El odio, la libertad y el derecho a perder, por Carlos Alberto Masciocchi
El odio, la libertad y el derecho a perder, por Carlos Alberto Masciocchi
El proyecto de ley presentado por el senador Francisco Huenchumilla, que busca sancionar determinadas expresiones de odio y discriminación, merece una discusión mucho más profunda que el simple “a favor” o “en contra”.
Porque el problema que intenta abordar existe.
Desde
hace algún tiempo, las mentiras, las negaciones de hechos históricos
comprobados y las agresiones contra la memoria de muchas y muchos han
dejado de ser solamente murmullos de pasillo o panfletos baratos. Hoy
encuentran espacio en redes sociales, canales de YouTube, algunos
establecimientos educacionales y, ocasionalmente, incluso en el
Congreso.
Yo llamaría a esto la modernización del odio.
El odio también hace pedagogía.
Primero
enseña quién es el culpable. Después identifica al enemigo. Luego
explica por qué ese enemigo sería responsable de nuestros problemas.
Finalmente, intenta convencernos de que contra él casi todo está
permitido.
Es una fórmula antigua, pero extraordinariamente eficaz.
La realidad se simplifica. El adversario se transforma en amenaza. Y la discusión desaparece.
Es
mucho más fácil decir “ellos tienen la culpa” que intentar comprender
una sociedad compleja, sus desigualdades, sus conflictos, sus
responsabilidades y sus contradicciones.
Cuando el adversario se convierte en enemigo
Hay un momento particularmente peligroso: cuando el lenguaje deja de describir al adversario y comienza a deshumanizarlo.
Cuando
alguien es llamado “cáncer”, “plaga” o “amenaza” y se comienza a hablar
de “extirpar”, “aniquilar” o “eliminar”, ya no estamos simplemente
frente a un lenguaje agresivo.
Estamos preparando moralmente el terreno para que el otro deje de ser visto como una persona.
Y la historia nos ha enseñado que ese camino puede terminar muy mal.
No
es necesario comenzar hablando de exterminio para terminar justificando
la violencia. Muchas veces todo comienza mucho antes: con la caricatura
del otro, con la negación de su dignidad, con la falsificación de su
historia y con la repetición de una mentira hasta convertirla en una
supuesta verdad.
Por eso también me preocupa la
negación o relativización de hechos históricos suficientemente
documentados y, en determinados casos, establecidos por los tribunales.
La historia debe discutirse. Por supuesto que sí.
Pero discutir la historia no significa inventarla.
Una
democracia puede revisar sus interpretaciones, incorporar nuevos
antecedentes y debatir incluso aquello que durante años pareció
incuestionable. Lo que no puede hacer es reemplazar deliberadamente la
evidencia por una ficción destinada a justificar nuevas formas de
hostilidad.
El problema de la ley
Aquí es donde el proyecto de Huenchumilla adquiere toda su importancia.
Necesitamos
proteger a las personas y a los grupos que son objeto de persecución,
discriminación o incitación a la violencia. Pero también debemos
preguntarnos hasta dónde puede llegar el Estado en esa tarea.
Porque existe una frontera que debemos cuidar con enorme atención.
Una cosa es decir: “No estoy de acuerdo contigo.”
Otra muy distinta es decir: “Hay que eliminarte.”
Entre ambas expresiones existe un territorio enorme.
Y ese territorio no puede quedar entregado a interpretaciones arbitrarias.
Hace
pocos días vimos un ejemplo que considero reprochable. Una senadora
utilizó la discapacidad de otra senadora como argumento para
descalificarla políticamente, diciéndole que había sido elegida por
lástima.
Una parlamentaria puede ser criticada por
sus ideas, sus votaciones, sus proyectos o sus capacidades políticas.
Eso forma parte de la democracia.
Pero utilizar una discapacidad como instrumento de humillación es otra cosa.
No
se trata de prohibir las opiniones que nos molestan. Se trata de
distinguir entre la crítica política y la degradación deliberada de una
persona.
Y esa diferencia importa.
También aprendí a perder
En mi vida política también he perdido.
Y aprendí algo que considero fundamental: saber perder y saber cuándo es mejor perder.
Las
victorias no siempre nos hacen sentir bien. Hay victorias que dejan un
sabor amargo. Se puede ganar una batalla y perder algo mucho más
importante.
También aprendí que la política tiene sus
pequeñas miserias: lealtades que duran mientras son convenientes,
intereses que se disfrazan de convicciones y silencios que dicen mucho
más que algunas declaraciones.
Pero hay una diferencia que para mí sigue siendo esencial:
el adversario no traiciona. El adversario compite.
Y eso es precisamente lo que deberíamos recuperar.
Un adversario político no es un enemigo.
He podido conversar con personas que están muy lejos de mis posiciones políticas. Algunos pertenecen a sectores de derecha con los que tengo profundas diferencias. Y no veo ninguna contradicción en ello.
Una derecha democrática es una legítima adversaria.
Puedo escucharla sin convertirme en uno de ellos. Puedo reconocer una buena idea sin abandonar mis convicciones. Puedo discrepar firmemente sin necesitar que desaparezcan.
Eso, para mí, también es democracia.
El derecho a perder
Quizás uno de los problemas de nuestra política actual sea que hemos ido perdiendo la capacidad de aceptar la derrota.
El que no sabe perder necesita encontrar culpables.
Después
aparecen las conspiraciones, las traiciones, los enemigos y,
finalmente, la tentación de considerar ilegítimo que el otro pueda
ganar.
Pero una democracia necesita ciudadanos capaces de aceptar que mañana pueden perder.
Porque
si todos necesitamos ganar siempre, tarde o temprano alguien comenzará a
pensar que cualquier medio es legítimo para conseguirlo.
Y allí la política empieza a transformarse en guerra.
Una barra brava necesita enemigos.
Una democracia necesita adversarios.
Una barra brava necesita consignas.
Una democracia necesita argumentos.
Una barra brava necesita ganar siempre.
Una democracia necesita saber perder.
Por eso creo que el proyecto de Huenchumilla merece ser discutido seriamente. No para decidir quién tiene derecho a pensar y quién no, sino para encontrar una forma de proteger la dignidad de las personas y enfrentar la incitación al odio sin convertir al Estado en dueño de la verdad.
Porque el odio no se combate solamente con leyes.
También se combate enseñando a pensar.
Quizás
la mejor respuesta frente a quien intenta hacer pedagogía del odio no
sea solamente prohibirle hablar. Quizás sea formar personas capaces de
preguntarle:
¿De dónde sacaste eso?
¿Qué evidencia tienes?
¿Cómo sabes que ocurrió así?
¿Por qué ese grupo sería responsable de mi problema?
¿Y si estás equivocado?
El pensamiento crítico tiene una virtud que el odio no soporta: admite la posibilidad de estar equivocado.
Y
quizás esa sea también la mejor razón para discutir una ley como la que
propone Huenchumilla: no para decidir quién tiene derecho a pensar,
sino para preguntarnos colectivamente cómo proteger la dignidad de las
personas sin perder, en el intento, la libertad que hace posible una
democracia.
Carlos Alberto Masciocchi

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