FÁBRICA DE TONTOS
FÁBRICA DE TONTOS
Cuando uno estudia Psicopedagogía, empieza a ver cosas que antes pasaba por alto. Cosas que están frente a todos pero que casi nadie nombra. Una de ellas es brutal y simple, la inteligencia humana se está degradando, y lo está haciendo a una velocidad que ninguna generación anterior experimentó jamás.
Hay una imagen que lo dice todo sin necesidad de palabras, una fábrica subterránea donde filas de personas avanzan con cables saliendo de sus cabezas, sosteniendo pantallas que los iluminan con esa luz fría y azulada que ya todos conocemos, mientras un burro mecánico preside la escena rodeado de monitores hipnóticos. Esta imagen que hice no es arte abstracto, es una realidad de nuestro tiempo.
A este respecto el neurocientífico francés Michel Desmurget, director de investigación en el Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica de Francia, publicó en 2019 un trabajo que sacudió el mundo académico con un título que no deja margen a la interpretación: LA FÁBRICA DE CRETINOS DIGITALES. La tesis es verificable y concreta. El uso masivo y temprano de pantallas no está produciendo una generación más informada ni más capaz. Está produciendo cerebros con menor concentración, memoria debilitada, vocabulario pobre y dificultades crecientes para el razonamiento abstracto. Y no lo dice un predicador. Lo dice un científico con décadas de investigación encima. Y los datos que presenta Desmurget son duros. Los chicos que pasan más horas frente a pantallas recreativas tienen peores resultados académicos, menor capacidad empática, más trastornos del sueño y una dificultad real para sostener la atención en cualquier tarea que requiera esfuerzo.
El cerebro, que es plástico y se moldea con aquello que hace
repetidamente, se está moldeando para el estímulo breve, el
desplazamiento veloz del pulgar, la recompensa instantánea. Todo lo
contrario de lo que necesita el pensamiento profundo para desarrollarse.
Y esto no pasa por casualidad. Desde la Psicopedagogía, uno aprende
que el aprendizaje genuino requiere algo que las pantallas están
destruyendo sistemáticamente, la tolerancia a la frustración.
Piaget ya lo decía, el conocimiento se construye a través del
conflicto cognitivo, de ese momento en que algo no encaja y el sujeto
tiene que reorganizar sus esquemas para resolverlo. Ese proceso necesita
tiempo, silencio y esfuerzo sostenido.
Las plataformas digitales hacen exactamente lo contrario, eliminan
la espera, suprimen el esfuerzo y reemplazan la construcción de sentido
por el consumo pasivo de contenido.
Las plataformas digitales no son neutrales. Están diseñadas por ingenieros que estudian psicología del comportamiento, que conocen de memoria los circuitos de recompensa del cerebro humano, que optimizan sus algoritmos con un único objetivo, que el usuario no se vaya. No buscan formar personas. Las retienen.
El burro que aparece en la ilustración no es casual, porque en el relato de Pinocho la Isla de los Juegos era exactamente el lugar donde los niños que buscaban placer sin esfuerzo terminaban convirtiéndose en asnos. La alegoría sigue siendo válida hoy.
Desde
la psicopedagogía clínica, esto se traduce en algo muy concreto. Cada
vez hay más chicos que llegan a consulta no porque tengan un trastorno
del aprendizaje en el sentido clásico, sino porque sus procesos
atencionales fueron moldeados por un entorno que nunca les exigió
esperar ni profundizar. No tienen dislexia ni TDAH. Tienen un sistema
cognitivo formateado para la superficialidad. Y eso es mucho más difícil
de trabajar, porque no se trata de una dificultad específica sino de un
modo de procesar el mundo.
En las aulas se ve clarísimo. Los docentes de todo el mundo reportan lo
mismo, estudiantes que no pueden releer un párrafo, que se frustran ante
cualquier tarea que exija esfuerzo sostenido, que buscan la respuesta
rápida y se irritan si no aparece enseguida. No es flojera. Es un
sistema nervioso entrenado para la velocidad y el placer inmediato,
incapaz de tolerar la lentitud que todo aprendizaje real necesita.
Lo veo en mi propia formación. Lo veo en los casos. Lo veo en los consultorios. No es teoría. Es lo que pasa.
La pregunta entonces no es si la tecnología es mala en sí misma. No
lo es. La pregunta es quién la controla y con qué fin, porque una
pantalla puede ser una herramienta de aprendizaje o una cadena digital, y
la diferencia entre esas dos situaciones es, precisamente, la
diferencia entre un sujeto que piensa y un sujeto que consume.
La fábrica de tontos no está en ningún lugar lejano ni en ningún
futuro distópico. Está funcionando ahora mismo, en silencio, en cada
hogar, en cada aula, en cada bolsillo. Y para cerrarla no hace falta
tecnología nueva. Hace falta lucidez. Criterio. Y la valentía de decirle
que no a lo que nos achica.
Julio César Cháves
Publicado en facebook el 29.5.26 por:

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