LA NATURALEZA, ÚNICA DETENIDA POR LOS DESASTRES

LA NATURALEZA, ÚNICA DETENIDA POR LOS DESASTRES


Desde Atacama y Coquimbo hasta Valparaíso, cada vez que llueve, se inunda una ciudad, se activa una quebrada o se corta una carretera, los titulares encuentran rápidamente al culpable: la naturaleza. Lo curioso es que nunca pueden entrevistarla, pedirle explicaciones ni llevarla ante un tribunal. Mientras tanto, quienes planificaron, autorizaron, construyeron o no fiscalizaron suelen desaparecer de la noticia.

En Chile los desastres tienen una curiosa particularidad: siempre parecen ocurrir solos. Llueve y “las precipitaciones provocan inundaciones”; se desborda un río y “el río causa daños”; se activa una quebrada y “la quebrada arrasa con viviendas”; se corta una carretera y “el sistema frontal interrumpe la conectividad”. La lluvia, el río, la quebrada y el temporal aparecen como verdaderos delincuentes habituales. Solo falta que los titulares publiquen sus fotografías y sus antecedentes penales. Lo que casi nunca aparece es la pregunta más importante: ¿por qué ese fenómeno natural se convirtió en desastre precisamente allí?

El geógrafo Marcelo Lagos lo ha planteado con claridad: el fenómeno puede ser natural, pero el desastre se produce cuando ese fenómeno encuentra un territorio vulnerable, mal planificado o mal intervenido. Y ha dicho algo todavía más incómodo: el día en que existan responsables, las cosas cambiarán. Porque Chile no carece de leyes. La Ley General de Urbanismo y Construcciones reconoce las áreas de riesgo, incluidas las zonas inundables y aquellas expuestas a quebradas, cauces y otros peligros. Los planes reguladores intercomunales y comunales deben considerar esos riesgos y establecer las restricciones correspondientes. Por eso, cuando una quebrada se activa y el agua arrasa con viviendas, caminos o infraestructura, la pregunta no puede terminar en cuántos milímetros llovieron: hay que saber qué decía el plan regulador, si el área estaba identificada como zona de riesgo, quién autorizó construir, qué estudios se hicieron, qué medidas de mitigación se exigieron y quién fiscalizó.

Lo mismo ocurre con las obras públicas. Una carretera no es una raya dibujada sobre un mapa: cruza quebradas, corta laderas, modifica escurrimientos y altera el camino natural del agua. Por eso no basta con construir una ruta para que circulen vehículos; también hay que preguntarse por dónde circulará el agua cuando llegue una lluvia extraordinaria. El Ministerio de Obras Públicas tiene responsabilidades concretas en materia de infraestructura, cauces, defensas y evacuación de aguas lluvias. Sin embargo, cuando una carretera queda destruida, el titular suele decir que “las intensas precipitaciones provocaron cortes de ruta”. Nuevamente, la lluvia. Nunca el diseño, la planificación, la falta de obras de drenaje o la ausencia de una ruta alternativa para evacuar a las personas.

Porque aquí está el detalle que suele olvidarse: no basta con evacuar el agua, también hay que poder evacuar a la gente. Una comunidad aislada no es solamente un problema de conectividad. Es una emergencia. Una ambulancia que no puede llegar, una persona que no puede salir o una familia atrapada porque la única ruta quedó bajo el agua también tienen relación con la forma en que se planificó y construyó el territorio.

Pero la prensa suele contarnos el desastre como si hubiera comenzado cuando cayó la primera gota. En realidad, muchas veces comenzó años antes: cuando se aprobó un plan regulador, cuando se autorizó una construcción, cuando se intervino una quebrada, cuando se diseñó una carretera o cuando alguien decidió que el riesgo podía ser ignorado. Después llega la lluvia y todos se sorprenden. La naturaleza, por supuesto, no firma permisos de edificación, no modifica planes reguladores, no aprueba carreteras ni decide construir viviendas en zonas inundables. La lluvia no tiene personalidad jurídica. Entonces, ¿por qué siempre termina siendo la acusada? Tal vez porque es una acusada perfecta: no puede defenderse, no tiene abogados y, sobre todo, no puede señalar con el dedo a quienes tomaron las decisiones.

En estos días, el Norte Chico ha vuelto a mostrar la vulnerabilidad de nuestras ciudades, caminos y comunidades. Y en Valparaíso, la inundación de sectores del Parque Barón durante el temporal vuelve a plantear preguntas que no debieran desaparecer cuando deje de llover: cómo se diseñó esa obra, cómo se resolvió el escurrimiento de las aguas y qué riesgos fueron considerados. Porque si mañana un tsunami golpeara ese territorio, el titular probablemente diría: “Tsunami provoca daños en Parque Barón”. La pregunta verdaderamente importante sería otra: ¿quién decidió construir allí, con qué estudios y considerando qué riesgos?

El problema de Chile no es que no conozcamos nuestros peligros. Somos un país sísmico, volcánico, costero, con quebradas, ríos, incendios, aluviones y eventos climáticos extremos. El problema es que muchas veces actuamos como si todo eso ocurriera en otro país. Y cuando ocurre, descubrimos que la naturaleza es siempre culpable y que los responsables, misteriosamente, no aparecen. Ha llegado el momento de cambiar la pregunta: no basta con saber cuánto llovió, hay que preguntar por qué esa lluvia se convirtió en desastre; no basta con informar que una quebrada se activó, hay que investigar qué se construyó en su camino; no basta con decir que una carretera fue destruida, hay que revisar cómo fue diseñada y qué obras de drenaje tenía.

Porque los fenómenos naturales ocurren. Pero los desastres, muchas veces, se construyen. Y cuando se construyen, alguien debe responder. La naturaleza puede ser impredecible. Los permisos, los planos, los contratos y las decisiones administrativas no. 

Pubicado en facebook el 22.7.26 por: 


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