Los estudiantes no comprenden lo que leer y no es su culpa

Los estudiantes no comprenden lo que leer y no es su culpa

 
El cerebro sí olvida cómo leer Zygmunt Bauman explicó por qué los jóvenes ya no pueden seguir una idea de principio a fin. La culpa no es de los estudiantes, es de la forma en que la información les llega. 

Por Redacción Nota Antropológica 

Si tienes hijos seguro lo has sentido, él lee un párrafo y luego otro. Pero a los treinta segundos ya no recuerda qué decía el primero. 

Le pides que le cuente algo que acaba de ver en su teléfono. La respuesta es un murmullo, un fragmento, unas palabras sueltas, pero algunas veces no hay hilación. 

No hay historia. El sociólogo Zygmunt Bauman, uno de los pensadores más atentos a los cambios de nuestro tiempo, advirtió sobre este fenómeno hace ya algunos años. 

No se trata de falta de inteligencia sino de un entorno que está destruyendo, pieza por pieza, la capacidad humana para construir secuencias narrativas ordenadas. 

Bauman se apoyó en las tesis de Thomas Hylland Eriksen, un antropólogo noruego que estudió los efectos de la velocidad en la cultura contemporánea. Ambos concluyen que la sociedad de la información ya no organiza el conocimiento en estantes limpios y etiquetados como en una biblioteca, es más bien algo parecido a una cascada. 

¿Cómo se interpreta una cascada de signos descontextualizados? Imagínate que alguien toma cien frases de cien libros distintos, las mete en una licuadora y luego las vierte sobre su cabeza. Eso es lo que recibe un joven cada vez que abre una red social o navega por internet. Las palabras llegan, pero no saben de dónde vienen ni a dónde van. 

Están conectadas de forma casi azarosa. Eriksen llamó a este fenómeno la tiranía del momento. Bauman lo llevó al terreno de la educación. 

El diagnóstico es sencillo y brutal. Cuando la información viaja a una velocidad extrema y en volúmenes masivos, la creación de secuencias narrativas ordenadas y progresivas se vuelve una tarea hercúlea. 

El cerebro humano no fue diseñado para ese ritmo. Entonces ocurre la fragmentación. La realidad deja de percibirse como un todo. Se convierte en una colección de pedazos sueltos. Un video. Un tuit. Una noticia. Otra noticia. Una imagen. Todo al mismo tiempo, pero nada se conecta con nada. 

Las consecuencias viene después para el hábito de la lectura, ya que seguir una línea argumental a lo largo de tres páginas exige algo que el entorno digital no tiene. 

Exige tiempo. Exige silencio. Exige no mirar el teléfono cada cuarenta segundos. Estas condiciones se han vuelto excepcionales. La lectura se ha transformado en un simple ojeo superficial. Bauman utilizó la imagen de la "cultura de casino" para que cualquier persona pueda entenderlo. En una cultura de casino, cada producto cultural está diseñado para un éxito fugaz y un olvido inmediato. Lo que hoy es novedad, mañana es desecho. Se aprende rápido para olvidar rápido. Nadie espera que una información dure. 

Nadie la trata como si fuera valiosa por sí misma. 

Por otra parte, el filósofo observó que la habilidad más valorada ya no es sondear en las profundidades de un tema. Ya no se premia a quien analiza, comprende y sintetiza. Ahora se premia a quien navega sobre las olas. Alguien capaz de saltar de un estímulo a otro sin hundirse. La rapidez ha reemplazado a la comprensión. Este cambio afecta directamente al lenguaje. Los jóvenes utilizan expresiones efímeras, memes y frases hechas. Estas no requieren elaboración. No exigen construir un párrafo complejo o desarrollar una idea a lo largo de varias líneas. El idioma se empobrece. 

La sintaxis se aplana. La capacidad para argumentar se atrofia. Hay un detalle que señala Bauman y es que muchos de los grandes millonarios tecnológicos abandonaron la escuela. 

Steve Jobs. David Karp. Damien Hirst. Todos ellos son presentados como genios que triunfaron sin necesidad de una educación formal y lineal, pero este mito opera como una ilusión bajo la premisa de que si ellos lo lograron, ¿para qué esforzarse en leer un libro entero? 

La escuela queda entonces entre enseñar contenidos y luchar contra un ecosistema que capacita al cerebro para la interrupción constante. 

No es una batalla justa. Los estudiantes llegan a clase después de haber pasado siete horas diarias frente a pantallas que les enseñaron a saltar, no a quedarse. 

Bauman propuso que no se trata de prohibir la tecnología, se trata de enseñar a reconstruir el contexto donde solo hay fragmentos. Es decir, tomar una información suelta y preguntarse. ¿Quién la escribió? ¿Cuándo? ¿Con qué propósito? ¿Qué pasó antes? ¿Qué vino después? 

Eso es la lectura profunda, aunque no usemos esa palabra. Es la capacidad de tender un hilo a través del caos y esa capacidad no es innata. Se entrena. Se practica. Se sufre y también se pierde si no se ejercita. Así que aquí con adolescentes que pueden grabar un video de treinta segundos pero no pueden escribir una carta de una cuartilla. 

Con jóvenes que siguen una serie de quince capítulos pero no pueden leer un ensayo de quince páginas. No es un problema de voluntad. Es un problema de entrenamiento cognitivo en un entorno hostil. Si llegaste hasta este punto, cuéntame qué estrategias usas en clase para que tus estudiantes puedan seguir una lectura extensa sin perderse en el camino. 

Comparte tu método en los comentarios. Fuente Bauman, Z. y Mazzeo, R. (2016). 

Sobre la educación en un mundo líquido: Conversaciones con Ricardo Mazzeo. Barcelona: Paidós. (Capítulo 7)

 

Publicado en facebook el 9.6.26 por 

Nota Antropológica

 

 

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