El burka, el deseo y la responsabilidad: ¿por qué debe esconderse la mujer para controlar al hombre?

El burka, el deseo y la responsabilidad: ¿por qué debe esconderse la mujer para controlar al hombre?



Hablar del burka y del velo islámico en general, exige distinguir entre la historia de estas prendas, sus significados religiosos y las estructuras sociales que han determinado cómo deben vestir las mujeres. No todo velo es burka, ni toda mujer musulmana utiliza velo, y sobre todo, no todas las que lo llevan lo hace por imposición. La realidad es mucho más compleja.

En primer lugar, hay que aclarar que el burka no nació con el islam. El uso de velos y prendas destinadas a cubrir el cuerpo y rostro femeninos, existía mucho antes del siglo VII en sociedades de Mesopotamia, Persia, y otras regiones de Oriente Próximo. Y sus funciones no eran necesariamente religiosas: podían expresar estatus social, respetabilidad o pertenencia comunitaria, pero tenían también una utilidad práctica, en regiones desérticas, cubrirse protegía del sol, del polvo y las tormentas de arena. Por lo que incluso mujeres judías y cristianas de esta región utilizaron históricamente distintas formas de velo. Por lo que presentar el burka como invención exclusivamente islámica, es históricamente simplista.

Cuando apareció el islam, lo hizo dentro de sociedades que ya poseían normas sobre vestimenta, género, honor y separación entre hombres y mujeres. Así que, como suele ocurrir en la historia de las religiones, no surgió en un vacío cultural: incorporó, transformó y reinterpretó costumbres preexistentes. Y el burka completo que hoy asociamos especialmente con Afganistán, tampoco apareció de repente en el siglo VII. Su forma característica se consolidó mucho después en regiones de Asia Central, donde adquirió significados culturales específicos. Hasta que, con el paso del tiempo, una prenda que habría tenido inicialmente funciones prácticas o sociales, terminó vinculándose también a conceptos religiosos como la modestia, el recato, el honor y la sexualidad.

Pero también es importante distinguir entre diferentes prendas: el hiyab, suele cubrir el cabello y el cuello, pero deja visible el rostro; el niqab, cubre también el rostro pero deja normalmente visibles los ojos; el burka “afgano” en cambio, cubre todo el cuerpo, dejando sólo una rejilla de tela delante de los ojos para poder ver. Y tampoco existe una interpretación islámica única respecto a la obligación de cubrir el rostro. Incluso muchos estudiosos del islam consideran que hacerlo no constituye una obligación religiosa.

Sin embargo, en determinadas sociedades tradicionales ocurrió algo más profundo: la vestimenta femenina comenzó a relacionarse con el honor de la familia, el clan o la comunidad. Y la mujer dejó de ser considerada exclusivamente como individuo, para pasar a convertirse en depositaria del honor colectivo. Y desde esa lógica, mostrar demasiado cabello, el rostro o determinadas partes del cuerpo, podía interpretarse como una provocación sexual, o incluso, como una amenaza al honor masculino.

Surge entonces una pregunta incómoda: ¿Por qué la sexualidad de un hombre tendría que convertirse en responsabilidad de una mujer? Para empezar, sentir atracción sexual no es una enfermedad ni una perversión. Es una respuesta humana normal. Un hombre puede sentirse atraído por una mujer, del mismo modo que una mujer puede sentirse atraída por un hombre. Pero experimentar deseo no concede ningún derecho sobre la persona deseada. Un adulto psicológicamente funcional debería ser capaz de distinguir entre sentir y actuar. Por tanto, puede sentir atracción sin acosar, mirar sin invadir, admirar la belleza sin tocar a nadie y experimentar deseo sin convertirlo en una conducta abusiva.

Por eso resulta extraño construir una sociedad cuyo razonamiento sea: “Como el hombre puede desear a una mujer y ese deseo puede convertirse en ‘pecado’, la mujer debe cubrirse”. Existe una alternativa mucho más compatible con la responsabilidad individual: “Como el hombre puede sentir deseo, debe aprender a controlar su conducta, mientras la mujer conserva su libertad”. La primera opción convierte a la mujer en responsable de controlar los impulsos masculinos. La segunda reconoce que cada individuo debe responder por su propio comportamiento.

Preguntémonos: ¿qué clase de hombre necesita que una mujer desaparezca visualmente para poder controlarse? Puede parecer una pregunta provocadora, pero señala una contradicción importante: cuando se afirma que un hombre puede perder el control simplemente por contemplar el cabello, el rostro o el cuerpo de una mujer, se está describiendo una concepción extraordinariamente pesimista de la capacidad masculina de autorregulación. Así que el problema no es, entonces, que el hombre se sienta atraído por las mujeres, el problema surge cuando una sociedad enseña que el cuerpo femenino constituye una tentación peligrosa que debe ocultarse para proteger la moral masculina. Eso produce una curiosa inversión de responsabilidades: como el hombre siente deseo, es la mujer la que debe cubrirse; y como el hombre puede continuar sintiendo deseo, ella debe cubrirse todavía más. Al grado entonces de que, si él finalmente actúa de forma indebida, todavía puede terminar culpándose a la mujer por haberlo provocado.

Desde una perspectiva secular, esa lógica merece ser cuestionada. Pero cuestionarla tampoco significa afirmar que toda mujer que utiliza velo es una víctima. Ya que una mujer puede llevar hiyab porque lo considera una expresión auténtica de su fe, de su identidad o de su cultura. Otra puede hacerlo por tradición familiar. Otra puede sentir presión social. Y otra puede llevarlo porque teme las consecuencias de quitárselo. Así, una misma prenda puede representar devoción para una mujer y coerción para otra.

Por eso, la pregunta fundamental que debería hacerse respecto a una mujer que lleva velo debería ser: “¿Puede ella decidir libremente si quiere llevarlo?” Porque la libertad religiosa incluye el derecho de practicar una religión, pero también debería incluir el derecho a no practicarla. Asimismo, un velo elegido libremente es una cosa, pero un velo impuesto mediante violencia, amenazas, exclusión social, autoridades religiosas o leyes estatales es algo completamente inaceptable.

El caso más extremo se presenta en Afganistán bajo el régimen talibán, donde las autoridades han impuesto restricciones extraordinariamente severas a la vestimenta y a la autonomía de las mujeres. Y en ese contexto, el burka en muchos casos —quizás en la mayoría— deja de ser una elección personal, para convertirse en un instrumento de control social. Pero tampoco podemos caer en el extremo contrario: obligar a todas las mujeres a quitarse el velo en nombre de su supuesta liberación. Porque sustituir una imposición por otra no es libertad. Una sociedad verdaderamente libre debería defender simultáneamente dos principios: el derecho de una mujer a cubrirse si verdaderamente así lo desea (sin imposiciones de ningún tipo) y el derecho de otra a no hacerlo. La cuestión fundamental no debería ser qué prenda lleva, sino quién tiene el poder de decidir sobre su cuerpo.

En definitiva, la historia del burka demuestra cómo una costumbre puede pasar de tener funciones prácticas y sociales, a adquirir significados culturales, religiosos y morales completamente nuevos. Como también muestra cómo determinadas sociedades han vinculado la vestimenta femenina con el honor y la sexualidad masculina. Pero quizá la pregunta más importante no sea “¿Por qué muchas mujeres musulmanas utilizan velo?”, sino otra mucho más profunda: “¿Qué clase de sociedad necesita ocultar a sus mujeres, para que sus hombres puedan comportarse correctamente?” Una sociedad psicológicamente madura debería enseñar algo mucho más sencillo: Puedes sentirte atraído por las mujeres, eso es algo normal, pero siempre debes actuar correctamente respetando su integridad física y psicológica. Puedes encontrar hermosa a una mujer sin acosarla. Puedes sentir atracción sin tocarla. Puedes mirar sin invadir. Puedes experimentar deseo y, al mismo tiempo, respetar absolutamente su autonomía. Nada de eso requiere burka. Requiere educación, autocontrol, empatía y una concepción adulta de la sexualidad.

Por tanto, el problema no es que una mujer se cubra. El problema es que no pueda decidir no hacerlo. Pero tampoco es libertad obligarla a descubrirse. La verdadera libertad consiste en que ninguna familia, comunidad, religión o Estado, pueda decidir por ella. Porque sentir deseo es humano. Controlar la propia conducta también debería serlo.

[Godless Freeman]

Publicado en facebook el 1.10.26 por 

Ni Dioses Ni Religiones

 

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