenario, la Fuerza Central del MIR estaba en condiciones de hostigar el despliegue de los blindados y de impulsar acciones de masas en apoyo a Prats, junto con convocar a una movilización general del pueblo. Todo ello habría creado condiciones para que el presidente Allende adoptara medidas de mayor alcance, respaldadas por un apoyo popular efectivo, aislando a los núcleos golpistas más articulados en la Marina y en sectores del Ejército y la Fuerza Aérea.

Estas posibilidades se discutieron en la vorágine de aquella mañana, sin tiempo para calibrar plenamente cada uno de sus efectos. El debate atravesó la Comisión Política del MIR, el Regional Santiago y la Comisión Militar Nacional. Con la perspectiva que otorgan los años, y tras múltiples análisis de aquellas horas críticas, resulta claro que la posición sostenida por Andrés Pascal Allende, Dagoberto Pérez, Juancho, el Chico Pérez y otros -de asumir la oportunidad abierta, aunque fuese por un breve lapso- era correcta y necesaria. Sin embargo, no se generó un debate interno suficiente ni una resolución clara. Todo ocurrió, a lo sumo, en un lapso de 48 horas de ajustes, expectativas y reacomodos, principalmente desde arriba y desde el mundo social.

Se trataba de una opción con sustento político, moral y territorial: en poblaciones, fábricas, cuarteles, buques y en la mayoría de los cuadros de la izquierda. Clausurada esa posibilidad, como efectivamente ocurrió, lo que siguió fueron años de violencia extrema contra el pueblo y las fuerzas de izquierda, en todos los espacios donde intentaron resistir o reconstruirse. La masacre de los sectores populares, la ocupación policial y militar del territorio nacional y la desarticulación sistemática del tejido social marcaron el período que se abrió tras el 11 de septiembre de 1973. Lo que vino después fue un repliegue desordenado, seguido por una fragmentación social, política y cultural que se prolongó hasta los años ochenta, cuando -de forma lenta, molecular y bajo permanente acoso represivo- el pueblo y los sectores más decididos de la izquierda comenzaron a reagruparse, a través de las jornadas de protesta nacional que culminarían en el plebiscito de 1988.

Mucho puede y debe debatirse sobre las opciones asumidas por el MIR en esos años de lucha ininterrumpida. Pero hay un punto que no admite ambigüedades: la decisión de resistir y luchar, en todas las formas posibles, fue una respuesta ética y política frente a una contrarrevolución que asumió un carácter refundacional, cuyo peso ha gravitado durante décadas sobre Chile, clausurando una y otra vez la posibilidad de un país más justo. Incluso los ciclos de apertura posteriores a 1990 -en dignidad, justicia, democracia y derechos- han estado marcados por una mezcla persistente de conquistas parciales y frustraciones, incluidas aquellas generadas desde la propia izquierda.

La vigencia de una ética y de una lucha

Hablar de Juancho es hablar de una forma de estar en la historia. De su capacidad para pensar estratégicamente sin perder humanidad; de su rigor sin dogmatismo; de su compromiso sin estridencias. Fue un intelectual militante en el sentido más pleno del término: alguien que unía ideas, acción y cuidado por los otros, que construía equipos, que escuchaba, que dudaba cuando era necesario y que decidía cuando el tiempo lo exigía. Haberlo conocido, haber sido compañeros, no fue solo una experiencia política, sino una humana y ética. En él se condensan aportes que siguen siendo valiosos: la comprensión del poder como relación social viva, la necesidad de combinar formas de lucha, la importancia del tiempo histórico y, sobre todo, la convicción de que ninguna transformación profunda puede prescindir del pueblo organizado como sujeto consciente.

Recordar a Juancho y a nuestra generación no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de memoria activa. Tampoco se trata de idealizar el pasado, ni minimizar el presente, pero afirma algo fundamental: hay legados que siguen operando como criterio moral y político en el presente.

En un mundo geopolítico atravesado nuevamente por la imposición de la fuerza, por guerras abiertas o encubiertas, por reconversiones conservadoras que adoptan formas populistas de ultraderecha, basadas en la administración del miedo como política, en la xenofobia y en el desprestigio de las corrientes progresistas, recordar esas trayectorias es afirmar que hubo -y puede volver a haber- proyectos colectivos orientados por la dignidad, la justicia y la solidaridad.

La esperanza que queda no es la del triunfo asegurado, sino la de la persistencia: la certeza de que las ideas sembradas, las luchas dadas y los vínculos construidos no desaparecen del todo. Siguen ahí, como reserva moral e histórica, esperando nuevas generaciones capaces de leer su tiempo con lucidez y de volver a decir, cuando haga falta, que la historia no está cerrada.

 

Publicado por Red Charquicán el 18.1.26 

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