Recordando a Humberto Maturana, y su biología que dejó sin trabajo a los dioses
Este
6 de mayo de 2026, se cumplen cinco años del fallecimiento del biólogo
chileno Humberto Maturana, uno de los autores de la teoría de la
autopoiesis (o autocreación), y vale la pena recordarlo, no con
solemnidad vacía, sino con la claridad que caracterizó su pensamiento.
Porque si algo hizo Maturana —sin necesidad de proclamas militantes— fue
vaciar de contenido explicativo a lo sobrenatural, en uno de los
terrenos favoritos de la religión: el origen y la naturaleza de la vida.
Humberto
Maturana nació en la ciudad de Santiago en 1928, y falleció en 2021, a
los 92 años. Fue médico de formación en la Universidad de Chile, doctor
en biología por Harvard, y realizó estudios postdoctorales en el
Massachusetts Institute of Technology, MIT. También fue Profesor de la
Universidad de Chile, y Premio Nacional de Ciencias en 1994. Pero su
prestigio internacional no provino de frases bonitas, sino de una idea
radicalmente simple y profundamente perturbadora para las creencias
tradicionales.
En
la década de 1970, Maturana creó y desarrolló, “junto al también
destacado biólogo chileno Francisco Varela, el concepto de autopoiesis,
el cual plantea que, a diferencia de las máquinas, los organismos se
gobiernan a sí mismos.” [1] Del griego “auto” (a sí mismo) y “poiesis”
(creación)— la autopoiesis expone algo que debería ser obvio, pero que
históricamente no lo ha sido: los seres vivos se producen a sí mismos. Y
no como metáfora, sino como descripción literal de su organización. En
palabras del propio Maturana: “Los seres vivos somos sistemas
autopoiéticos moleculares… que nos producimos a nosotros mismos.”
Y
es aquí donde la ciencia, cuando se toma en serio, empieza a resultar
incómoda (o quizás hasta una herejía elegante), porque si un organismo
se mantiene, se organiza y se produce desde su propia dinámica interna,
entonces la pregunta clásica de, “¿Quién lo diseñó?”, pasa a ser
completamente irrelevante.
Maturana
no necesitó escribir panfletos contra la religión. Su trabajo hizo algo
más efectivo: la volvió innecesaria como explicación. Le dio un golpe
silencioso al pensamiento religioso. Durante siglos, las religiones han
sostenido que la vida requiere un creador, que el orden implica diseño y
que la complejidad exige una inteligencia previa. Y la autopoiesis
responde sin dramatismo, que la vida es una organización molecular
cerrada, que el orden emerge de la dinámica del sistema, y que la
complejidad es producto de procesos naturales acoplados. No hay
intención, no hay propósito cósmico, ni hay mente externa diseñando.
Sólo hay biología funcionando.
Rara
vez Maturana se etiquetó como ateo o agnóstico en términos públicos,
pero su postura encarna lo que en ciencia se denomina “ateísmo
metodológico”. Es decir, no se niega a “Dios” como un acto ideológico,
simplemente no se lo necesita en ninguna explicación. Y al final esto es
más devastador que el ateísmo militante, porque no discute con la
religión, la deja sin función.
Bajo
la concepción de Maturana, el conocimiento no es revelado, es
construido biológicamente; la realidad no es absoluta, es configurada
por el sistema nervioso, porque la percepción no es una ventana, es una
operación interna. ¿Dónde queda entonces la “verdad divina”? —en el
mismo lugar donde quedaron los dioses que explicaban los rayos o las
enfermedades, en el museo de las ideas superadas.
Pero
otro golpe elegante al pensamiento religioso vino de su teoría del
conocimiento. Para Maturana nosotros no accedemos a una realidad
objetiva independiente, operamos dentro de un determinismo estructural,
porque lo que llamamos “realidad”, es resultado de nuestra biología. Y
esto desmonta una de las bases psicológicas de la religión: la creencia
de que el ser humano puede “captar” verdades absolutas reveladas. No. Lo
que hacemos es generar coherencias internas que nos permiten vivir. Las
religiones, en este sentido, no son verdades trascendentes, son
configuraciones culturales de la experiencia humana.
Y
a la vez, el ser humano deja de ser el centro cósmico. Porque la obra
de Maturana destruye también, con calma quirúrgica, el antropocentrismo:
no somos el fin último de ninguna creación, ni estamos hechos a imagen y
semejanza de ninguna divinidad; somos sistemas biológicos que
emergemos, nos mantenemos y desaparecemos. Y aun así —o precisamente por
eso—, podemos hablar de ética, lenguaje y convivencia. Pero no porque
exista un mandato divino, sino porque somos organismos que vivimos en
redes de relaciones.
En
consecuencia, podemos decir que Maturana fue un pensador incómodo.
Entre sus obras destacan: “El árbol del conocimiento”, “De máquinas y
seres vivos”, “La realidad: ¿objetiva o construida?” y “Emociones y
lenguaje en educación y política”. No son libros fáciles, y eso es parte
del problema: las ideas que realmente cambian nuestra visión del mundo,
rara vez vienen en formato de consigna.
A
cinco años de su muerte, lo más relevante de Maturana no es sólo su
biología, sino su consecuencia intelectual: demostró que se puede
explicar la vida, el conocimiento y lo humano, sin recurrir a lo
sobrenatural. Y eso, en un mundo donde aún se enseñan mitos como si
fueran respuestas, es profundamente subversivo. No porque ataque la
religión directamente, sino porque demuestra algo mucho más embarazoso:
que nunca fue necesaria.
Humberto
Maturana no fue un predicador del ateísmo, fue algo más peligroso para
las certezas religiosas: un científico que no necesitó a ningún “Dios”
para explicar nada importante. Y cuando una idea deja de ser necesaria,
su destino no es ser refutada, sino ser olvidada, echarla al cesto de
las creencias superadas.
[Godless Freeman]
Publicado en facebook el 6.5.26 por

Comentarios
Publicar un comentario