La teoría feminista lleva tres siglos creando palabras para nombrar lo que antes no tenía nombre: acoso laboral, violencia marital, feminización de la pobreza. No son ocurrencias. Son herramientas de guerra.

La teoría feminista lleva tres siglos creando palabras para nombrar lo que antes no tenía nombre: acoso laboral, violencia marital, feminización de la pobreza. No son ocurrencias. Son herramientas de guerra.



Por Redacción Nota Antropológica 
 
Empecemos con una historia breve.
 
Imagina que una secretaria recibe un pellizco en el trasero por parte de su jefe. Él solo sonríe. Ella baja la cabeza. Alguien murmura que el tipo es un “ligón”. Que así son los hombres. Que es simpático, a pesar de todo. Ahora démosle la vuelta, llamemos a eso por su nombre: acoso sexual en el trabajo. De repente, la anécdota ya no es un hecho aislado y se convierte en fenómeno estructural. La secretaria deja de ser una mujer incómoda y pasa a ser parte de un sistema que reproduce desigualdad.
 
Esto parece una escena sacada del guion de un melodrama, pero no, es en realidad una dinámica política.
El feminismo funciona como una teoría crítica, eso significa que se dedica a hacer visible lo que el sentido común no alcanza a ver a simple vista. La teoría feminista no describe el mundo, trata de desarticularlo, lo vuelve a armar y lo muestra desde un ángulo que resulta incómodo ver.
 
Porque cuesta darse cuenta de que lo personal no es íntimo, es político.
 
Este descubrimiento ocurrió a lo largo de tres siglos. Comenzó en la Ilustración, cuando algunas mujeres exigieron que el discurso de la igualdad universal no fuera un privilegio masculino. Luego vino el sufragismo. Luego el feminismo de los años setenta y en cada etapa, el movimiento social y la teoría fueron de la mano. Una sin la otra no funciona, porque la teoría sin movimiento social se vuelve hueca. El movimiento sin la teoría se vuelve ciego. 
 
El feminismo toma hechos que parecen insignificantes, personales, anecdóticos, y los agrupa bajo un mismo concepto. Esa agrupación es una declaración de guerra contra lo naturalizado. ¿Por qué una mujer golpeada por su pareja era antes un “caso pasional” y hoy se entiende como víctima de terrorismo doméstico? Porque el feminismo inventó categorías, porque nombró, porque se negó a seguir llamando “amor” a lo que era dominación.
 
La filósofa Seyla Benhabib define el sistema de género-sexo como la red mediante la cual las sociedades organizan la diferencia anatómica entre los cuerpos. Es decir, cuando la cultura construye roles sobre la biología y luego los presenta como si fueran destino. El feminismo lo que hace es descoser esa red. Muestra que no hay naturaleza femenina. Hay imposiciones. Hay educación diferencial. Hay mandatos de sumisión disfrazados de virtud.
 
Un ejemplo actual es cuando se habla de “feminización de la pobreza”, en la que se señala que las mujeres concentran los trabajos peor pagados, las jornadas más precarias y la responsabilidad de los cuidados no remunerados. Eso es el resultado de siglos de asignación de espacios: lo público para los varones, lo privado para las mujeres. Y cuando una mujer logra saltar ese muro, se topa con el Techo De Cristal. Otra palabra que inventó el feminismo para nombrar lo que antes era apenas una sospecha.
 
Este movimiento social no se organiza como los partidos políticos. No tiene una estructura vertical. Sus redes funcionan como pequeños laboratorios culturales: grupos de mujeres que se juntan, conversan, comparan experiencias, descubren que sus problemas personales son en realidad problemas colectivos. Esa práctica se llamó “autoconciencia” en los años setenta. Y sigue viva en cada reunión de colectivas, en cada lectura compartida, en cada vez que una mujer dice “a mí también me pasó”.
 
La especificidad del feminismo, entonces, no es una rareza académica. Es su capacidad para hablar desde el lugar de quien sufre la opresión sin quedarse en la queja. Pasa de la queja al análisis. Del análisis a la acción y de la acción a la transformación legal, cultural y cotidiana.
 
Las consecuencias son enormes, porque por un lado, el feminismo irracionaliza poderes que se creían incuestionables. El marido ya no es el rey de su hogar por derecho divino. El jefe no puede tocar a su secretaria amparado en la “galantería”. La palabra del varón dejó de ser la única palabra válida. Por otro lado, el feminismo también enfrenta resistencias. Algunas vienen de fuera: leyes que se debilitan, discursos que intentan ridiculizar. Otras vienen de dentro: la dificultad de articular un movimiento que representa a todas las mujeres cuando las mujeres son diversas en clase, raza, orientación sexual y geografía.
 
Si llegaste hasta este punto de la nota comenta ¿Te ha pasado que algo que viviste como "cosa de una vez" después resultó no ser tan personal ni tan de una vez? Te leemos. 
 
Fuente: Amorós, C. y de Miguel, A. (2014). Teoría feminista de la Ilustración a la globalización I. Madrid: Minerva Ediciones. (Introducción, pp. 13-89)
 
 
Publicado el 2.6.26 por: 

Nota Antropológica

 

 

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