La Biblia, el computador y el esfuerzo

La Biblia, el computador y el esfuerzo

Dos veces por semana, llega a tomar desayuno a mi local un hombre que conozco desde hace algún tiempo. Es evangélico, vive su fe con mucha intensidad y suele hablar de su negocio y de sus bajas ventas. También hablamos de política. Me contó que votó por José Antonio Kast porque, según él, era creyente y la otra candidata era atea y comunista.

Lo menciono porque esta historia no comienza con una teoría sobre el mundo evangélico. Comienza con una conversación entre dos personas que se encuentran regularmente, desayunan y hablan de la vida.

Hoy terminamos hablando de pobreza y ayudas sociales. Me dijo que el programa “Yo elijo mi PC” era innecesario. Agregó que a él, en alguna oportunidad, habían intentado venderle uno de esos computadores. Argumento usado para justificar el retiro del Programa, por parte de los partidarios del Gobierno.
Entonces le respondí, deliberadamente, con ironía:

—¿Usted cree que sería mejor repartir Biblias a los niños vulnerables?

La frase fue mía. Él nunca dijo que hubiera que repartir Biblias. Fue mi manera de llevar su argumento hasta un extremo que me parecía revelador.

Después sostuvo que los pobres tienen que esforzarse más; que tanta ayuda hace daño porque la gente se acostumbra a recibir y deja de trabajar.

Lo escuché. Porque un computador entregado a un niño vulnerable no es un premio por ser pobre. Es una herramienta para estudiar, hacer tareas y acceder a oportunidades que otros niños tienen desde mucho antes.

Entonces apareció su propio testimonio. Me contó que no tuvo padre, que tuvo que salir adelante solo, que trabajó y se esforzó. Su historia merece respeto. Pero detrás de ella apareció también un discurso antiguo y recurrente: “Yo me hice solo”.

Ese discurso parece sencillo, pero encierra una idea poderosa: si yo pude, los demás también pueden. Y si alguien no logra salir adelante, quizás no se esforzó lo suficiente.

Ahí es donde comienzo a discrepar. Nadie se hace completamente solo. Incluso quien ha luchado desde niño ha recibido algo de otros: una enseñanza, una oportunidad, una mano, un consejo, una institución, alguien que creyó en él.

El problema aparece cuando una experiencia personal se convierte en una explicación para toda la sociedad. La pobreza deja de ser también un problema colectivo y se transforma en una falla individual.

Ese razonamiento tiene una afinidad evidente con el individualismo que atraviesa el modelo neoliberal: cada persona aparece como responsable casi exclusiva de su destino. Quedan en segundo plano la familia, la educación, el territorio, la desigualdad, las oportunidades y las condiciones concretas en que cada uno comienza su vida.

Y aquí aparece una contradicción que me interesa especialmente. Este hombre habla desde la fe cristiana.

Sin embargo, el “yo me hice solo” parece estar muy lejos de una idea central del cristianismo: la responsabilidad por el otro.

El cristianismo de los primeros tiempos habló del pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero y del prójimo. Habló de compartir el pan y de hacerse cargo de quien sufría. Jesús tampoco aparece en los Evangelios como un defensor complaciente del poder. Basta recordar la escena de los mercaderes expulsados del templo.

Por eso me pregunto qué ocurre cuando una parte del discurso religioso termina encontrándose tan cómodamente con el individualismo: al pobre se le pide esfuerzo, obediencia y fe, mientras las causas sociales de su pobreza quedan fuera de la conversación.

No estoy diciendo que todos los evangélicos piensen así. Sería injusto y, además, históricamente falso. El mundo evangélico chileno es diverso. La Iglesia Metodista de Chile, por ejemplo, participó en experiencias ecuménicas de defensa de los derechos humanos durante la dictadura y estuvo vinculada a FASIC. La Iglesia Metodista Pentecostal tuvo, en cambio, una relación institucional mucho más cercana con el régimen y en 1975 se realizó el primer Te Deum Evangélico en su Catedral, con la presencia de Pinochet y la Junta Militar.

Esa diferencia importa porque demuestra que no existe un solo mundo evangélico ni una sola relación entre fe y política.

Pero mientras la discusión ocurría en Santiago, en los sectores rurales las iglesias evangélicas también se expandían. En la Araucanía llegaron a comunidades mayoritariamente mapuche.

Recuerdo una conversación en Llancahue, cerca de Coñaripe. Un vecino mapuche me habló de su pastor. 

Le pregunté de dónde era. Primero me dijo que era de por ahí; después aclaró que venía de Temuco. Me contó que había estado muy enfermo y que había sanado mediante la oración y la lectura de la Palabra.

Le pregunté quién le había dicho que el pastor había estado enfermo y había sanado por la fe. Me respondió: “Él nos lo dijo”. Entonces le pregunté: “O sea, usted no sabe ni de qué estaba enfermo”.

No cuestiono la fe de aquel comunero. Lo que me hizo pensar fue la autoridad que puede adquirir un relato cuando quien lo cuenta ocupa el lugar de pastor. Y me preocupa especialmente cuando una explicación religiosa comienza a desplazar otras formas de comprender la enfermedad, la comunidad y la propia cultura en territorios que poseen una cosmovisión anterior a la llegada de estas iglesias.

Algo parecido observo en mi propio barrio. Casi todos los días pasan misioneros tocando timbres y buscando conversar con los vecinos. No puedo conocer sus intenciones personales y seguramente muchos creen sinceramente que están haciendo el bien. Pero una persona enferma, sola, endeudada o angustiada puede ser especialmente receptiva a una respuesta que promete explicar todo.

La fe puede ser consuelo y esperanza. Pero también puede convertirse en dependencia cuando la autoridad religiosa ocupa todos los espacios de la vida de una persona. Y cuando a ello se suma la necesidad de aumentar congregaciones y diezmos, resulta legítimo preguntarse dónde termina la misión religiosa y dónde comienzan otros intereses.

Recuerdo, además, la televisión de fines de los años setenta y al pastor norteamericano Rex Humbard hablando de la “Catedral del Mañana”. Su ministerio televisivo alcanzó una enorme audiencia y funcionó también mediante donaciones. En Chile hubo personas que enviaron dinero a aquellas cruzadas.

Un testimonio personal puede dar esperanza. Un relato de milagro puede conmover. Pero un milagro puede explicar la esperanza de una persona; no explica la pobreza de un pueblo.

Ahí está mi preocupación. Cuando el testimonio individual de superación se transforma en explicación social, el problema cambia de lugar: si uno pudo, todos deberían poder. Y si alguien no pudo, quizás le faltó esfuerzo, fe o voluntad.

Así, una sociedad desigual puede terminar exculpándose a sí misma.

Y vuelvo al hombre de mis desayunos. Él se esforzó. Trabajó. Salió adelante. Nadie tiene derecho a quitarle ese mérito. Pero reconocer el mérito de una persona no obliga a negar la responsabilidad que tenemos como sociedad con quienes comienzan desde mucho más atrás.

Un niño vulnerable que recibe un computador no deja de ser responsable de su esfuerzo. Recibe una herramienta para que ese esfuerzo tenga mejores posibilidades de dar frutos. 

Por eso sigo pensando en aquella conversación. El computador no era una limosna. Era una herramienta.

Una sociedad puede decirle al pobre: “Esfuérzate más”. Pero también puede decirle: “Esfuérzate, que nosotros pondremos las herramientas para que puedas hacerlo”.

La comunidad no es enemiga del esfuerzo individual. Muchas veces es lo que hace posible ese esfuerzo.

Y si una comunidad religiosa habla del prójimo, de la solidaridad, del amor y de la ayuda a quien sufre, también debería preguntarse cuánto de eso está dispuesta a practicar en la vida concreta. Porque cuando se habla de solidaridad, pero se termina justificando la resignación del pobre, algo esencial se ha perdido.

La fe no tiene por qué ser sumisión. Puede ser esperanza, pero también puede ser una fuerza para cuestionar aquello que parece inevitable.

Por eso la pregunta nunca fue realmente si había que repartir Biblias o computadores. Aquello fue una ironía. La pregunta era otra:
¿Qué necesita un niño vulnerable: que le digamos que debe esforzarse más, o que le entreguemos las herramientas necesarias para que pueda hacerlo?

Quizás la respuesta más humana —y también la más cercana al sentido comunitario del cristianismo— sea entender que nadie se hace completamente solo. El esfuerzo personal importa. Pero también importan las oportunidades, la educación, la solidaridad y la comunidad.

Porque hay cosas que una persona puede lograr por sí misma.

Y hay otras que solamente podemos lograr en forma colectiva.

Carlos Alberto Masciocchi
 

 

Publicado por su autor en facebook el 6.10.26

 

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