Remigración, Italia desea meter fuera los extanjeros, por Ezio Macchione

Remigración, Italia desea meter fuera los extanjeros, por Ezio Macchione

A propósito de los vientos de derecha de los que hablaba hace algunas publicaciones, y del intento de entender de dónde viene esta nueva ola reaccionaria que está atravesando medio planeta, en Italia hay una novedad que merece atención.

Italia, cuando se trata de invenciones políticas de la derecha, lamentablemente siempre ha sido un laboratorio de vanguardia. Basta recordar que el fascismo nace allí: antes de Mussolini el fascismo no existía. Es una invención enteramente italiana, de la cual incluso el nazismo tomó inspiración. No es casual que en un país históricamente atravesado por fermentos, conflictos sociales, ideologías fuertes y una presencia casi obsesiva de la política en la vida pública, ciertas novedades nazcan y se desarrollen con una facilidad particular.

Y aquí aparece una paradoja que ya roza lo grotesco: precisamente Italia, el país que desde el siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX llenó el mundo con millones de emigrantes, es capaz ahora de producir una aberración ideológica como la “remigración”. Italianos que llegaron por millones a América, a Europa, a cualquier lugar donde hubiera una posibilidad de sobrevivir; italianos que muchas veces hicieron aportes enormes a las sociedades que los recibieron, y otras veces también causaron problemas, como ocurre siempre cuando poblaciones enteras se ven obligadas a emigrar en condiciones difíciles. Nosotros, que fuimos entre los grandes protagonistas históricos de la emigración mundial, hemos logrado concebir esta monumental estupidez política. Hay que reconocer que, en materia de contradicciones, Italia conserva una creatividad insuperable.

Hoy el nuevo fenómeno de la derecha italiana se llama “remigración”. O, para decirlo sin demasiadas vueltas, deportación disfrazada de eslogan electoral.

Quien se ha convertido en su portavoz es Roberto Vannacci, exgeneral del ejército italiano, hoy líder de un partido recién nacido que se llama Futuro Nazionale. Nombre que, por sí solo, ya da bastante risa. Vannacci —y aquí abro un paréntesis solo para los observadores italianos más atentos al sarcasmo histórico— hasta en el apellido parece hacer eco a aquel Farinacci de memoria fascista, una de esas coincidencias fonéticas que parecen escritas por un guionista con un pésimo sentido del humor. Cierro paréntesis.

En Italia, hablar hoy de centroderecha es casi un ejercicio nostálgico. El centroderecha, como categoría política reconocible, prácticamente ha desaparecido. Quedan la derecha y la extrema derecha, en una competencia continua por ver quién logra empujar más lejos el límite de lo aceptable.

Dentro de este escenario se ha abierto paso un movimiento que ha construido buena parte de su consenso adelantando por la derecha incluso a la Lega: es decir, el partido que hasta ayer representaba el punto más agresivo, xenófobo y abiertamente racista de la política italiana sobre inmigración.

El repertorio es el clásico de las derechas burdas e ignorantes: obsesión contra los inmigrantes, ataques a la educación sexual en las escuelas, nostalgia por una sociedad más autoritaria, presencia de la religión en la educación pública, rechazo de los derechos LGBT, miedo a la igualdad, culto del orden, de la patria y de la supuesta normalidad.

Pero la palabra de orden, la que está haciendo brillar los ojos a cientos de miles de trogloditas de la derecha italiana, es precisamente esta: remigración.

El concepto es tan simple como brutal: mandar “de vuelta a casa” a los inmigrantes. A todos. Regulares e irregulares. Como si millones de personas fueran paquetes postales que se devuelven al remitente. Como si una sociedad compleja, construida ya también sobre el trabajo, la presencia y la vida cotidiana de los inmigrantes, pudiera “limpiarse” con un decreto, un eslogan y cuatro gritos de mitin.
Y aquí solo cabría un grande, sincero y liberador: pero váyanse a la mierda.

Porque esa es la idea, desnuda y cruda. No la estoy extremando yo. La palabra “remigración” sirve exactamente para eso: para volver presentable la idea de expulsar masas de personas y devolverle a Italia una supuesta pureza originaria que nunca existió, salvo en la cabeza enferma de quien sueña con una nación cerrada, blanca, obediente y culturalmente uniforme.

Ni siquiera voy a ponerme a explicar hasta qué punto algo así es jurídicamente imposible, legalmente aberrante y prácticamente irrealizable. Sería una ofensa a la inteligencia de quien lee.

Y dejemos también de lado la ética, porque con esta gente la ética es tiempo perdido. Dejemos de lado también la solidaridad, porque ya es una palabra que muchos de ellos ni siquiera sabrían reconocer. Hablemos entonces de lo único que parecen entender: el dinero que tienen en el bolsillo.

Sin inmigrantes, hoy, la economía europea tendría problemas enormes. En Italia, todavía más. Hay sectores enteros que se sostienen también, y muchas veces sobre todo, gracias al trabajo de los inmigrantes: agricultura, construcción, asistencia familiar, restaurantes, logística, servicios, cuidado de personas mayores. Sin hablar de la cuestión demográfica, que en Italia es sencillamente desastrosa: nacen pocos niños, la población envejece, el sistema productivo necesita trabajadores, y estos fenómenos no se resuelven con eslóganes de bar ni con nostalgias identitarias.

El punto es que esta gente no cede ante la lógica, no se rinde ante la evidencia y no quiere ver la realidad. Vive mal un fenómeno histórico imposible de detener. Repito: imposible.

Las migraciones no se detienen con mítines. No se detienen con muros. No se detienen con uniformes, excavadoras, banderas o palabras de orden. Son fenómenos producidos por guerras, desigualdades, crisis económicas, cambios climáticos y también por siglos de políticas depredadoras, coloniales y neocoloniales que precisamente la derecha, más que cualquier otra cultura política, siempre ha representado, defendido o justificado.

En otras palabras: contribuyeron a crear el problema que hoy fingen querer resolver atacando a las víctimas.

¿Quieren la remigración? Buena suerte. 

Es más fácil vaciar el océano con un tenedor. 

 

Publicado en facebook el 23.6.26 por: 

Ezio Macchione

 

 


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