La sociedades de las personas sin valor
La sociedades de las personas sin valor
por Andrés Piqueras //
La creciente importancia del desvalor
Podemos entender el desvalor de dos formas diferentes pero complementarias:
a) Como pérdida de las posibilidades de generar valor o de contribuir al mismo.
b) Como pérdida de la propia importancia en el proceso de generación o reproducción de valor.
Veamos cómo se ensamblan uno y otro.
Lo primero que hay que tener claro es
que sin plusvalía no hay rentabilidad para cualquier inversión
capitalista. Y sin rentabilidad se apaga la inversión. Si no se ven
oportunidades de inversión, deja de acumularse capital productivo, esto
es, se da una pérdida del “stock” o existencias de capital.
En el conjunto de las formaciones
centrales esas existencias pasaron de aumentar 5 puntos en la década
1960-69, a 3,3 de 1991 a 2000 (Brenner, 2009). En Alemania, en concreto,
la formación bruta de capital en porcentaje del PIB pasó de 32,5% en
1970, a 19% en 2015; y en Japón de 39% a 24% para esas mismas fechas,
según el Banco Mundial (2016).
Este proceso de “des-incentivación” de
la acumulación desata una secuencia en cadena de desvalorización: de
seres humanos y de su trabajo, de capital fijo y circulante y en
consecuencia también de la propia naturaleza. Los vemos uno a uno.
Desvalorización de los seres humanos
Las “capacidades” del capital,
especialmente el que queda denominado como “capital fijo”, nos asombran
tanto porque el capitalismo nos ha habituado a mirar el mundo de forma
invertida, como a través de una cámara oscura, pues aquéllas no son sino
la forma fetichizada de los poderes del trabajo social colectivo, que
incorporan las experiencias y saberes de generaciones; hoy diríamos que
es la forma sistematizada de conocimiento que se deposita como
“ciencia”. Esa incorporación fue hecha de forma progresiva, implicando
una dimensión creciente de la subsunción real del trabajo al capital.
Así, a través de la cooperación productiva los conocimientos y
experiencias de los productores y productoras inmediatos fueron
incorporados al proceso general de trabajo, dándose una primera división
del tiempo de trabajo mediante la especialización. Con la
maquinización, son los conocimientos y experiencias generales de la
sociedad los que resultan incorporados a la producción (la capacidad del
conjunto social, expresada como maquinaria, se va a poner a producir a
expensas de la capacidad de cada individuo, que se convierte en mero
servidor de la máquina, lo que lleva a la mutilación de sus facultades).
Es por eso queaumenta la autovalorización del capital al tiempo que disminuye el valor de la fuerza de trabajo como mercancía, en cuanto que pierde importancia en el proceso general de procuración de valor.
Entonces, con el maquinismo la
subsunción real deja de producirse de una forma inmediata, para hacerse
de forma mediada: como aplicación tecnológica de la ciencia. Y con el
desarrollo de la industria a gran escala las fuerzas productivas de la
sociedad ya no expresan de manera alienada tan sólo el conocimiento y la
experiencia del colectivo laboral, sino el conocimiento y la
experiencia colectiva acumulada previamente por la humanidad entera (general intellect).
En la actual revolución científico-técnica el proceso de trabajo queda
cada vez más dependiente del acelerado avance de la tecnología para los
procesos de valorización. El general intellect (objetivado en
máquinas autómatas o robóticas) hace más y más prescindibles a los seres
humanos en los procesos de trabajo (Macías, 2017).
Hoy llega a tal límite el agregado de
conocimiento de la sociedad que, expresado en desarrollo tecnológico (o
en la sustitución de seres humanos por “máquinas inteligentes”), ya no
permite la producción de suficiente plusvalía. Si no fuera por la dictadura de la tasa de ganancia
que impone el capitalismo, tal agregado traducido en alta tecnología
podría ponerse al servicio de la propia humanidad, en una fructífera
satisfacción de sus necesidades y en el desarrollo de sus
potencialidades. Pero al no ser rentable para la clase capitalista,
sencillamente la mayor parte de ese potencial tecnológico se
desaprovecha o descarta. Es por eso que decimos que las relaciones
sociales de producción capitalistas han empezado desde hace años no sólo
a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas, sino que son una
rémora para las mismas, volviendo al valor cada vez más contra
la riqueza social (Cuadro 3). También desvalorizando a los seres humanos
hasta el punto de hacerlos más y más desechables (como veremos en el
capítulo 4).
En efecto, el desarrollo tecnológico
siempre expulsó población de los procesos productivos, pero tal
circunstancia pudo ser compensada por la generación de nuevos “nichos de
empleo”. Hoy, sin embargo, ese proceso está bloqueado. La capacidad
física e “intelectual” de la tecnología es tan alta que no se pueden
propiciar puestos de trabajo compensatorios a la velocidad de
destrucción de los existentes, ni queda ningún sector de la economía
como refugio seguro del trabajo humano al que no pueda llegar la
“inteligencia artificial” (ahora ya no sólo el músculo humano es
sustituible, también el cerebro).
El desempleo masivo estructural
resultante de todo ello tiene que ser acompañado de otro conjunto de
medidas tendentes a rebajar la capacidad antagonista de las
organizaciones de clase y el poder social de negociación de la fuerza de
trabajo a límites mínimos (a ello estuvo orientada la ofensiva
neoliberal):
a) ataque a los derechos colectivos de la población asalariada;
b) extensión de la jornada y de la intensidad del trabajo sin la correspondiente elevación del salario;
c) profunda reestructuración productiva
en orden a aumentar tanto la velocidad de rotación del capital
(acortamiento del tiempo desde que se producen la mercancías hasta que
se venden) como la desorganización y debilidad de la fuerza de trabajo.
Todas estas medidas conducen a la devaluación o desvalorización del
“trabajo vivo” también por su precio.
Según disminuye la potencialidad de generar valor,
tal tendencia expande en cada vez más sectores de la fuerza laboral la
posibilidad de caer por debajo de su capacidad de reproducción. Esta
circunstancia se conoce con el nombre de sobreexplotación, que
se da cuando la práctica totalidad del trabajo necesario es hecho
también “excedente”, y el salario y/o cualquier otro tipo de retribución
no alcanza a cubrir ni el mantenimiento de la fuerza de trabajo, esto
es, cuando el precio de ésta está por debajo de su valor (del valor que
incorporan las mercancías que necesita para su supervivencia). La sobreexplotación
de la fuerza de trabajo que permanece inserta en los procesos
productivos se dispara y esparce en el capitalismo terminal para
intentar compensar tanto la pérdida del valor como del plusvalor,
y aumenta también incluso, de nuevo, la explotación por fuera de la
relación salarial o con vinculación sólo parcial a la misma (es decir,
se multiplican las formas de explotación mientras decae la estricta
relación salarial). El capitalismo siempre convivió con esas formas de
explotación (Van der Linden, 2008). De hecho, es crucial el papel jugado
en la acumulación por el trabajo que no es pagado, en forma de trabajo
generizado, etnificado, racificado… que fue siempre dependiente y que ha
tenido en común quedar fuera de la ciudadanía que se construyó en torno
al trabajo “libre” asalariado, como la contraparte (a menudo no libre,
marcada con un estatus inferior, de exterioridad) caracterizada por la
expropiación o desposesión, y que ha sido necesaria para mantener las
dinámicas de explotación salarial (Fraser, 2016). Pero la relación
fundamental del capitalismo, a la que las otras se subordinaban, y que
le distinguía como modo de producción, fue la salarial. Ahora, sin
embargo, aquellas otras formas de explotación vuelven a crecer en
importancia respecto a ésta, lo que es indicativo también del proceso de
involución de este sistema.
En suma, el mismo desarrollo de las
fuerzas productivas que convierte a la fuerza de trabajo cada vez más en
superflua, abarata los costos de la fuerza de trabajo todavía
utilizada; aumentando así la parte alícuota de la plusvalía en el tiempo
de trabajo total gastado (Kurz, 2016). Pero, como puede deducirse
fácilmente, la eliminación subrepticia de la substancia del valor
a través de la minimización de la fuerza de trabajo total implicada en
la producción, da lugar a un proceso galopante de disolución de esa
implicación (por pérdida generalizada de ganancia), en una
retroalimentación sin salida.
Fuente: Primer apartado del capítulo 2 del libro de Andrés Piqueras Las sociedades de las personas sin valor
publicado en: http://elporteno.cl/2018/09/25/la-sociedades-de-las-personas-sin-valor/

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