Agresión contra Venezuela, No es una Muestra de Fuerza, sino un Síntoma de la desesperación Imperial
Agresión contra Venezuela, No es una Muestra de Fuerza, sino un Síntoma de la desesperación Imperial

En un mundo cada vez más multipolar, la reciente agresión militar de
Estados Unidos contra Venezuela, que culminó con el secuestro del
presidente Nicolás Maduro, ha sido presentada por la administración
Trump como una victoria decisiva contra el «narcoterrorismo». Sin
embargo, esta acción no refleja la fortaleza de un imperio en ascenso,
sino la desesperación de uno en declive.
Al optar por la fuerza bruta, Washington revela su pérdida de
confianza en sus herramientas económicas y políticas tradicionales,
mientras otras potencias, como China, avanzan mediante incentivos
económicos. Esta agresión es un grito de auxilio existencial, un intento
por aferrarse a Latinoamérica como su «feudo» histórico, en medio de
una decadencia interna acelerada.
Históricamente, Estados Unidos
ha «dominado» el hemisferio occidental a través de una combinación de
influencia económica, diplomacia y, en ocasiones, intervenciones
encubiertas. Pero en el caso de Venezuela, la escalada a operaciones
militares abiertas demuestra que Washington ya no confía en su capacidad
para moldear el panorama político sin recurrir a la violencia directa.
Esta movida, justificada bajo el pretexto de combatir cárteles de
droga, es en realidad un acto de pánico ante la resiliencia del gobierno
chavista, que ha resistido sanciones económicas intensas y todo tipo de
agresiones, pero sobre todo, un acto de pánico frente al avance chino
en Latinoamérica.
El gasto grotesco en esta operación —millones de dólares, miles de
efectivos y cientos de aeronaves— para someter a una nación que no
representa una amenaza directa a la seguridad estadounidense, subraya
esta desesperación. Venezuela, con su economía golpeada pero en
recuperación (creciendo un 6.5% a pesar de las sanciones), se convierte
en un símbolo de fracaso para el modelo de guerra económica.
EEUU en lugar de invertir en su propia infraestructura degradada tras
décadas de guerras en nombre de la «democracia», Washington gasta
billones en aventuras militares que no resuelven problemas estructurales
internos, como el colapso de puentes y carreteras obsoletas. Mientras
tanto, potencias emergentes como China avanzan en el escenario global,
sin disparar un solo tiro. A través de la Iniciativa de la Franja y la
Ruta de la Seda, Beijing ha invertido miles de millones en
infraestructura latinoamericana, superando a EE.UU. como principal socio
comercial de la región, con un intercambio que alcanzó los 518 mil
millones de dólares en 2024.
China no necesita bombas; ofrece préstamos, puertos y ferrocarriles
que fomentan el desarrollo, contrastando con el enfoque coercitivo de
EE.UU., que ha visto su influencia erosionarse en casi todos los países
de Latinoamérica.
La «Doctrina Trump» —o Corolario Trump, como se ha denominado— y la
reciente «Nueva Política de Seguridad» confirman esta fase de
decadencia. Estas políticas, que priorizan la intervención directa en
América Latina para «negar» influencias externas, son un eco del
intervencionismo del siglo XX, pero en un contexto de debilidad global
en pleno siglo XXI.
Este atrincheramiento en Latinoamérica es una admisión implícita de derrota en otras arenas globales. Mientras EE.UU. se retira de compromisos en Medio Oriente y Asia, ve su predominio «ir al pique» ante el ascenso de China y Rusia. La agresión en Venezuela no es estratégica; es reactiva, un acto de una «fiera herida» que se vuelve más peligrosa al percibir su propia vulnerabilidad.
Analistas lo comparan con la crisis de Suez de Gran Bretaña en 1956, un último estertor imperial que aceleró su declive.
La propaganda trumpista, como las afirmaciones de que la captura de
Maduro se resolvió en «50 segundos» o que EE.UU. ahora «dirige»
Venezuela, suena a guion de Hollywood, pero no engaña al mundo. Esta
«victoria» pírrica no resuelve nada: Venezuela sigue gobernada por
fuerzas leales al chavismo, con millones de milicianos activados y el
pueblo manteniendo su lealtad al proyecto bolivariano.
Secuestrar a Maduro abre la puerta a más resistencia, no a la
sumisión, y demuestra la incapacidad de EE.UU. para controlar incluso
naciones «pequeñas» que, según su visión, deberían orbitar en su esfera.
Nicolás Maduro, afirmó que EE.UU. se jugaba su futuro en Venezuela, y
no se equivocó: esta acción no demuestra fuerza, sino decadencia
existencial. La agresión a Venezuela es el epítome de un imperio en fase
terminal: decadente, pero peligroso en su agonía, Washington opta por
la violencia porque sus alternativas se agotan.
Esta desesperación no solo falla en restaurar el predominio estadounidense, sino que acelera su erosión, abriendo espacios irreversibles para un orden mundial. Venezuela, a pesar de todo, sigue siendo faro de soberanía, recordándonos que los imperios caen por su propia podredumbre interna y por la resistencia de los pueblos que no se pliegan a la dominación.
Por Redacción del sitio
Extractado de: https://micubaporsiempre.wordpress.com/2026/01/06/agresion-contra-venezuela-no-una-muestra-de-fuerza-sino-un-sintoma-de-la-desesperacion-imperial/
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