En mi guagua se habla wolof, bambara, hasanía, fula y, a veces, mandinga

En mi guagua se habla wolof, bambara, hasanía, fula y, a veces, mandinga. 

Publicación compartida
 
También se escucha el dulce acento herreño que ya solo conservan las personas octogenarias, entrelazado con el español americano en sus variantes colombiana, venezolana o cubana; tan parecidas al habla de Canarias que la diferencia llega a ser casi inapreciable. En mi guagua, todos saludan al entrar. El conductor da la bienvenida a los pasajeros y a muchos los llama por sus nombres malineses o senegaleses.
 
—¿Pá dónde vas hoy? —pregunta el chófer.
 
—Para Guarazoca, a entrenar lucha canaria —responde un niño senegalés con perfecto acento isleño.
 
Llegó en patera, jugándose la vida, y vio morir en el mar a compañeros con los que compartía los mismos sueños. Ahora, pasa gran parte del trayecto absorto en una videollamada con su madre, que sigue en Senegal.
 
En mi guagua viaja una señora de Isora de casi ochenta años, a quien reconozco desde mi niñez. La acompaña una chica colombiana, universitaria y muy educada, que le acaricia el pelo con ternura mientras le dice: "Déjame peinarte, para que el médico te vea guapa". La anciana se ríe y le responde: "El médico ya tiene muchas pretendientes".
 
Los niños traen la alegría a bordo. Se sientan delante y saludan a cada uno de los pasajeros; todos les devolvemos el "buenos días" con una sonrisa. Estos pequeños son, en su mayoría, de familias latinoamericanas: abrazan a sus padres en todo momento y veneran a sus abuelos cuando viajan juntos.
 
Lejos de esta pequeña isla de El Hierro hay un mundo de crudas realidades: guerras, violencia, dictaduras, crímenes y un largo etcétera. Pero en mi guagua viajan, precisamente, los testigos directos de esa migración forzada; personas que conocen el desgarro de abandonar su tierra, su familia y su casa.
 
Aquí solo sube la clase trabajadora, mayormente migrante, que no puede permitirse un coche porque tiene hijos que mantener y alquileres que rondan entre los 600 y los 1.000 euros al mes por verdaderos cuchitriles, todo esto en una isla con una de las cestas de la compra más caras de Canarias. Son vidas parasitadas por otros seres humanos, enfermos de codicia y deshumanización. Muchos de ellos son explotados sin contrato ni alta en la Seguridad Social; muchos ni siquiera consiguen el empadronamiento porque sus caseros se niegan a firmarles un papel de alquiler. Están habituados a guaguas como la mía, donde todos compartimos la misma clase social: la de los trabajadores.
 
En mi guagua nunca verás a esa "clase gobernante" totalmente profesionalizada —casi convertida en clanes familiares—, enriquecida y embriagada de egos y de un "patriotismo herreño" de fachada. Esos que dicen "entregarse al pueblo y por el pueblo", pero se pasean en coches de último modelo, trajes de marca y tacones altos, siempre en la primera línea de las fiestas patronales o caminando solemnes detrás de las imágenes de los santos. En cambio, en mi guagua viajan las manos que cuidan a los padres de esos mismos políticos: las que les cambian los pañales, limpian sus baños y les sacan la basura por un puñado de euros.
 
En mi guagua, la gente se levanta y cede el asiento en cuanto entra una persona mayor, sin importar si es negra, blanca, herreña, peruana o saharaui. En mi guagua todos estamos ciegos a las diferencias: solo somos capaces de ver lo que nos une.
 
Fotografía: del velero "Nuevo Adán". El 15 de abril de 1950, el velero zarpó clandestinamente desde el Faro de Orchilla, en la isla de El Hierro con rumbo a Venezuela. A bordo viajaban 116 personas (en su mayoría herreños), entre ellos mi abuelo su hermano y su sobrino.
 
Pubicado en facebook hace 3 días, por   

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las terribles diferencias entre la minería estatal y privada

¿QUIÉNES SON REALMENTE LOS JUDÍOS ASQUENAZÍES?

Siguen apareciendo mentiras a propósito de Pablo Neruda y su hija Malva Marina, aclaremos algunas cosas...