¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE QUIERE EL COMUNISMO?
¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE QUIERE EL COMUNISMO?
Pocas
palabras son tan aterradoras como «comunismo». Tan solo mencionarla
tensa la conversación, y quienes la usan son vistos con recelo por la
nostalgia del alambre de púas. Algunos estudiantes de una universidad
canadiense me pidieron un documento donde pudiera explicar breve y
claramente la pregunta: «¿Pero qué pretende realmente el comunismo?».
Disfruté del reto, incluso a riesgo de trivializarlo un poco y
simplificarlo demasiado con pocas distinciones. En Italia, el comunismo
tiene su propia historia compleja y llena de matices, pero rara vez
llegamos al fondo del asunto cuando hablamos de él. Todos nos perdemos
(yo incluido) en las obras de los más grandes intelectuales de los
últimos doscientos años, cada uno con su propia versión. Me gustaría
recuperar su significado profundizando en lo concreto, a través de los
pensadores que lo construyeron y perfeccionaron durante casi dos siglos.
Inmediatamente distingo lo que el sentido común mantiene confundido. La
teoría y sus objetivos son una cosa, los regímenes que usurparon su
nombre son otra.
Juzgar el
comunismo por los gulags es como juzgar el cristianismo por la
Inquisición, con la diferencia de que nadie pretende descartar la idea
de esta última por sus tribunales.
1. LA EXPLOTACIÓN ES LA NORMA, NO EL ABUSO.
El
punto de partida de Marx es un descubrimiento que hoy parece banal,
pero que no lo era en absoluto cuando lo formuló. El beneficio surge de
la propia estructura salarial, y la deshonestidad del empleador
individual no tiene nada que ver con ello, puesto que la regla se aplica
incluso al empleador «bueno». El trabajador produce en un día más valor
del que recibe, y ese excedente, la plusvalía, permanece en manos del
propietario de los medios de producción. El intercambio parece libre y
justo, y ahí reside su astucia, porque la extracción se produce
abiertamente, dentro de un contrato firmado. Hoy, la misma lógica rige
al trabajador de almacén cuyo tiempo se calcula mediante un algoritmo y
al repartidor que cobra por entrega. El comunismo comienza con la
negativa a considerar natural esta deducción diaria de la vida de los
demás.
2. NO QUIEREN TU CEPILLO DE DIENTES.
La
confusión más extendida se refiere a la propiedad. El comunismo apunta a
la propiedad privada de los medios de producción, es decir, las
fábricas y la tierra, el capital con el que se emplea al resto de la
humanidad. La casa en la que vives y tus objetos cotidianos pertenecen a
otra esfera, la de los bienes personales, que ningún texto marxista
serio ha intentado jamás reivindicar. Engels lo dejó claro al hablar de
los programas de los partidos. El objetivo es el poder que proviene de
poseer aquello de lo que otros dependen para su sustento. Una
cooperativa como Mondragón, en el País Vasco, donde los trabajadores son
dueños de la empresa y eligen a sus dirigentes, demuestra que el
problema sigue vigente.
3. EL VERDADERO OBJETIVO: RECUPERAR TU YO.
Bajo
la superficie de la economía subyace una cuestión más profunda,
formulada por el joven Marx en los manuscritos de 1844. El trabajo
asalariado aliena al hombre del producto que se le escapa y del acto
mismo de producir, reduciéndolo a un mero medio, mientras transforma a
sus semejantes en competidores. La palabra que utiliza Marx es
alienación, la pérdida del yo dentro de una actividad que no puede ser
gobernada. El objetivo último del comunismo es el fin de esta
expropiación interna, una sociedad en la que, según la fórmula del
Manifiesto, el libre desarrollo de cada uno se convierte en la condición
para el libre desarrollo de todos. El antropólogo David Graeber, al
describir el trabajo sin sentido que millones de personas realizan sin
convicción, ha dado a esa antigua intuición una imagen sumamente
contemporánea.
4. MATERIALISMO HISTÓRICO: SIGA EL RÍO DEL DINERO.
El
conjunto de herramientas de este pensamiento se denomina materialismo
histórico. La idea es que las formas del derecho y la política se
fundamentan en las condiciones materiales con las que una sociedad
produce y reproduce su vida. No se trata de un determinismo económico
simplista, y Engels, en una célebre carta de 1890, ya advertía que la
superestructura reacciona sobre la base y tiene su propia eficacia.
Louis Althusser perfeccionó la idea con el concepto de
sobredeterminación. Aplicado al presente, este método nos invita a
preguntarnos, ante una ley o una guerra, quién se beneficia
materialmente, qué intereses la impulsan más allá de la mera lógica.
5. EL ESTADO NO ES UN ÁRBITRO NEUTRAL.
Frente
a la imagen del Estado como árbitro imparcial situado por encima de los
partidos, la tradición marxista sostiene que existe para garantizar un
determinado orden de propiedad y, en última instancia, defiende a
quienes se benefician de dicho orden. Lenin, en El Estado y la
Revolución, se basa en Marx y Engels e incluso anuncia la extinción del
Estado una vez que las clases sociales hayan desaparecido. La historia
posterior ha invertido esa promesa, dando como resultado un Estado más
complejo que antes, y esta es una de las contradicciones a las que
volveremos. Nicos Poulantzas, en la década de 1970, demostró sutilmente
cómo el Estado contemporáneo condensa el equilibrio de poder entre las
clases, permaneciendo permeable a la presión popular. La pregunta que
subsiste es quién gobierna realmente cuando creemos que nos rige
únicamente la ley.
6. ¿POR QUÉ OBEDECEMOS? HEGEMONÍA E IDEOLOGÍA
La
pregunta que atormentaba a los comunistas del siglo XX era la más
difícil: ¿por qué los dominados aceptan su propia dominación sin
ataduras? Antonio Gramsci, desde su prisión fascista, respondió con el
concepto de hegemonía, el consenso que la clase dominante obtiene al
presentar sus propios intereses como el sentido común de todos. Louis
Althusser añadió el aparato ideológico del Estado, las escuelas y los
medios de comunicación que nos moldean como sujetos dóciles, y denominó
interpelación al gesto con el que la ideología nos asigna un lugar y nos
convence de que nos pertenece. Quienes lean estas líneas reconocerán el
tema de mi obra: la manera en que un poder persuade a sus sujetos de
que son libres. La meritocracia, con su promesa de que cada uno recibe
lo que merece, es la forma contemporánea de ese consenso fabricado.
7. IGUALDAD Y LIBERTAD JUNTAS: BALIBAR
Étienne
Balibar acuñó un término que resume la máxima aspiración de esta
tradición: égaliberté, equaliberty (igualdad e igualdad). La tesis es
que libertad e igualdad no coexisten; se implican mutuamente, puesto que
la libertad de quienes carecen de lo necesario para vivir es vacía, y
la igualdad de los sirvientes es falsa. La libertad de dormir bajo un
puente, observó sarcásticamente Anatole France, se concede por igual a
ricos y pobres. Jacques Rancière radicalizó esta idea, estableciendo la
igualdad como un requisito indispensable para su aplicación inmediata, y
definiendo la política como el momento en que los excluidos, los que no
cuentan, exigen su voz. El comunismo busca materializar lo que las
constituciones prometen solo en el papel.
8. UNA FAMILIA LITIGIOSA
Quienes
conciben el comunismo como un bloque compacto ignoran su verdadera
historia, marcada por profundas escisiones. Rosa Luxemburgo, comunista
hasta el martirio, reprochó a Lenin la represión de la libertad y
escribió que la libertad es siempre la libertad de quienes piensan
diferente. La Escuela de Frankfurt, con Adorno y Horkheimer, utilizó las
herramientas de Marx contra las ilusiones del progreso. Claude Lefort y
Cornelius Castoriadis, surgidos del marxismo revolucionario, dedicaron
sus vidas a desenmascarar a la burocracia soviética como la nueva clase
dominante. Esta tradición ha generado, naturalmente, las acusaciones más
implacables contra los regímenes que se apropiaron de su nombre, señal
de un pensamiento vivo, capaz de juzgarse a sí mismo.
9. ¿POR QUÉ SE HA CONVERTIDO EN UNA MALA PALABRA?
Quedan
por explicar dos procesos distintos que han hecho que la palabra
resulte impronunciable. El primero es real y terrible. Se cometieron
crímenes atroces en nombre del comunismo: las hambrunas y el Gran Terror
de Stalin, luego el salto adelante de Mao con sus millones de muertes
por inanición, y finalmente el exterminio de Camboya. Ninguna defensa
seria puede eludir esas pilas de cadáveres, y la parte más lúcida de
esta tradición, desde Luxemburgo hasta Lefort, las denunció antes y
mejor que sus enemigos. El historiador François Furet las convirtió en
el eje central de su acusación, mientras que Eric Hobsbawm y Enzo
Traverso insistieron en el deber de comprender sin absolver. El segundo
proceso es propagandístico. La Guerra Fría y el macartismo vincularon la
palabra comunismo exclusivamente a la imagen del gulag, y adoctrinaron a
los ciudadanos para tachar de subversiva cualquier medida de justicia
social, como la sanidad pública o el salario mínimo. Incluso hoy,
cualquiera que proponga ayudar a los pobres es sospechoso de preparar
campos de concentración.
10. ¿QUÉ QUIERE HOY, EN TÉRMINOS CONCRETOS?
Despojada
de sus caricaturas, la demanda comunista suena casi razonable. Busca
extender la democracia desde el ámbito del voto hasta el lugar donde
transcurre nuestra vida, la economía, ya que parece extraño elegir
alcaldes y someterse a los jefes como soberanos absolutos. Busca retirar
del mercado los bienes de los que depende la supervivencia, la salud y
la vivienda, y devolver el conocimiento a la comunidad. Nancy Fraser, en
su obra El capitalismo caníbal, muestra que este sistema devora los
fundamentos naturales y sociales que lo sustentan, y de esta conciencia
nace el ecosocialismo, la idea de que el crecimiento infinito en un
planeta finito es una locura contable. Finalmente, busca reducir el
tiempo de trabajo, ya que Marx, ya en los Grundrisse, consideraba la
liberación del tiempo como la verdadera riqueza. En un año en que los
doce hombres más ricos poseen más que la mitad más pobre de la humanidad
—más de cuatro mil millones de personas— y la riqueza de los
multimillonarios crece un ochenta y uno por ciento en comparación con
2020, la cuestión de quién debe recibir los frutos de las máquinas
inteligentes se convierte en la cuestión política del siglo.
LAS OBJECIONES QUE SIGUEN EN PIE
Sería
deshonesto concluir sin abordar las objeciones fundamentales, aquellas
que un comunismo maduro debe afrontar en lugar de eludir. Ludwig von
Mises y Friedrich Hayek argumentaron que, privada de precios de mercado,
una economía planificada permanece ciega, incapaz de saber qué y cuánto
producir, y la escasez crónica del bloque soviético les dio la razón en
muchos aspectos. Persiste el problema que atormenta a cualquiera que
haya leído la historia del siglo XX: la concentración del poder
económico y político en las mismas manos propicia la tiranía, y ninguna
buena intención ha impedido hasta ahora esa deriva.
Un
pensamiento digno de su propósito debe responder con instituciones,
pluralismo partidista y la libertad de crítica que Rosa Luxemburgo
exigió contra Lenin. El comunismo que me interesa busca hacer del mundo
un lugar un poco menos injusto, sin prometer ningún paraíso, y acepta
ser juzgado por sus resultados. Quienes lo convierten en una blasfemia
imperdonable, y al mismo tiempo en un pretexto para no tocar nada,
defienden un orden que acaba de otorgar a doce hombres más riqueza que
la que poseen cuatro mil millones de personas. La palabra, tan
desagradable, al examinarla con detenimiento, cumple precisamente este
propósito.
Publicado en facebook el 26.7.26 por:

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