¿Quién devuelve a los pueblos lo que se investiga sobre ellos? La crítica de la Revista Prahaku al extractivismo académico y periodístico

¿Quién devuelve a los pueblos lo que se investiga sobre ellos? La crítica de la Revista Prahaku al extractivismo académico y periodístico

En un artículo publicado en InterTextual, la periodista Brisa Bucardo, de la Revista Indígena Prahaku, cuestiona el extractivismo académico y periodístico. Advierte que investigadores y ONGs se benefician del conocimiento de los pueblos indígenas sin devolver los resultados ni respetar su soberanía de datos, reproduciendo lógicas coloniales en nombre de la ciencia.

«La ética no termina cuando apagamos la grabadora»: el cuestionamiento a quienes investigan a los pueblos indígenas y no devuelven nada
Brisa Bucardo/ Revista indígena Prahaku.

En un artículo de opinión publicado por el sitio de noticias InterTextual de Nicaragua, la periodista Brisa Bucardo (pueblo miskitu), de la Revista Indígena Prahaku, lanzó una profunda crítica al extractivismo académico y periodístico que afecta a los pueblos originarios. Bajo el título «¿Quién devuelve a los pueblos lo que se investiga sobre ellos?», la autora describe cómo a las comunidades llegan «investigadores, periodistas, universidades, organizaciones no gubernamentales, agencias de cooperación y organismos internacionales» con grabadoras y formularios, y las comunidades responden abriendo sus casas y compartiendo memorias dolorosas y conocimientos ancestrales. Sin embargo, «después, quienes llegaron se marchan», y meses más tarde aparece un informe o un documental que «recibe reconocimiento, circula por universidades, abre oportunidades profesionales e incluso gana premios nacionales o internacionales».

Bucardo aclara que su intención no es frenar la investigación: «No escribo esto en contra de investigar, documentar o hacer periodismo sobre Pueblos Indígenas. Todo lo contrario. Documentar puede preservar memoria, denunciar violaciones de derechos humanos, producir evidencia y evitar que determinadas historias sean borradas». El problema, advierte, «aparece cuando confundimos documentar con tener derecho sobre aquello que documentamos». Y señala que durante mucho tiempo se ha normalizado una dinámica donde «una parte entrega el conocimiento y otra conserva la capacidad de interpretarlo, escribirlo, almacenarlo, publicarlo y decidir posteriormente qué hacer con él», una relación que, en contextos de desigualdad, puede reproducir la lógica colonial que dice cuestionar.

La autora subraya que no todo conocimiento es información libre. «Una historia sobre un territorio puede formar parte de una memoria colectiva. El conocimiento sobre una planta medicinal puede haber sido transmitido durante generaciones», escribe. En ese marco, cita la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, que reconoce el derecho de estos pueblos a «mantener, controlar, proteger y desarrollar su patrimonio cultural y sus conocimientos tradicionales». Por ello, sostiene que obtener un consentimiento firmado no cierra la discusión ética: «Tendríamos que preguntarnos también quién tiene autoridad sobre determinado conocimiento, qué se acordó respecto a su utilización y si las personas comprenden realmente todos los lugares a los que aquello que están contando podría llegar».

El texto también aborda la denominada soberanía de datos indígenas y los principios CARE, que proponen pensar los datos desde cuatro elementos: beneficio colectivo, autoridad para controlar, responsabilidad y ética. «La pregunta deja de ser únicamente ‘¿puedo utilizar esta información?’ y comienza a ser ‘¿para quién sirve lo que estamos produciendo?'», plantea Bucardo. En esa línea, critica que la «devolución de resultados» se reduzca a enviar un PDF al finalizar: «Si una comunidad entregó información para documentar la contaminación de un río, debería poder utilizar la evidencia producida para defenderlo. Si mujeres indígenas participaron en una investigación sobre violencia, deberían conocer qué se concluyó a partir de sus testimonios».

La periodista también apunta a la cooperación internacional y a las organizaciones de derechos humanos, señalando que «también producimos conocimiento a partir de las comunidades» y que la cooperación puede «denunciar el extractivismo mientras reproduce su propia forma de extracción». «El conocimiento vuelve a circular, pero muchas veces lo hace hacia arriba: hacia informes, oficinas, conferencias, universidades, donantes y espacios internacionales. Mientras tanto, quienes lo produjeron pueden no saber siquiera qué se escribió sobre ellos», advierte.

Finalmente, Bucardo llama a transformar la relación desde la cual se investiga: «Cambiar esa relación implica dejar de considerar a los Pueblos Indígenas únicamente como poblaciones sobre las cuales se produce conocimiento y reconocerlos como pueblos que producen conocimiento». Y cierra con una pregunta que, según ella, rara vez aparece en los formularios metodológicos: «cuando todo termine, cuando se publique el informe, llegue el financiamiento, se defienda la tesis o incluso recibamos un premio por contar aquella historia, ¿qué habrá quedado en el pueblo que nos permitió contarla? Porque la ética no termina cuando apagamos la grabadora, también se demuestra en lo que hacemos después de llevárnosla».

Extractado de:  https://mingaancestral.wordpress.com/2026/10/16/quien-devuelve-a-los-pueblos-lo-que-se-investiga-sobre-ellos-la-critica-de-la-revista-prahaku-al-extractivismo-academico-y-periodistico/

 

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