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El cantautor cubano Silvio Rodríguez: «La herramienta estratégica del porvenir es el humanismo»
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"La canción es una de las artes que más vínculos logra, por ser capaz de
acompañar en cualquier circunstancia: un viaje, una enfermedad, un amor,
una pérdida, un miedo, una felicidad… Las canciones tienen esa virtud, y
además pueden ser reproducidas, si no en la voz, sí en la memoria de
cualquiera. Ese don vincula a los autores con historias personales y
colectivas de diversas magnitudes. Es milagroso ser parte de la vida de
tanta gente, es un obsequio lleno de significados".
El cantautor cubano Silvio Rodríguez: «La herramienta estratégica del porvenir es el humanismo»
Hace dos meses, en La Habana, conocí a Silvio Rodríguez por segunda
vez. La primera fue hace veinte años, cuando me regalaron un casete con
su música. Ese 1999, coloqué la cinta en el reproductor y apreté el
botón.
A partir de ese momento, no pasa un día en que no escuche, cante,
recuerde, recomiende, toque en la guitarra una canción suya. Cecilia
Todd, la maga, obró el milagro.
La historia de cómo se organizó el encuentro podría dar para una
larga crónica, pero me conformo por ahora con comentarles que tuve el
privilegio de asistir al concierto de su esposa, la flautista Niurka
González, y de allí, a que me guiara por las calles de La Habana Vieja,
la catedral sumergida en su baño de tejas. De que me dijese, señalando
el letrero de Floridita, «tú que eres escritor, aquí es donde Hemingway
gustaba tomar su trago de ron».
Fuimos al Museo Nacional de la Música y disfrutamos de la maravillosa
voz de Cecilia. Luego cenamos, hablamos de la victoria del pueblo
sirio, de la lucha que se libra en Chile. Tuve la dicha de que se uniera
a la conversa, Vicente Feliú. Contó del abrazo colectivo que sentía
cada vez que iba a Argentina. De cuando Vicente se comió, él solo, una
inmensa torta de chocolate, cosa que aún recuerda la mamá de Silvio.
Vi sus ojos humedecerse al relatar la historia de un guerrillero
nicaragüense, cuyo último aliento fue para evocar una de sus canciones.
Luego, como si aquello no hubiese sido suficiente, me llevó a través de
la noche habanera y vimos el malecón. Hablamos sobre el significado de
Casiopea y le expuse la teoría que tenía.
Cecilia bromeaba con él y decía que Silvio era el unicornio. Él reía también y daba detalles de cómo se le ocurrió la canción.
Dejamos a Cecilia en su casa y luego seguimos hacia Marianao. Quería
absorber todo lo posible, que la mente siempre tan traicionera tatuara
en mi alma ese momento. Cuando me dejó frente a la puerta de la
residencia, me dio la mano y me dijo «te voy a leer». Yo solo pude
mirarlo, darle las gracias y repetirle «eres la banda sonora de mi
vida».
De aquel encuentro, surgió un compromiso. Otorgar una entrevista para la agencia rusa de noticias Sputnik.
La pandemia de la COVID-19 brindó un marco de oportunidad propicio
para explorar los tiempos que transita la humanidad y los retos
colectivos que enfrentamos.
— Silvio, el capitalismo ha quedado desnudo ante esta
pandemia. Se ha visto impotente para dar respuesta a millones de mujeres
y hombres alrededor del mundo. Ahora son Cuba, China, Rusia quienes
salen de sus fronteras para dar una mano a la humanidad. ¿Estamos en
presencia de un cambio de época o de un reacomodo? ¿Crees que como en tu
canción, la era está pariendo un corazón?
— Al menos yo, me siento en presencia de una gran incógnita.
El corazón que paría la era a la que canté hace más de medio siglo
era el descubierto por hombres que, después de ganar una guerra
revolucionaria, renunciaron a sus cargos y comodidades para, con una
humildad desconcertante, volver a situarse en primera fila, otorgándole a
la lucha armada virtudes que la realidad después mostró como
circunstanciales.
Cuando el Che y sus compañeros se fueron yo estaba pasando mi
servicio militar. En aquellos momentos (1964-1965) yo no entendí la idea
del internacionalismo. Me parecía que en Cuba había demasiado que hacer
y consolidar para marcharse, aunque fuera con tan elevados propósitos.
Sin embargo, el fracaso de la experiencia boliviana y la muerte de
tantos buenos hombres, me hizo querer ser como ellos. Así es, a veces,
la juventud: capaz de sacar lecciones de las hormonas, más que de los
hechos.
— Se dice que los poetas, los músicos, escritores y artistas
tienen la capacidad de adelantarse a los acontecimientos, por esa
intuición que poseen. Muchas veces el tiempo termina dándoles la razón.
¿Cómo imagina el mundo postpandemia? ¿Qué debemos aprender de este
momento que vivimos? ¿Podremos ser ‘un tilín mejores’?
— Es obvio que la pandemia ha hecho aflorar deficiencias, a nivel
humano, del sistema llamado liberal, cuya divisa es privatizarlo todo.
Es obvio que en muchos aspectos le está yendo mejor a países con Estados
fuertes. Pero no creo que esa reflexión vaya a cambiar las mentalidades
y mucho menos los intereses creados que suelen mover al mundo. No es
que niegue que vayan a quedar cosas positivas. Una fuerte corriente de
pensamiento progresista se está manifestando en temas como la
desigualdad, y el maltrato al planeta, lo que sin duda es positivo y
espero que al final tenga su peso. Aunque sería bien raro que una
pandemia lograra transformar el mundo. ¿Dónde quedarían tantos
pensadores, tantas doctrinas, tantos ejemplos?
Yo creo que lo peor del mundo, resulte lo que resulte, va a tratar de
seguir siendo como era. Falta por ver la conciencia, la fuerza que van a
generar las muy evidentes deficiencias de los sistemas.
— La guerra simbólica que Estados Unidos ha desatado durante
el último siglo llevó a la gente a pensar que su sociedad y valores eran
el modelo a seguir. Pero, a pesar de las pruebas, de las dolorosas
imágenes que vemos por televisión y que reflejan a personas que no
pueden pagar el tratamiento contra la COVID-19, parece difícil hacer
despertar a la gente de este sueño donde Hollywood luce como gran altar
intocable de las fantasías humanas. ¿Cómo podemos hacer frente a esta
batalla por el imaginario colectivo? ¿Qué herramientas debemos utilizar
los modelos distintos para no quedarnos rezagados en este nuevo siglo?
¿En qué hemos fallado, de ser este el caso?
— Nada y mucho menos nadie es lo suficientemente poderoso para
enfrentar tantos retos solo. Diversos grupos y personas deberán seguir
trabajando. Los complejos de superioridad y desmanes de algunos países
son parte de una naturaleza, de una cultura. Nada de eso se va a abolir
por decreto, porque no sólo creen en ello quienes mandan, también están
convencidos muchos de los que son mandados.
Por otra parte, con la internet y la comunicación
generalizada han aflorado opiniones que antes quedaban en los hogares,
en las esquinas, en los vecindarios. Muchos jubilados, sobre todo los
que ocuparon cargos de responsabilidad, están en el mundo virtual dando
opiniones. A mí me abruma a veces tanta información, tantas personas
diciendo cómo debieran ser las cosas. Ante esa avalancha incontenible me
siento una partícula minúscula, un soplo de nada. Entonces tiendo a
abrazarme a lo elemental, a lo esencial. Creo que debemos tratar a los
demás como nos gustaría ser tratados. La herramienta estratégica del
porvenir es el humanismo, no hay nada mejor. El fallo consiste en
alejarse de las verdades elementales, que suelen ser útiles incluso para
tratar temas complejos.
— ¿Cómo está sobrellevando Silvio Rodríguez esta Cuarentena?
¿Está leyendo algo? ¿Componiendo, quizá? ¿Tiene alguna recomendación
literaria o musical a quienes nos leen? ¿Una película tal vez?
— Estoy como me gusta estar: en familia. Por supuesto que con muchas
tareas pendientes. Estoy llevando al pentagrama alguna música. Eso es
grato y es trabajo. Por supuesto que estoy leyendo cosas. Ahora mismo,
«Algo más en el equipaje», unos cuentos de [Ray] Bradbury. Volví a ver
una película profética de Steven Soderbergh: «Contagio». Es de 2013 y
describe paso a paso lo que nos ha sucedido en los últimos meses.
También riego las matas, trato de caminar lo más posible. Lo que más me
angustia es que no seamos capaces de aprender. Una pieza triste con
forma de rondó.
— Tal como se lo dije en la Habana, «eres la banda sonora de
mi vida». Si ves los miles de comentarios que le escriben a tus videos
en la red social Youtube, puedes darte cuenta de que podría ser esa una
frase adecuada para millones de personas alrededor del mundo. Hay un
comentario que leí en Youtube que quería transmitirte: «Me enamoré con
los temas de Silvio, en los 80. En Valparaíso y Santiago de Chile eran
casetes de oro. Estaban prohibidos por la dictadura, pero igual los
escuchábamos, los regrabábamos. Silvio nos acompañaba en nuestras
limitaciones juveniles bajo un régimen fascista. ¡Cuántas vivencias
hermosas, asociadas a vuestra compañía!». ¿Qué sientes cuando alguien se
te acerca y te dice que su música le ha cambiado la vida? ¿Cuál es la
historia que más te ha marcado en este sentido?
— Lo primero que hay que comprender es que cuando alguien lleva más
de medio siglo en un oficio, es difícil no tener algo que contar… En
eso, la música es una privilegiada, por los acercamientos que propicia.
No me ha sido posible guardar todo lo que recibo, pero tengo cartas,
fotos, dibujos, libros y un largo etcétera afectivo que la generosidad
humana me ha ido obsequiando a lo largo de la vida.
La canción es una de las artes que más vínculos logra, por ser capaz
de acompañar en cualquier circunstancia: un viaje, una enfermedad, un
amor, una pérdida, un miedo, una felicidad… Las canciones tienen esa
virtud, y además pueden ser reproducidas, si no en la voz, sí en la
memoria de cualquiera. Ese don vincula a los autores con historias
personales y colectivas de diversas magnitudes. Es milagroso ser parte
de la vida de tanta gente, es un obsequio lleno de significados.
— Eres un latinoamericano de alcance mundial. En tu recorrido has conocido a otros personajes con alcance semejante. Le preguntaré por dos: Hugo Chávez y Fidel Castro. ¿Qué recuerdas de ellos?
— Desde los 90 he sido cada vez más reacio a salir. Conocí a Chávez
porque Fidel me convenció de ir a Venezuela a hacer un concierto.
Recuerdo que se lo dije a Amaury Pérez y a Carlos Varela, que se sumaron
con entusiasmo. Chávez tuvo la gentileza de recibirnos, e incluso se
sentó a comer con nosotros. Tuvo el detalle de invitar a unos músicos
que cantaron con arpa, cuatro y maracas, recordándome una antigua mañana
en que estuve en San Fernando de Apure, en casa del Indio Figueredo.
Aquella noche en Miraflores nos sirvieron hallacas, que yo no había
comido, y me gustaron tanto que me serví de nuevo. Llegué vivo al día
siguiente de milagro. Deshecho en menudos pedazos participé de aquel
concierto. Fue un infortunio.
La segunda vez que estuve por allá, fue durante un revocatorio. Había
gente de muchos países; recuerdo a mi amigo Roy Brown, cantor
puertoriqueño. Esta vez me cuidé de comer hallacas y pude cantar algo
mejor. Hasta que el mismísimo Chávez se subió al escenario y dijo que,
aunque la gente no lo sabía, él y yo teníamos un duo —Silvio y Hugo,
dijo—, y que allí íbamos a hacer nuestra rutina. Me miró y empezó a
recitar un hermoso poema sobre [Simón] Bolívar, y yo a seguirlo con la
guitarra, acompañándolo como podía, y así continuamos durante un largo
rato. La gente estaba enloquecida.
Chávez, además de su corazón generoso, tenía un gran talento
histriónico. Era un hombre muy carismático. Lo de aquella tarde fue uno
de los eventos más insólitos que me ha tocado vivir sobre un escenario;
rotundamente inolvidable.
— Su producción creativa, poética y musical, está marcada por
los momentos históricos. Pueden verse retazos en ellos que nos hablan
de los acontecimientos vividos en Latinoamérica y el mundo. Las
denuncias imperialistas en países como Nicaragua, Chile y la propia
Cuba. Pienso en su canción ‘Cita con Ángeles’ que parece ser un
compendio de sus angustias, pero también de admiración por personajes
que lucharon por el bienestar de la humanidad. ¿Cuál sería la canción de
estos tiempos?
— Eso mismo me gustaría saber a mí.
— Se suele marcar el martes 13 de junio de 1967 como su
‘debut musical’, en el programa de televisión Música y estrellas.
Cincuenta años después a usted se le sigue escuchando, recomendando, así
como se hace con Los Beatles. Personas de 70 y 80 años lo escuchan con
la misma pasión que estudiantes universitarios de 20 años. ¿A qué cree
que se deba este fenómeno?
— Efectivamente, yo debuté un martes 13 (ni te cases ni te embarques,
dicen en Cuba sobre ese día). Yo iba a ser dibujante. A los 15 años
empecé a trabajar en el semanario Mella, inicialmente órgano de la
Juventud Socialista, y hasta los 20 estuve dibujando en las revistas
Venceremos y Verde Olivo, publicaciones militares. Pero me encontré con
la guitarra y me enamoré. Lo cierto es que el instrumento me entretenía
más que la gráfica. Era un mundo que me tentaba desde niño; de pronto se
me abrió la oportunidad y me perdí en él.
Yo también me pregunto el porqué de esa secuencia temporal; para mí
también es un misterio. Pero viendo cómo se comportan esas cosas,
recuerdo que nunca me interesó hacer canciones muy a la moda; es decir,
para hacerme fácilmente de un público. Algunos de mis contemporáneos me
veían raro, y no me lo decían para herirme sino porque les llamaba la
atención que me aferrara a aquella forma personal, pudiendo ser más
popular de otra manera… Lo cierto es que cuando empecé a tocar la
guitarra ya yo leía literatura, tenía nociones de historia del mundo y
del arte, precariamente, pero manejaba algunos criterios. También era un
adicto a la música llamada clásica. Puede que todo esto haya tenido que
ver con la decisión de explorar caminos propios, con intentar no ser
mimético, con la disciplina de escuchar la música con sentido crítico,
incluída la propia, y con el deseo de no parecerme a nadie, ni siquiera a
mi mismo.
— ¿Hacia dónde va Silvio Rodríguez? ¿Hay algún país al que desee volver? ¿Algún proyecto del que pueda darnos un atisbo?
— Tengo la tentación de responderte que no me queda más remedio que
ir hacia la cuarta edad… Si no te parece demasiado humor negro (aunque a
mí me gusta el humor, sea del color que sea)… Sinceramente, es
formidable viajar, ver el mundo; se adquiere un tamaño de bola, se
aprende mucho. Aún me gustaría ver Grecia, Egipto, Japón, al menos un
pedacito de India; me gustaría ver Madagascar y pasar por el Cabo de
Buena Esperanza. Me gustaría ver Perito Moreno. Me gustaría —mucho— ver
Machu Picchu, el Gran Cañón, las cataratas del Niágara (aunque estuve
en Iguazú). Pero me temo que no me va a alcanzar el tiempo para ver todo
lo que me gustaría. Y no es que sea conformista, pero me parece que soy
un afortunado que ha podido ver mucho. Así que mi más preciado proyecto
ahora mismo es poder seguir trabajando en el estudio cuanto antes, para
terminar algunos discos que tengo empezados. Entre ellos, uno con el
grupo Diákara, de hace casi 30 años. Y otros muchos temas que he estado
grabando después y que tengo que terminar de mejorar y/o editar. Sin
contar los que se me ocurren constantemente.
Ahora mismo, en la pandemia, pienso sacar un disco virtual de
canciones a guitarra: diez u once temas que, en conjunto, se va a llamar
Para la espera. Habrá una canción dedicada a mi amigo Eduardo Aute:
Noche sin fin y mar.
— ¿Hay algo de lo que se arrepienta? ¿Algo que haría distinto de poder volver el tiempo atrás?
— Es curiosa esa pregunta, porque me hace recordar que cuando joven
analizaba mis etapas anteriores con mucha severidad, dando por sentado
que no iba a volver a incurrir en tal o más cual defecto… Es bueno ser
autocrítico, y hacer retrospectivas ayuda mucho, aunque también
debiéramos ser capaces de anticiparnos, de asumir valores sólidos como
espina dorsal de una conducta deseable.
Jamás me arrepentiré de haber tenido sentimientos de piedad, de
comprender que cada ser humano puede sufrir las mismas angustias y
tragedias. En consecuencia, no me es posible renunciar a la defensa de
mi conglomerado humano, o sea, mi país.
Por ser parte de ese todo, cualquier impertinencia extraña me ofende
el albedrío, mi soberanía, que tampoco es magnífica, porque somos un
pueblo que a duras penas se ha podido desarrollar en algunos sentidos.
Si yo tuviera alguna diferencia con quienes me gobiernan, sería entre
ellos y yo. Nadie tiene derecho a meterse en eso. Mucho menos quienes
van por el mundo como si todo les perteneciera. No soporto a los
hipócritas que afirman que las sanciones a Cuba son contra su gobierno.
Ahora, durante la pandemia, cubanos incluso de Estados Unidos les han
pedido que tengan piedad con el pueblo de Cuba. Pero son sordos al dolor
ajeno los que tanto hablan de Dios.
Ellos saben que si un gobierno se mantiene es porque un pueblo lo
permite —es imposible de otra forma—, por eso llevan 60 años haciéndonos
la vida imposible, para que sepamos el precio. Es un tópico del
humanismo universal estar contra la tortura. Pues todo un pueblo, el
cubano, lleva más de seis décadas siendo torturado por un vecino
poderoso y abusador. Aclaro que aunque tenga opiniones, aunque
puntualmente esté a favor de unas cosas y rechace otras, nunca he tenido
la más mínima tentación de dedicarme a la política. Y que no soy nada
complaciente con nuestra realidad.
— ¿Cuál es su mensaje para el mundo, para quienes resisten a
esta pandemia, y también a las amenazas de un sistema que no permite que
los pueblos decidan su propio destino?
— Mi mensaje es como el montuno de los sones:
reiterativo. Tratemos al prójimo como queremos ser tratados. Si no
respetas, no rezongues cuando no te respeten. Como dicen por allá, por
Mayarí: que lo que me deseas, tengas.
Decirlo así es mi forma de mirar al futuro con optimismo.
Grande Silvio .... Fuistes en mi juventud compañero clandestino leal que me acompaño en época de dictadura, nada fácil y muy doloroso para nuestro pueblo .....hoy sigues en mi trichera abrazando la esperanza de tener dignidad para Chile!!
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