Víctor Jara trabajó con Quilapayún como director artístico

Víctor Jara trabajó con Quilapayún como director artístico

 

Al principio ensayaban en la Casa de la Cultura de Nuñoa, muy tarde por la noche, luego de que Víctor terminara sus clases, en una fría sala que nosotros utilizábamos para nuestras clases de danzas arrimados a una estufa de parafina.
 
Lo primero que tuvo que enseñarles fue a trabajar en serio, ya que una de sus características principales era la tendencia a reír y a convertirlo todo en chiste... hasta el punto de que les concedió una pausa para bromear a mitad de los ensayos, a fin de que mientras trabajaban se concentraran seriamente.
 
Víctor colaboró con ellos no sólo como músico sino también como director de teatro, ayudándoles a identificarse con lo que cantaban y a crear un clima, de modo que la esencia de cada canción se expresara en la actitud y movimiento de cada componente del grupo así como en la música y las voces. Ese método de trabajo proporcionó a Quilapayún una poderosa calidad y presencia escénica que quedaron acentuadas por sus voces viriles y su dramática presentación visual, con barba y poncho negro: como dijo Eduardo, una imagen que era «masculina pero no machista». Dada su juventud y su aire decidido, parecían la personificación del esfuerzo en una causa común. Era algo nuevo que, en cierta manera, parecía encamar el espíritu de la época.
 
Con Quilapayún Víctor intentó explorar las posibilidades expresivas de la música folklórica sin tergiversar ni destruir su carácter tradicional mediante arreglos "embellecedores" como los de grupos neofolklóricos del estilo de Los Cuatro Cuartos. Quilapayún se proponía la multiplicación de sonidos, no sólo con las voces sino mediante el empleo de distintos instrumentos indígenas que estaban aprendiendo a tocar. 
 
Fue una aventura compartida en la que Víctor les enseñó a realzar, más que a sofocar, la calidad original de la música tradicional, al mismo tiempo que se sentían libres de desarrollarla.
 
Obviamente, Víctor no consideraba que su papel como director artístico consistiera en imponer sus ideas. Les enseñó muchas cosas sobre folklore y aplicó los métodos que siempre había utilizado en el teatro para estimular la creatividad colectiva. Eduardo me dijo: «Por eso nuestro trabajo en esa época fue de lo más fructífero. 
 
El grupo adquirió su propio estilo y fue orientado en un sentido artísticamente profundo. Hay cosas que nosotros descubrimos en esa época que son realmente muy osadas para lo que se hacía en ese momento musicalmente. 
 
Víctor tenía una sensibilidad armónica muy delicada y usaba acordes que nadie hacía en ese momento espontáneamente instintivamente».
 
Como entonces era prácticamente desconocido, Quilapayún no tenía dónde actuar. Luego de ensayar toda la semana, los sábados por la noche, Quilapayún, sus amigos, Víctor y yo partíamos en una caravana de viejas citronetas, en busca de público. 
 
A veces alguien se enteraba de que esa noche se celebraba una peña en alguna federación estudiantil, y hacia allí partíamos. 
 
Al llegar se hacían negociaciones con los organizadores. Generalmente la respuesta era afirmativa, pues la mayoría de las peñas eran interminables, de modo que se descargaban los instrumentos y comenzaba la larga espera mientras actuaban una serie de cantantes. Cuando finalmente actuaba, Quilapayún conseguía, por lo general, un nuevo grupo de admiradores.
 
Un año después, del trío inicial solo quedaba Eduardo. Pero a él se unieron Carlos Quezada, un escenógrafo con una maravillosa voz de tenor; Patricio Castillo, más joven y bastante rebelde, pero excelente músico; Hernán Gómez, un hombre muy sereno que tocaba el charango; Willie Oddo, solista y cómico espontáneo, y Rodolfo Parada. 
 
Estos seis constituyeron el grupo tal como existió durante muchos años. Aunque los componentes se multiplicaron, las barbas se mantuvieron prácticamente constantes.
 
Durante aquellos recorridos por las peñas, Víctor tuvo su primer contacto con Inti-Illimani,
conjunto que se había formado un año después que Quilapayún en la peña de la Universidad Técnica. Su especialidad era la música del altiplano, interpretada con quenas, zampoñas y charangos. Sus cinco componentes eran universitarios que cursaban carreras, como ingeniería, pero también hacían investigaciones en el campo y siempre que podían pasaban las vacaciones en las regiones donde se tocaban aquellos instrumentos. 
 
Aunque en cuanto a voces eran más débiles que Quilapayún, quizá propiciaron más que nadie la popularización del particular y obsesionante sonido de la flauta indígena, la quena, y de la brillantez del charango, el pequeño instrumento de cuerda hecho con una caparazón de armadillo.
 
Durante aquella época Víctor estuvo más estrechamente relacionado con Quilapayún. A veces el grupo entero venía a casa para celebrar ocasiones como un cumpleaños o la de haber ganado un festival. Llegaban cargados de provisiones carne para asar a la parrilla en el jardín y chuicos (damajuanas o garrafas) de vino y de instrumentos musicales. Willie y Carlos solían ser los cocineros, expertos en adobar la carne y en preparar las ensaladas tradicionales y el aliño de cilantro fresco y ají picado. 
 
Intercambiábamos bromas y hacían una improvisación musical que a veces acababa en un machitún, una invocación a los dioses indígenas para que trajeran suerte. Se organizaban procesiones por el jardín, se tocaban los tambores y las flautas, se jugaba a hacer lo que alguien ordenaba, pasando entre los árboles, sobre los troncos caídos, salíamos al patio y, por último, a toda marcha, a la calle mientras los perros ladraban y los niños bailaban felices a su alrededor. Huelga decir que Manuela y Amanda los adoraban. Eran una colección de «tíos», de barba y bigote que despertaban la envidia de los chicos del barrio.
Todos eran jóvenes, optimistas, compartían un mismo espíritu de rebelión contra las convenciones carentes de sentido y la anticuada formalidad. Les encantaba sorprender a la gente y hacer cosas extravagantes. 
 
A Eduardo se le ocurrió la idea de fomentar conscientemente un humor específico como modo de crear unidad en el grupo y, si bien por separado podían ser tranquilos e incluso tímidos, cuando estaban juntos no había quien los parara. En ocasiones esa unidad parecía excluyente y les hizo ganar enemigos, pero contribuyó a darles su fuerte presencia escénica y magnetismo.
 
En aquella época las invitaciones para actuar llegaban de manera muy improvisada, por lo que Víctor quedó muy impresionado el día que recibió una carta en papel estampado en relieve en la cual le anunciaban la celebración de un Festival de la Canción Latinoamericana en la ciudad sureña de Victoria y solicitaban su participación junto con Quilapayún. El festival estaba patrocinado por la Municipalidad algo insólito en aquellos tiempos y parecía importante e interesante. Luego de grandes presiones por parte de Víctor, Quilapayún aceptó cancelar un compromiso contraído anteriormente para actuar en Valdivia, lo que hizo que los organizadores se tiraran de los pelos y juraran que el grupo nunca más sería invitado a la ciudad, como así ocurrió. 
 
De todas maneras, una vez tomada la decisión de ir a Victoria, todos esperaron ansiosos noticias de los organizadores.
 
Después llegó otra carta que, alegando ciertos problemas de dinero, rogaba a los artistas se compraran el billete de ferrocarril. Víctor estaba desanimado cuando subió al tren para el largo viaje al sur, y el grupo ya se había arrepentido de la decisión tomada y le echaba la culpa a él. Cuando, unas catorce horas después, el tren llegó a Victoria, todos se asomaron a las ventanillas, para ver las muchedumbres que acudirían al festival, pero el andén, de madera, estaba vacío. Bajaron del tren cargados con los instrumentos y allí se quedaron, sin saber qué hacer, cuando vieron que un chiquillo se les acercaba.
 
-¿Víctor Jara? -preguntó amablemente. Le agradezco que haya venido. Soy alumno del cuarto
acompanarme.
 
Sus problemas acababan de empezar. El festival se celebró en el salón de una escuela-convento local y el equipo de sonido estuvo a cargo de las monjas. Cuando Quilapayún se lanzó a cantar la canción de Violeta, «¿Que dirá el Santo Padre?», las monjas quedaron tan sorprendidas, que cada vez que el coro repetía esas palabras, desconectaban el micrófono y Quilapayún se quedaba cantando sin volumen.
Al final de un largo programa había realmente otros cantantes y grupos invitados, metieron a todos en un par de citronetas y los llevaron a la estación. Era una noche fría y lluviosa de pleno invierno y los anfitriones tenían prisa por ir a sus casas, de modo que se marcharon pronto. Una vez más estaban en el andén de madera, rodeados de instrumentos, cuando se enteraron de que el tren se retrasaría seis horas, hecho no muy sorprendente. En ese momento Víctor no fue la persona más popular de Chile. Tal vez este incidente, bastante divertido, fuera un síntoma de la creciente fricción entre Víctor y Quilapayún. Sin lugar a dudas, reveló diferencias de actitud. Si hubiera estado solo, Víctor probablemente se lo habría pasado bien en Victoria. Admiraba la empresa de organizar semejante acontecimiento en una pequeña ciudad de provincias y, de hecho, regresó al año siguiente para apoyar la iniciativa.
 
Aunque el grupo solía acompañar a Víctor en sus canciones y actuaron juntos en muchos conciertos, él nunca quiso integrarse como intérprete. A medida que pasaba el tiempo, Eduardo insistió en que Víctor debía dejar de ser solista y convertirse en miembro de Quilapayún. Se negó y vio que le criticaban por estar interesado en la fama personal. Peor aún, se burlaron de él por su conciencia de ser un campesino que se había criado en un barrio bajo urbano, y por su insistencia en reconocer su origen familiar, que era la piedra angular de cuanto hacía.
 
En ese estado de cosas, Víctor se vio obligado a analizar los motivos por los cuales cantaba. Estaba dolido y volvía a casa muy alterado luego de los ensayos y disputas con Quilapayún, deseoso de discutir conmigo la situación. Aunque era muy dado a la autocrítica, comenzó a comprender que existían algunos factores que ineludiblemente le distanciaban del grupo. Si bien sólo aventajaba en unos pocos años a la mayoría de los componentes de grupo, su experiencia de la vida era mucho mayor. Todos eran universitarios de buenas familias, cuyo compromiso político no surgía de una experiencia directa de la pobreza, sino de una convicción intelectual. Era una brecha difícil de salvar.
 
Sus dotes como compositor e intérprete eran profundamente individuales, si bien las ponía al servicio de la causa en la cual creía. Pero Víctor veía con suma claridad y enseñó a Quilapayún a cultivar la fuerza de su imagen colectiva, polifacética pero unida, comprendiendo que en aquellos tiempos de incipiente lucha de masas podía producir un impacto mucho más fuerte al de cualquier cantante individual.
( Extracto del Libro "Un canto no truncado" de Joan Turner)
 
Publicado en facebook el 15.6.26 por:  

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