El cuerpo tiene memoria: las huellas del exilio y la dictadura

El cuerpo tiene memoria: las huellas del exilio y la dictadura

          


Muchos compatriotas del exilio chileno, así como quienes permanecieron en el país durante la dictadura y las generaciones que los sucedieron, padecen enfermedades autoinmunes y otras dolencias físicas y emocionales. Aunque cada enfermedad tiene causas complejas y particulares, no podemos ignorar las profundas huellas que dejaron la violencia política, la persecución, el miedo, las pérdidas y el silencio prolongado.

Quienes partieron al exilio debieron abandonar, muchas veces de manera precipitada, su tierra, sus familias, sus amistades y sus proyectos de vida. Llegaron a países desconocidos, con otras lenguas, costumbres y formas de relacionarse. Tuvieron que reconstruir sus vidas mientras cargaban con el dolor de lo perdido, la incertidumbre por quienes habían quedado en Chile y, en muchos casos, la culpa de haber sobrevivido o de encontrarse lejos. Aunque lograron integrarse y formar nuevos hogares, el desarraigo permaneció como una herida difícil de cerrar.

Pero también están quienes se quedaron. Vivieron bajo la vigilancia, la censura, la represión y el temor cotidiano. Muchos tuvieron que callar para protegerse y proteger a sus familias. Aprendieron a desconfiar, a ocultar sus ideas y a convivir con la ausencia de quienes fueron asesinados, encarcelados, desaparecidos o enviados al exilio.

Otros perdieron sus trabajos, sus estudios y sus posibilidades de construir una vida digna. Permanecer en Chile no significó librarse del desarraigo, porque también se puede ser extranjero dentro del propio país cuando la sociedad que conocíamos ha sido destruida por la violencia.

Algunos sobrevivieron sin poder hablar de lo ocurrido. Guardaron durante décadas recuerdos dolorosos, preguntas sin respuesta y duelos que nunca pudieron realizarse plenamente. Continuaron adelante porque era necesario cuidar a los hijos, trabajar y reconstruir la vida cotidiana. Sin embargo, aquello que no pudo expresarse con palabras quedó muchas veces alojado en el cuerpo: en el cansancio, el insomnio, la ansiedad, la tristeza y otras manifestaciones del sufrimiento.

Las consecuencias no terminaron con quienes vivieron directamente la dictadura. Los hijos y los nietos del exilio, así como los descendientes de quienes permanecieron en Chile, crecieron rodeados de silencios, ausencias y relatos fragmentados. Algunos heredaron el temor sin conocer su origen. Otros sintieron que debían proteger a sus padres y evitar preguntas que pudieran despertar recuerdos dolorosos. De esta manera, el trauma atravesó las relaciones familiares y se transmitió de una generación a otra, no como un destino inevitable, sino como una memoria que necesita ser reconocida y elaborada.

Las experiencias de quienes partieron y de quienes se quedaron fueron diferentes, pero estuvieron unidas por una misma historia de violencia y ruptura. Unos debieron aprender a vivir lejos de su patria; otros tuvieron que sobrevivir en una patria que ya no reconocían. Unos padecieron la distancia; otros, la presencia constante del miedo. En ambos casos, la vida quedó dividida entre un antes y un después.

Por eso es tan importante escuchar todas estas historias. No se trata de competir por quién sufrió más, sino de comprender las distintas formas que adoptaron el dolor, la resistencia y la supervivencia. Cada testimonio contribuye a reconstruir una memoria colectiva que durante demasiado tiempo fue negada, silenciada o relegada al ámbito privado.

El cuerpo tiene memoria y, tarde o temprano, pasa la cuenta. Recordar, hablar y escribir no pueden borrar lo sucedido, pero pueden ayudarnos a dar sentido a la experiencia y a romper el silencio. Preservar la memoria de quienes partieron y de quienes se quedaron es también una manera de cuidar a las generaciones presentes y futuras, para que no tengan que cargar a solas con un dolor cuyo origen pertenece a nuestra historia colectiva.


Publicado en facebook el 13.8.26 por: 

Leandra Brunet

 

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