Noticias de Españolandia

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Lamento fastidiarles la tarde, pero para una vez que a esta redacción unipersonal llegan noticias de alcance, no tengo más remedio que hacerlo. Fuentes de toda solvencia apuntan que miembros de la Organización Mundial de la Salud, en el marco de la operación de contención del ANDV (Hantavirus de los Andes), pueden haber descubierto por azar algo terrible. Una serendipia chunga que, según los mismos informantes, supondría una catástrofe sanitaria de proporciones irreversibles. Para ello, tengo que ponerles en antecedentes con ciertos tintes cinematográficos.

Como saben, cada vez más personas en España tienen la certeza de estar viviendo una invasión extraterrestre. Los alienígenas, provenientes de planetas como Colombia, Venezuela o Ecuador, llegarían en forma de esporas, adheridas a las maletas de turistas decentes que llegan a Barajas o al Prat con honestas intenciones y una cita con Engel & Völkers. Estos ilustres visitantes, que solo quieren comprarse dos o tres pisos en el barrio de Salamanca de Madrid o en el de Pedralbes en Barcelona, matricular a sus hijos en algún máster internacional e, incluso, cursar visita a Medellín y a Trujillo para agradecer a Hernán Cortes y a Pizarro los servicios prestados, no tienen culpa de nada. Es más, deberíamos estarles agradecidos porque son nuestros heraldos de la Hispanidad en aquellas lejanas galaxias.

Una consecuencia del ajetreo de sus equipajes por las grandes ciudades españolas produciría, inevitablemente, una dispersión de las esporas por la ciudad. Por razones misteriosas, acaban en barrios como Carabanchel, Tetúan, Latina, Villaverde, Nou Barris, Poble Sec, así como en las localidades del extrarradio. Es allí donde, por las noches, y al hacer contacto con la vegetación local que crece en aceras y bordillos, estas esporas se fusionan con las plantas, dando origen a unas pequeñas y exóticas flores rosadas. Los honestos ciudadanos españoles encuentran estas florecicas hermosas y raras, así que las recogen y las llevan a sus casas como decoración.

Siempre según esta teoría, esa misma noche, aprovechando el sueño de sus víctimas, la flor comenzaría a desarrollarse a gran velocidad hasta convertirse en una gran vaina fibrosa y alargada, de la que acaba por surgir una masa biológica gelatinosa y blanquecina. El resto ya lo conocen: estas masas empiezan a moldearse lentamente hasta que consiguen imitar de forma idéntica la estructura física y genética de un ser humano, reemplazando a sus huéspedes en todos los oficios imaginables: camareros, teleoperadores, cuidadores de ancianos y niños, limpiadores, jardineros, repartidores de comida o de Amazon, albañiles, pintores, operarios de todo tipo y un largo etcétcera.

Afortunadamente, el proceso no es perfecto y muchos de estos sucedáneos de humanos son fácilmente identificables porque hablan un poco raro, son en general más bajitos, tienen la piel morena y padecen de una insufrible afición al reguetón. Además son obedientes y aceptan trabajar en peores condiciones que nosotros, de manera que, a pesar de la creciente amenaza, podemos controlar los efectos negativos de su expansión durante al menos dos generaciones.

Las esporas, además, no solo estarían llegando por el aire, sino también por el mar, desde los cúmulos estelares de Marruecos y el África Subsahariana, a pocos años luz de España. Por lo que sea, el viaje acuático les sienta peor y acaban produciendo especímenes que, a pesar de estar físicamente muy bien dotados, no dominan el idioma, presentan una baja cualificación laboral y se empeñan en vestir a sus hembras con pañuelos en la cabeza. No es raro, por lo tanto, verlos haciendo crecer sus vainas en los campos de Andalucía, Murcia, Castilla o Lérida, donde han sustituido a los españoles de bien en la recolección de frutas, aceitunas y fresas. Los más afortunados llegan incluso a hacerse albañiles, mientras que unos pocos desgraciados ven frustrado su proyecto de invasión dedicándose al top manta.

Ya son más de diez millones de seres los que de esta forma se han sumado ladinamente a la población del país; casi la tercera parte tiene la nacionalidad española, pues algunos de ellos han hecho valer el remotísimo origen ibérico de sus esporas. Muchos compatriotas viven esta situación con horror, pues extrañan, con razón, a aquellos camareros que sabían memorizar nueve tipos de café y cinco variedades de tostada sin tomar nota, y a aquellas chicas de pueblo que venían a servir con el pelo de la dehesa pero sin acento extraño; a aquellos albañiles que con el pitillo en la comisura de la boca te levantaban un muro a mano con la sola ayuda de una plomada y sus manos encallecidas; y a aquellos jornaleros que combinaban las peonadas con el PER sin rechistar. Todos esos españoles, engullidos por las vainas criminales, han desaparecido como consecuencia de este complot. El propio presidente del Gobierno es seguramente una réplica alienígena, en esta ocasión muy bien trabajada, todo hay que decirlo: mide más de un metro noventa, habla idiomas y es listo como el hambre. Pero la prueba de que es partícipe del mismo plan maligno serían su mirada torva y la delgadez extrema, sin lugar a dudas síntomas de un desajuste biológico producido por su ansia irrefrenable de transformarse en un dictador bolivariano coaligado con catalanes rojos y terroristas cuyas esporas no son cien por cien españolas.

Es más: en los últimos días (y es aquí donde debemos encuadrar el terrible descubrimiento de la OMS), ha circulado la teoría de que los invasores podrían pertenecer también a la categoría de turista adinerado, pero de una subespecie muchísimo más tonta, que prefiere los helados destinos patagónicos a las cálidas playas españolas. Armados con ratas nadadoras, esta nueva variante de especie alienígena habría decidido acabar con los habitantes de las Canarias arrojando a los roedores por la borda de su barco. Las alarmas, lógicamente, han saltado en todos los hogares españoles de bien. No estamos a salvo ni de los que están dispuestos a pagar veinticinco mil euros por ver pingüinos.

Y sin embargo, un movimiento ocular, o mejor dicho su ausencia, puede haber cambiado esta perspectiva siniestra. Un investigador del departamento del Health Emergency Intelligence and Surveillance de la Organización Mundial de la Salud tomaba café en un bar de Santa Cruz de Tenerife, antes de desplazarse hacia el puerto de Granadilla para esperar la llegada del barco MV Hondius. En la televisión, el presidente de Canarias daba una rueda de prensa diciendo sus cosas de presidente, que eran muy raras pero como es el presidente pues se le tomaba en serio. Y entonces, R.T. (que ha querido mantener el anonimato pero ya les digo yo que se llama Rasmus Tamm y es letón) se fijó en un pequeño detalle: una mosca se paseó cerca de la cara de Clavijo, hasta posarse en su párpado superior derecho. Clavijo ni se inmutó.

Reflejo corneal abolido. R.T. (quien, insisto, deseaba permanecer en el anonimato; ya es tarde, amigo) había estudiado ese síntoma en sus tiempos de estudiante de medicina en Tartu, les he dicho que es letón. Dura tan solo unos minutos: justamente lo que tarda en tomar control del encéfalo un virus agresivo, como el de la rabia, el herpes o el temible virus JC (Leucoencefalopatía Multifocal Progresiva). Sin embargo, el presidente canario continuó con su conferencia de prensa como si tal cosa. Aquello era otra cosa: había sido poseído. Rasmus derramó su taza, porque sabe que así se hace en las películas cuando descubres algo que puede cambiar la historia de la humanidad. Y se fue corriendo sin pagar, lo que al dueño del bar no le hizo mucha gracia: se puede cambiar la historia de la humanidad sin dejar de ser una persona con modales.

Les ahorraré los entresijos de la investigación, primero porque esto se está haciendo largo y segundo porque como todo esto es inventado (en efecto: Rasmus no es letón) no sabría muy bien cómo hacerlo. Pero ello no reduce el dramatismo de la situación: la teoría de Tamm es que la especie humana, en concreto la parte que cae en Occidente, está siendo colonizada por una forma de vida alienígena. Que no recurre a esporas ni vainas (y nunca mejor dicho), sino a algo mucho más sofisticado. Aún no tiene la certeza absoluta, pero sospecha que el invasor es en realidad una mutación, seguramente de origen vírico, que lleva insertada siglos en nuestro ADN y se ha activado en estos últimos años mediante radiaciones electromagnéticas cercanas. Probablemente producidas por algo tan inocuo como las largas horas que pasamos frente a nuestros teléfonos móviles viendo sandeces.

No hay un catálogo uniforme de síntomas, puesto que, afirma mi amigo (al que le debo un café) dependen de la posición en la escala social del infectado. En España, por ejemplo, los políticos padecen de inhumanidad súbita y cálculos electorales apresurados, que les hacen olvidar cualquier regla elemental de compasión hacia sus congéneres más necesitados. La gente más normal, como usted y como yo, presenta cuadros más severos: a) sufre una progresiva pérdida de empatía y desaparición de la solidaridad con otros seres humanos, sin que se le mueva una pestaña en misa; b) concibe un odio irracional a la selección española porque en ella juegan moros y no han convocado a Carvajal; c) se convence de que en nombre del “sentido común” se pueden decir todo tipo de sinsentidos; d) acepta que nuestra sociedad es un juego de suma cero en donde, para que ellos se queden como están, otros tienen que perder; y d) en una curiosa inversión de los términos, tiende a echarle la culpa al pringado que está a su lado solo porque tiene otro color o porque llegó ayer, en vez de preguntarse por qué los tiempos de espera de la sanidad se le hacen más largos que la liga al Real Madrid.

Por muy plausible que pueda ser su teoría, he tenido que llamar a Rasmus por videoconferencia, para tranquilizarlo. No existe tal invasión, le he dicho. Ningún extraterrestre en su sano juicio se reencarnaría en Santiago Abascal, estando Ryan Gosling a mano. Ante su empecinamiento, le he reconocido la existencia del virus. En efecto, forma parte de nuestra genética desde hace muchos milenios, y no siempre ha necesitado activarse con pulsos electromagnéticos. Antes lo hizo con la radio, los sermones desde los púlpitos o las arengas desde los estrados.

Se llama miedo. Y hay unos cuantos listos por ahí que han decidido liberarlo del laboratorio donde lo teníamos encerrado. Que se llamaba democracia.

Tengo virus, desde luego: no soy subjetivo. Pero por lo menos intento levantar una sonrisa.


 
Publicado en el face el 15.5.26 por: 

NdR: el titular lo he puesto yo

 

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