Odio el patriotismo de cotillón. Ese que se pone como una bufanda en los mundiales y se cuelga del orgullo como un adorno fugaz.

Odio el patriotismo de cotillón. Ese que se pone como una bufanda en los mundiales y se cuelga del orgullo como un adorno fugaz. 

 

Odio el patriotismo de cotillón. Ese que se pone como una bufanda en los mundiales y se cuelga del orgullo como un adorno fugaz. Odio esa patria de escaparate, exhibida en banderitas de plástico, agitada con fervor durante noventa minutos y abandonada después, como se abandona un disfraz cuando termina la fiesta. Me parece una ceremonia vacía mente triste: La patria convertida en accesorio.

La soberanía reducida a merchandising.
 
El amor a una tierra transformado en espectáculo.
 
Mientras millones miran una pelota cruzar una pantalla, otros firman papeles. Y los papeles suelen hacer más daño que las derrotas.
 
Se rematan montañas. Se perforan glaciares.
 
Se hipotecan ríos. Se vende el porvenir con la misma tranquilidad con la que se cambia de canal.
 
Y sin embargo, qué extraño: hay quienes lloran por una camiseta y no derraman una sola lágrima por el país que les arrancan debajo de los pies.
 
La patria parece haberse convertido en una prenda estacional. Se la saca del placard cada cuatro años. Se la sacude un poco. Se la exhibe orgullosamente bajo las luces.
 
Y luego vuelve a guardarse mientras continúan los negocios, las entregas y los silencios.
 
Yo no puedo amar así.
 
No puedo llamar patriotismo a esa emoción de utilería.
 
No puedo llamar amor a lo que solo aparece cuando hay un himno, una pantalla gigante y una posibilidad de victoria.
 
Porque la patria no es una euforia. Es una responsabilidad. No vive en los estadios.
 
Vive en los bosques que quedan en pie.
 
En los hielos eternos que resisten. En la educación pública. En la cultura. En la ciencia. En el trabajo de su gente. En la decisión cotidiana de no regalar lo que pertenece a todos.
 
Quizás por eso este tiempo tiene algo de farsa.
 
El mundo arde. Las guerras avanzan. Los poderosos reparten el planeta como si fuera un tablero.Y nosotros asistimos al espectáculo luminoso de una pelota girando sobre el mismo escenario donde se negocian tantas sombras.
 
A veces pienso que los imperios ya no necesitan ocultar nada. Les alcanza con ofrecernos entretenimiento.
Mientras miramos hacia las tribunas, otros vacían la casa. Y cuando finalmente volvemos la vista, apenas quedan las paredes y una bandera colgada en algún rincón, recordándonos aquello que dijimos amar mientras permitíamos que lo vendieran.
 
Foto re vieja, pero si no, no me leen.
 
Publicado en facebook el 18.6.26 por: 
 
 

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