Una investigadora explica por qué señalar el sexismo o el racismo puede convertirte en la “aguafiestas” del grupo

Una investigadora explica por qué señalar el sexismo o el racismo puede convertirte en la “aguafiestas” del grupo

 

Por Redacción Nota Antropológica 
 
Seguramente te ha llegado a pasar que estás en una reunión familiar o con amistades y alguien suelta un comentario sexista o un chiste de mal gusto en contra de las mujeres. El resto rie o mira hacia otro lado, pero tú respiras hondo y solo dices. “Eso no es muy gracioso que digamos”, agregas. “Eso es ser sexista”.
De repente, el ambiente es otro, ya no se habla del comentario fuera de lugar que se hizo, pero ahora todas las miradas se dirigen hacia ti. “Siempre tienes que arruinar el momento”, dice alguien. “Es que eres muy sensible”, agrega otra persona. Sin darte cuenta, pasaste de ser alguien que señaló un problema para convertirte en el problema mismo.
 
Aunque parece un accidente se repiten diferentes contextos y es más común de lo que crees, y no, no es un simple malentendido.
 
La investigadora británico-australiana Sara Ahmed lleva años estudiando este fenómeno. En su libro La promesa de la felicidad, ella analiza cómo la sociedad construye ciertas ideas de felicidad ligadas a normas muy específicas. La mujer feliz es la que se casa y tiene hijos. El migrante feliz es el que se integra sin quejarse. La persona feliz es la que celebra a la familia sin señalar sus inconvenientes.
 
Ahmed les llama “aguafiestas” a quienes se niegan a seguir este guion emocional. Las feministas, las personas racializadas, las disidencias sexo-genéricas. Todas ellas comparten una misma experiencia. Cuando señalan una injusticia, el sistema las acusa de estar enojadas, de ser infelices, amargadas o de no saber disfrutar la vida.
 
Pero esa infelicidad que contienen no nace espontáneamente de su interior. Nace del mundo que las rodea. Por ejemplo, una mujer racializada puede asistir a una reunión de activistas feministas. En teoría, todas comparten la misma lucha. Pero si ella llegara a mencionar el racismo dentro del propio movimiento feminista, el ambiente se posiblemente cambie. Las mujeres blancas se incomodarían y conversación ya no sería tan fluida. Y, como explica Ahmed, esa incomodidad se atribuye al cuerpo de la mujer racializada. Su sola presencia, su palabra, su crítica, se convierten en la causa del malestar.
 
La violencia estructural no grita. No llega con un letrero. Se cuela en los sueldos más bajos para las mujeres. Se esconde en los comentarios racistas o sexistas que nadie parece escuchar en la escuela y el trabajo. Todo el mundo los oye, pero nadie los nombra.
 
Hasta que alguien sí los nombra. En ese instante, el ambiente cambia. La persona que señaló el problema se convierte en el problema. Sus palabras ya no importan, lo que importa es su tono, sus gestos, su emoción. La interpretación de su cuerpo reemplaza el análisis de su denuncia y su enojo, que tiene una razón política muy real, es vaciado de todo contenido. Se vuelve solo enojo. Una mancha emocional que justifica no escucharla. ¿Te ha pasado?
 
“Estás enojada, entonces no estás siendo objetiva”. ¿Te suena?
 
Ahmed muestra también que esta dinámica no ocurre solo en grupos activistas. Sucede en las cenas de la familia, en las juntas laborales, en los grupos de amigas. Cada vez que una persona señala una injusticia, el sistema emocional dominante se activa para silenciarla. La promesa de felicidad colectiva depende de que nadie rompa la fantasía de armonía.
 
Ahmed no dice que las aguafiestas aprendan a sonreír más, tampoco que la tristeza sea un ideal. Lo que propone es algo más radical. Ella invita a construir “archivos de infelicidad”. Es decir, a colectivizar esas experiencias de malestar. A reconocer que la incomodidad que sentimos al señalar una injusticia no es un fracaso personal. Es una reacción lógica ante un mundo que nos promete felicidad a cambio de nuestra obediencia.
 
Las feministas, las personas racializadas, las disidencias. No están tristes porque no pueden alcanzar la felicidad prometida. Están alertas porque saben que esa felicidad se construye sobre las exclusiones.
Y ojo porque esa alerta no es una enfermedad emocional, es una forma de conciencia política.
¿Alguna vez te han dicho que eres “demasiado sensible” o que “no aguantas nada” solo por señalar algo que estaba mal?
 
Si llegaste hasta el final de esta nota, cuéntame en los comentarios ¿Qué frases has escuchado cuando haces ver que un comentario es sexista o racista? Quizás te dijeron “no seas tan sensible”. O “siempre exageras”. O “eso no fue para tanto”. O esa clásica que dice “ya llegó la ofendida”. Deja una reacción para saber que estuviste aquí y sigue la página para que esta comunidad siga creciendo. 
 
Fuente
Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría. Buenos Aires: Caja Negra.
 
Publicado en el face el 14.5.26 por: 

Nota Antropológica

 

 
 

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