El dilema de la inteligencia artificial
El dilema de la inteligencia artificial
La máquina que prometió liberarnos nos está dejando sin trabajo
Por Redacción Nota Antropológica
El desempleo tecnológico, la concentración de la riqueza y el surgimiento de nuevos liderazgos autoritarios tienen un mismo origen y está en la mercantilización de todo, incluso de nuestra capacidad de pensar.
Laura se despertó a las seis de la mañana, como hacía desde hacía quince años. Preparó el café, revisó su correo electrónico y se sentó frente a la computadora para redactar los informes que su jefe le pediría a las nueve.
Pero esta mañana, al abrir su bandeja de entrada, encontró un mensaje que decía que la empresa había implementado un sistema de inteligencia artificial que podía generar esos mismos informes en segundos.
Su puesto, junto con el de otros treinta redactores, sería eliminado en dos meses. Le ofrecían una indemnización y un curso para aprender a "convivir con la nueva tecnología". Laura tiene cuarenta y dos años, dos hijas y una hipoteca. Su historia se está repitiendo hoy en oficinas, fábricas y empresas de todo el mundo.
Esta transformación no es un accidente ni una moda pasajera. Es el resultado de una lógica que lleva siglos operando. Para entender qué está ocurriendo con el empleo, la desigualdad y el ascenso de movimientos políticos que prometen soluciones drásticas, hay que regresar a las ideas del economista Karl Polanyi, quien en 1944 publicó un libro titulado La Gran Transformación.
Allí explicó cómo el capitalismo, al convertir todo en mercancía -incluyendo el trabajo humano y la naturaleza-, genera tensiones que pueden desembocar en desastres sociales.
Anuar Sucar Díaz, investigador en economía política, retoma ese análisis en un artículo reciente publicado en la revista Ola Financiera para advertir que la inteligencia artificial está llevando esas tensiones a un punto de ebullición.
Sucar Díaz explica que la creación de un mercado de trabajo, tal como lo conocemos, no fue un proceso natural ni pacífico. Para que las personas vendieran su fuerza laboral a cambio de un salario, fue necesario despojarlas de sus medios de producción.
Los campesinos fueron expulsados de las tierras comunales. Los artesanos vieron desaparecer sus talleres. Este proceso, que Karl Marx llamó "acumulación originaria", generó una masa de personas sin otra opción que ofrecer su tiempo y energía a quienes poseían el capital. Fue una necesidad impuesta.
Ahora bien, la inteligencia artificial opera con una lógica similar pero más acelerada. No solo reemplaza tareas manuales o repetitivas, como hicieron las máquinas en la Revolución Industrial.
Esta tecnología está diseñada para imitar capacidades humanas como el lenguaje, el razonamiento y la toma de decisiones. Los sistemas de IA pueden redactar documentos legales, diagnosticar enfermedades, programar software y diseñar campañas publicitarias. Pueden incluso generar contenido audiovisual que compite con el trabajo de artistas y creadores. Estamos frente a un competidor que nunca se cansa, nunca pide un aumento y, sobre todo, nunca se organiza en sindicatos.
Un estudio realizado por Frey y Osborne en 2017 estimó que el 47 por ciento de los empleos en Estados Unidos corren un riesgo alto de automatización en las próximas dos décadas. Para México, una investigación de Cebreros y otros autores elevó esa cifra a casi dos tercios de los empleos existentes. Estas proyecciones, aunque discutibles, apuntan a que millones de personas podrían quedar fuera del mercado laboral sin que existan sectores económicos capaces de absorberlos.
Las revoluciones industriales anteriores se extendieron a lo largo de décadas, y quizá esto permitió a las sociedades adaptarse lentamente, pero la inteligencia artificial avanza a un ritmo vertiginoso, mientras las regulaciones, los planes educativos y los seguros de desempleo se actualizan a un paso mucho más lento.
Esta disparidad en las velocidades generará una sensación de desorientación, ya que los trabajadores no tienen tiempo para capacitarse en otra cosa.
Sucar Díaz recuerda que después de la Gran Depresión de 1929, las sociedades occidentales construyeron sistemas de protección social inspirados en las ideas de John Maynard Keynes. Los gobiernos intervinieron para regular los mercados, redistribuir el ingreso y garantizar el pleno empleo.
Durante tres décadas, el capitalismo funcionó con un rostro humano, pero en los setenta, una combinación de crisis económicas, guerras en Oriente Medio y cambios en las teorías económicas dio paso al neoliberalismo y las regulaciones financieras se eliminaron.
Los impuestos a las grandes fortunas se redujeron; los servicios públicos se privatizaron; los mercados recuperaron su papel central como mecanismo rector de la sociedad.
La Crisis Financiera Global de 2008 fue el resultado de esa desregulación y en Estados Unidos, la derogación de leyes que controlaban la especulación bancaria permitió la creación de instrumentos financieros complejos y peligrosos.
Cuando la burbuja inmobiliaria estalló, más de cincuenta millones de personas perdieron su empleo. Millones de familias perdieron sus viviendas y la clase media, que durante décadas había creído en la promesa del esfuerzo personal, vio desaparecer sus ahorros y sus certezas.
El descontento que generó esa crisis alimentó el surgimiento de movimientos políticos que ofrecían respuestas simples a problemas complejos.
Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil y otros liderazgos de extrema derecha capitalizaron el miedo y la frustración de sectores que se sentían abandonados por el sistema.
La IA, si no se regula, podría generar una ola de desempleo similar a la de 2008, pero con mayor persistencia. Los desplazados por la tecnología no encontrarán empleos equivalentes porque los nuevos trabajos que surgen suelen ser de menor calidad, con contratos temporales, sin prestaciones y bajo un control digital que intensifica la alienación.
A este fenómeno se le llama "uberización" del empleo, por la empresa que popularizó el modelo de trabajo por encargo a través de aplicaciones. Las personas trabajan cuando se necesita, por el tiempo que se requiere, sin estabilidad ni protección.
No es difícil imaginar el impacto en el tejido social: una generación entera, nacida después de la crisis de 2008, ya crece con expectativas limitadas. La movilidad social ascendente, esa idea de que los hijos vivirán mejor que los padres, se ha desvanecido. El resentimiento crece. La confianza en las instituciones es cada vez menor. La polarización política se agudiza. Los discursos que prometen volver a un pasado idealizado, aunque ese pasado nunca haya existido, encuentran oídos atentos.
El estudio de Sucar Díaz también propone que la primera tarea consiste en reconocer que la inteligencia artificial no es inherentemente dañina. Su potencial para aumentar la productividad, combatir el cambio climático, mejorar la educación y la salud es inmenso.
El problema radica en que si la tecnología se implementa bajo las mismas reglas que rigen los mercados actuales, con la ganancia como único objetivo, los resultados serán devastadores. Si, en cambio, la sociedad recupera el control sobre el proceso de reproducción social, el desarrollo tecnológico puede orientarse hacia fines humanistas.
Pero ese control requerirá de políticas y de un sistema de renta básica universal que garantice la subsistencia de las personas desplazadas. Programas de reconversión laboral que no sean meros cursos de capacitación sino estrategias integrales de reinserción. Regulaciones que limiten la automatización en sectores donde el empleo es la principal fuente de ingresos y dignidad para las comunidades. Inversión pública en áreas intensivas en trabajo humano, como el cuidado de los ancianos y la educación de los niños...
...y un debate abierto sobre los valores que queremos que orienten el progreso tecnológico.
Polanyi advertía sobre el absurdo de ignorar el sufrimiento presente en nombre de un futuro incierto. Pretender que las comunidades permanezcan indiferentes ante el desempleo masivo, la desaparición de oficios y las torturas psicológicas que eso conlleva, es suponer un imposible.
Hoy, la inteligencia artificial nos dirige a elegir entre dejar que los mercados decidan el ritmo y el sentido del cambio tecnológico, con el riesgo de que la desigualdad alcance niveles insostenibles. O podemos intervenir como sociedad para definir prioridades, establecer límites y garantizar que los beneficios de la tecnología se distribuyan con equidad.
Cada día que pasa sin regulaciones, sin planes de transición y sin acuerdos sociales, fortalece la dinámica que convierte a las máquinas en enemigas de los trabajadores.
La Gran Transformación de Polanyi fue un proceso que llevó décadas y que dejó marcas en las sociedades europeas. La transformación actual transcurre a una velocidad que no permite el mismo margen de maniobra.
Los trabajadores desplazados hoy no tendrán décadas para adaptarse. Los hijos de Laura, la redactora que perdió su empleo, crecerán en un mundo donde muchas de las profesiones que conocen sus padres ya no existirán y aunque su historia es ficticia, ejemplifica bien lo que miles de personas están atravesando en este momento de la historia.
¿Crees que la IA genere mayores empleos de los que ya tenemos o, por el contrario, elimine varios y la situación se vuelva más precaria?
Si esta nota te hizo pensar en tu propio trabajo, en el de tu familia o en el de tus vecinos, compártela. Te leo en los comentarios.
Fuente:
Sucar Díaz, A. (2026). El mundo ante otra Gran Transformación: mercados desregulados, inteligencia artificial y nuevos fascismos. Ola Financiera, 54.
Publicado en facebook el 20.7.26 por:

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