BRUTAL, INGENUA, INCESTUOSA, LUCHADORA, DULCE, LOCA, SOLIDARIA, FURIOSA, SENSATA, PROVOCADORA, PRESA O LIBRE: MI INCREÍBLE AMIGA RUTH MARY KELLY, LA DEL OFICIO MÁS VIEJO DEL MUNDO

BRUTAL, INGENUA, INCESTUOSA, LUCHADORA, DULCE, LOCA, SOLIDARIA, FURIOSA, SENSATA, PROVOCADORA, PRESA O LIBRE: MI INCREÍBLE AMIGA RUTH MARY KELLY, LA DEL OFICIO MÁS VIEJO DEL MUNDO



La señora tiene cincuenta y pico, tal vez sesenta. Habla varios idiomas: inglés por su familia irlandesa; portugués, griego e italiano, por razones de trabajo.

Es rubia, usa el pelo corto, tiene ojos muy celestes, el cuerpo macizo, chistea entre dientes –un tic– y cuando se enoja es capaz de blasfemar con una variedad de recursos que le envidiaría cualquier estibador del puerto.

Allí en el puerto, justamente, trabajó durante 35 años. Vendía su cuerpo por hora, o por día.

La conocí en 1975, a mis 19. Yo era el redactor más joven de la revista ‘Siete Días’ y un papelito aterrizó en mi escritorio. “La señora Ruth Kelly lo espera en el bar ‘Suarez’ en Callao y Rivadavia a las 20.30”. No tenía la menor idea de qué se trataba. Fui igual.

Allí estaba. En la mesa de la ventana.

–Soy Ruth Mary Kelly, prostituta. Mucho gusto –me estrechó la mano y me arrastró hacia la silla– ¿No se acuerda de mí?

–¿Yo señora? –balbucée.

–Sí, usted. Hace como siete años estuvo conmigo en un panel de un programa de televisión. Y como dijo no sé cuántas pelotudeces machistas le grité de todo en cámara –levantó el dedo amenazante.

–Señora, en en esa época yo estaba en la primaria –le aclaré suavemente, como para que no se irritara más.

–Ah. Entonces lo confundí con otro chanta. Los periodistas son unos sinvergüenzas. Prostitutos, son. Peor que una.

Ruth se aflojó y comenzó a hablar. Logró hipnotizarme con sus historias fellinescas. Charlamos casi cuatro horas. No dejamos de hacerlo más.

Ella me contó su vida de película, me regaló un par de ejemplares de su libro –‘Memorial de los infiernos’, una biografía escrita por Julio Ardiles Gray–, fantaseó mil veces con crear un poderoso Sindicato de Prostitutas (“Nosotras somos docentes del sexo, las segundas maestras de los hombres, así que merecemos respeto y protección gremial”, bajaba línea).

Me relató sus días en la cárcel y sus grandes amores, con hombres y mujeres.

La oí defender con entusiasmo el incesto entre mayores de edad (“Ay mi papá… ¿vos sabés las ganas que yo le tenía a mi viejo?”), y también la vi escandalizarse cuando viajó a San Pablo y visitó el puerto de Santos (“Es una vergüenza Hugo, chicas y chicos menores ofreciéndose por la calle ¿A dónde vamos a ir a parar?”, me escribió desde allí).

Discutíamos mucho. Ella me acusaba de machista y yo contratacaba diciéndole que era la prostituta más moralista y pacata del mundo. Me insultaba un poquito, pero enseguida se detenía en alguna característica edípica de mi personalidad. Sabía cómo provocarme: se había analizado años con una colega de profesión, también psicoanalista.

No era fácil tratar con Ruth en público. Un día me tocó el timbre de casa. Quería que iniciara a una chica correntina demasiado tímida, que todavía no se animaba a dejar su trabajo de mucama para ser prostituta. ‘Ni loco, Ruth’, le dije.

No aceptaba fácil un no. Se enfurecía.

Otro día quiso subir a casa con dos colegas brasileñas y para contarme en detalle su proyecto de armar un sindicato continental de trabajadoras sexuales de América Latina. Yo no estaba solo. Se lo dije, pero tuve que bajar porque no pensaba moverse de la puerta del edificio si no la veía. Hablamos. Aceptó irse, de muy mala gana.

Cuando estaba por despedirla, justo entró la presidenta del Consorcio con el portero, que seguramente pensaron que esa señora rubia y ojos claros era mi mamá, o mi tía, o mi profesora de inglés. Sonrisitas de ocasión. “Hola, buenas noches”, “Qué tal, buenas noches”.

Justo en el intercambio formal de saludos, Ruth dibujó una linda sonrisa, cerró el puño derecho y lo inclinó suavemente hacia adelante y hacia atrás y me dijo, casi en un grito: “¡Qué cojas biennnn, hijo de putaaa…!”.

Oh no.

El viaje en ascensor con la presidenta del consorcio y el portero hasta mi piso fue interminable. Infinito. Podía freír un huevo en cualquiera de mis mejillas.

Ruth era brutal, despiadada, violenta y también una mujer dulce, amorosa. Conocí a todas esas Ruth.

Un día me encontró cabizbajo, tomando un café en el bar de México y Paseo Colón, a metros de la Editorial Atlántida. Ella venía a proponerme por enésima vez una imposible nota sobre prostitución en ‘Gente’, donde yo ya era prosecretario de Redacción. Pero ni llegamos a hablar de eso. Yo me había separado de una novia y estaba hecho bolsa.

–¡Arriba, vamos che…! –me animó–, ¡Tanto lío por una mina! Ay Huguito. A vos te falta mucha sábana, pibe.

–¡Ah que piola! –le respondí ofendido– vos decís eso porque sos una profesional, lo hiciste todo, lo probaste todo, y yo recién…

Ruth se sonrojó.

–Bueno, todo no –dijo, y se acercó a mí, misteriosa–, hay algo que nunca entregué, te juro. La colita. No sé, no puedo, ¿viste?

–¡Nah…! ¿En serio? –abrí los ojos como dos pequeños mundos–, no te puedo creer, Ruth.

–Y, sí. Lo que pasa es que… No sé, me da impresión, que se yo.

Moví la cabeza, sin creerlo del todo. Me reí. Una hazaña, considerando mi estado de ánimo. Duró poco. Muy rápido volví a ser una piltrafa melancólica. Ruth me miraba callada. Abría los dedos, nerviosa. Tenía ganas de agarrarme de los hombros, sacudirme. Me lo dijo.

–¡Uh, me tenés repodrida, nene! –dijo, empujando el pocillo de café hacia adelante, alejándolo de ella y estirando la espalda–, a ver, déjame que vaya a tu casa hoy, te hago una sopita y después, si querés, dejo que me rompas el invicto de la colita.

Creo que largué una carcajada, o salí con cualquier otra cosa para disimular, porque realmente estaba conmovido. En esas circunstancias, Ruth no sabía seducir, acariciar, ni abrazar con suavidad, pero era capaz de hacerme sentir tan especial como para darme algo suyo, único.

Por cosas como ésas Ruth era mi estrafalaria amiga. No había sexo ni billetes entre nosotros, sí un amor tácito, formal, de camaradas de ruta. Cuando viajé al Ulster por la muerte de Bobby Sands y la huelga de hambre de los demás prisioneros del H.Block, me pidió que le trajera un frasco con tierra irlandesa. Lo hice.

Cuando conté todo este delicioso episodio con Ruth en una columna que edité para la revista Perfil, lo cerré de esta manera:

“De todo corazón espero que a mi amiga Ruth le guste esto que escribo sobre ella. Pero si dentro de unos días me ven con un ojo en compota y una pierna enyesada, ya saben”.

El mismo día en que salió la revista hubo un curioso episodio en la Editorial. Ruidos extraños en la recepción del segundo piso en el edificio de Sarmiento y Cerrito.

El grito ahogado de la secretaria, voces de advertencia de los de la Seguridad, un alarido medio animal y muebles que parecían caerse. Un caos que rompió la monotonía de las charlas en voz baja y el tecleo de las máquinas Olivetti en el piso donde se repartían las diferentes redacciones. La vista de todos se clavó en la entrada. De pronto, la puerta se abrió como pateada por un mamut.

Era Ruth.

Desde allí revisó rápidamente los escritorios y me ubicó. Corrió hacía mí con toda el alma y su cuerpo rotundo, pegando contra los bordes de las mesas, volteando sillas, empujando a algún distraído que, paralizado por la sorpresa, se interponía en su camino. Atrás, la perseguía una procesión de desesperados.

Gritó una sola frase durante su interminable carrera con obstáculos:

–¡Huuuuuguiiiiiiiiitoooooo hiiiiijoooooooo deeeeeee puuuuuuuutaaaaa…!

Yo, aterrado, ni siquiera atiné a levantarme de mi silla. Ruth aterrizó sobre mí con los brazos abiertos como un ángel de Botero. Con el impuso, los dos nos caímos al suelo y rodamos hasta la mesa de diagramación.

Algunos metían los brazos para levantarnos y los de Seguridad intentaban poner orden. Ruth insistía, casi sin voz, pegada a mi oído:

“Quiiiiiiiiiiiiiiijodeputa sosss Huguiiiiiitoooo, loqueeeeescribissssste deeee miiiiii laputaaaaa que te parióóó…”.

Le había gustado.

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In memoriam Ruth Mary Kelly (1926-1994)

Hugo Asch 

 

Publicado en facebook el 24.5.26 por: 

Henderson Espinosa

 

  

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