Venceréis, pero no convenceréis
Venceréis, pero no convenceréis
La granja de bots se ha convertido en una verdadera bandada. Están en todas las redes sociales, acompañados de perfiles anónimos que esconden su identidad para insultar, difamar y difundir imágenes adulteradas y ofensivas. Suelen actuar como una masa disciplinada: apoyan sin matices a figuras de la ultraderecha conservadora y atacan a cualquiera que exprese una opinión crítica, una reflexión compleja o simplemente un grado de inteligencia que desafíe sus consignas.
Frente a este escenario recuerdo una escena que el cine ha recreado varias veces: la de Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, rodeado de falangistas y requetés en plena Guerra Civil Española. Allí pronunció una frase que atravesó el siglo XX y sigue vigente: "Venceréis, pero no convenceréis".
Unamuno, inicialmente, había visto con simpatía la sublevación militar contra la República. Sin embargo, bastaron pocos meses para que comprendiera que se había abierto la puerta a la barbarie. Tras sus palabras, el general Millán-Astray respondió con una consigna que retrataba el espíritu de aquel fanatismo: "¡Viva la muerte!". Más allá de las distintas versiones históricas sobre el episodio, el sentido político quedó grabado para siempre: la exaltación de la fuerza por encima de la razón.
Quizás allí se encuentra una de las claves para entender los tiempos que vivimos. No es sólo una disputa electoral o ideológica. Es una confrontación entre quienes celebran el pensamiento crítico, la cultura, el arte y la vida, y quienes consideran sospechosa cualquier expresión de inteligencia que cuestione sus certezas.
Por eso resultan preocupantes los recortes presupuestarios en cultura, educación y espacios de creación. La historia nos enseña que los ataques a la cultura rara vez son casuales. También nos recuerda aquella frase atribuida a un jerarca nazi: "Cuando escucho la palabra cultura, llevo la mano a mi pistola". Más allá de la discusión sobre su autoría exacta, expresa una lógica profundamente autoritaria: el miedo al conocimiento y a la libertad de pensamiento.
Quienes vivimos el golpe de 1973 sabemos de qué hablamos. Vimos el asesinato de músicos y artistas, la quema de libros, la censura en el cine, el teatro y las publicaciones. Conocimos el exilio, la persecución y el silenciamiento de voces críticas. También fuimos testigos de un movimiento cultural subterráneo que, pese a todo, resistió para preservar la memoria y la identidad de nuestro pueblo.
Cuando recuperamos la democracia, muchos pensamos que aquello no volvería a ocurrir. Sin embargo, observamos cómo ciertos discursos regresan lentamente, disfrazados de promesas de orden, seguridad o prosperidad económica. Tal como ocurrió con Unamuno, algunos descubren demasiado tarde las consecuencias de haber abierto la puerta al fanatismo.
Muchos jamás escucharon hablar de Miguel de Unamuno. Otros nunca leyeron sobre la Guerra Civil Española. Algunos niegan el Holocausto. Otros relativizan los crímenes de las dictaduras latinoamericanas. La ignorancia histórica no es un problema menor: es el terreno fértil donde vuelven a crecer los autoritarismos.
La memoria no existe para vivir anclados en el pasado. Existe para reconocer las señales cuando reaparecen. Y porque, después de todo, la defensa de la democracia comienza allí donde se protege la cultura, el pensamiento y la dignidad humana.
Carlos Alberto Masciocchi
Publicado en Facebook el 21.6.26 por:

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