Entrevista con Elías Jaua: Venezuela necesita una nueva «lucha de liberación»
Entrevista con Elías Jaua: Venezuela necesita una nueva «lucha de liberación»
Entrevista realizada por Federico Fuentes para JacobinLat
https://jacobinlat.com/2026/05/venezuela-necesita-una-nueva-lucha-de-liberacion/
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a indicar esta
semana que estaba «considerando seriamente la posibilidad de convertir a
Venezuela en el estado número 51». La declaración se produce apenas
unos meses después del ataque militar estadounidense contra el país
sudamericano y del secuestro de su presidente, Nicolás Maduro. La
presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, respondió afirmando
que su país «no es una colonia» y que el presidente Trump «sabe que
hemos estado trabajando en una agenda diplomática de cooperación».
Pero para Elías Jaua, ex vicepresidente de Hugo Chávez, Venezuela hoy
es un país que se encuentra «ocupado militarmente», además de «sometido a
un tutelaje bajo coacción» y a una «administración neocolonial» por
parte de los EE.UU. En esta entrevista, originalmente publicada en
inglés en LINKS International Journal of Socialist Renewal, afirmó que el Estado venezolano debería estar denunciando este «grave acto de agresión».
Hablando con Federico Fuentes, Jaua analizó el plan de Trump para
Venezuela, los factores políticos internos que facilitaron el asalto del
3 de enero, por qué los EE.UU. dejó al gobierno en el poder y cómo han
respondido las fuerzas políticas rivales y la población.
Chavista, socialista, revolucionario y director del Centro de Estudios
sobre la Democracia Socialista (CEDES), Jaua también expuso sus
opiniones sobre el gobierno de Maduro y el Partido Socialista Unido de
Venezuela (PSUV), el nivel de participación popular hoy en el país, y la
solidaridad que Venezuela necesita.
FF: Tras el ataque imperialista del 3 de enero, te has referido a la
situación en Venezuela como una «ocupación militar». ¿Podrías explicar
por qué?
EJ: La afirmación la hago en función de lo que han declarado
oficialmente tanto el gobierno en Venezuela, así como Donald Trump y
Marco Rubio. El gobierno de los Estados Unidos dijo que, bajo la amenaza
de una destrucción masiva de infraestructura y del liderazgo en
Venezuela, se había aceptado el esquema que Trump había planteado.
Entonces, sin duda alguna, hay una amenaza pública de un ataque militar
de mayor escala y esto implica una coacción militar. Esto también
explica lo que ha venido ocurriendo posteriormente.
FF: ¿Cuál es el esquema de Trump para Venezuela?
EJ: Lo más visible, declarado por Trump y sus funcionarios, es que la
comercialización de la producción petrolera venezolana está en manos de
ellos y que los ingresos provenientes de la venta de ese producto van a
un fondo administrado por el Departamento del Tesoro, liberando algunos
recursos para el funcionamiento del Estado venezolano.
Esto no amerita mayor explicación para comprender la gravedad que
implica una situación en donde un país, una nación, un Estado, tiene que
aceptar que su principal recurso de generación de ingresos sea
administrado por otro país. Esto no tiene otro nombre que un tutelaje
bajo coacción y una administración neocolonial de un gobierno por otro,
que es el esquema que se ha implantado en Venezuela.
Luego, sus intenciones han escalado hacia el tema del oro y otros
minerales estratégicos. Y se ha condicionado la política exterior de
Venezuela, en temas como la solidaridad con Cuba, Irán y Palestina. Lo
que el gobierno de los EE.UU. está haciendo con Venezuela es una
agresión muy grave y está al margen de cualquier marco del derecho
internacional. Debería generar una seria preocupación en la comunidad
internacional que un país sea sometido a las condiciones a las que está
siendo sometida Venezuela.
FF: Escribiste recientemente que la «incapacidad o falta de voluntad
para gestionar de manera nacional y democrática el conflicto político»
abrió las puertas a esta intromisión extranjera. ¿Qué factores internos
ayudan a explicar el 3 de enero?
EJ: Bueno, es larga la trayectoria para llegar al 3 de enero de 2026,
pero lo podemos resumir de la siguiente manera. Desde el inicio de la
Revolución Bolivariana, un sector de la oposición optó por apelar a la
injerencia extranjera para intentar frenar el proceso democrático
revolucionario que se había iniciado en 1998 con la victoria electoral
del Comandante Hugo Chávez. A partir del 2001-2002 [cuando la oposición
lanzó un intento de golpe de estado en abril 2002 y luego organizó un
paro patronal petrolero en diciembre 2002 y enero 2003] se introdujo la
presencia de un agente externo en el conflicto político nacional, lo que
ha marcado la historia por más de 20 años. Y el conflicto se agravó con
la muerte del Comandante Chávez, dada la falsa creencia, en ese
momento, de que su muerte había debilitado las bases de la Revolución
Bolivariana y que ellos podían rápidamente resolver el asunto derrocando
al presidente Nicolás Maduro, electo en el año 2013.
Por eso, en el 2014, vimos la llamada «Salida» [una oleada de protestas
violentas entre enero y febrero de ese año], que fue una estrategia
insurreccional para derrocar al gobierno. Luego, ante el fracaso de esta
estrategia, pasamos a la participación abierta del gobierno de los
EE.UU. como un actor en la política interna. Esto ocurre cuando el
gobierno del Presidente Barack Obama declara a Venezuela como una
amenaza «inusual y extraordinaria».
FF: ¿Qué cambia específicamente?
EJ: Aquí creo que es donde se pierde el control de lo que yo llamo la
gestión nacional del conflicto porque, con toda la injerencia extranjera
que desde 2002 se había ejecutado, por lo menos hasta el 2013, el
conflicto pudo ser gestionado democráticamente y entre actores
domésticos. En 2004 se resolvió mediante un acuerdo político entre el
chavismo y todos los sectores de la oposición. Esto permitió un largo
periodo de estabilidad política y, por supuesto, de crecimiento
económico, de superación de la pobreza, de reducción de la brecha de
desigualdad. Todo esto ocurre después del año 2004, después del
referéndum revocatorio, una salida constitucional venezolana que terminó
reafirmando a Chávez.
Pero a partir de 2014-15, el conflicto se sale de la gestión política
nacional y EE.UU. comienza a participar directamente de los intentos de
resolución política dentro del país, a condicionar esos acuerdos, a
boicotearlos. Fui parte de la mesa de negociación en República
Dominicana, donde estuvimos a punto de firmar un acuerdo con la
oposición para las elecciones del 2018, pero que fue echado para atrás
por instrucciones de los Estados Unidos. Luego vino la administración
Trump y el establecimiento y reconocimientos del gobierno paralelo de
Juan Guaidó.
FF: ¿Cuál fue la respuesta del gobierno de Maduro?
EJ: Es precisamente en este punto que el gobierno nacional intenta
asumir una interlocución directa —que la va construir y lograr— con el
gobierno de los EE.UU. Entonces, la negociación ya deja de ser nacional,
y tanto la oposición (que pidió, estimuló y abrió las puertas para la
intervención extranjera) como el gobierno (que solo quiere reconocer
como interlocutor a los EE.UU.) hacen que se pierda la gestión nacional
del conflicto.
A partir de allí se deriva hacia la situación del 3 de enero, con la
grave consecuencia de haberse producido un ataque militar alevoso y la
posterior ocupación y tutelaje del gobierno de los EE.UU. sobre
Venezuela. Además del tutelaje económico, de la administración ilegal y
arbitraria de nuestros recursos, hoy en día podemos decir que las
decisiones fundamentales sobre el escenario político en Venezuela no se
resuelven o no se dilucidan en Venezuela. Todos los actores políticos, o
por lo menos la mayoría, miran hoy hacia la Casa Blanca a ver qué
deciden, a ver cuándo van a convocar elecciones, a ver a quién le
levantan la mano como candidato.
La responsabilidad principal por la situación política actual fue haber
permitido que la dirección, la regulación, la contención del conflicto
se escapara de las manos de los venezolanos, especialmente en los
últimos 10 años. Esto facilitó la entrada del gobierno de los EE.UU.
para lograr sus objetivos, reservarse para sí los recursos energéticos y
mineros y dar un golpe a la rebeldía de los pueblos, en su afán de
reposicionarse como potencia hegemónica.
FF: ¿Cuál es el estado de ánimo de la población luego del 3 de enero?
EJ: Son varios los sentimientos. Hay sentimientos respecto al tema del
secuestro del presidente Nicolás Maduro: una parte de la población lo
condena y se siente afectado sentimentalmente por lo ocurrido; pero hay
otra parte que la celebra, que se identifica con esos acontecimientos.
Esto es un nivel.
Pero luego viene el nivel sobre la percepción sobre la agresión
militar, del tutelaje que apenas comienza, y que genera angustia, dolor,
un sentir que estamos perdiendo la República. La gente no termina de
comprender cuál es nuestro estatus con los Estados Unidos, pero cada día
la realidad va demostrando que ese estatus no es otro que el de un
Estado tutelado. Esto genera un sentimiento de vergüenza, que cada día
crece más.
Pero también hay otro nivel, un sentimiento de expectativa, de que la
situación económica y social del país va a mejorar. En esos primeros
días, entre la confusión, el dolor, los que celebraban, los que
repudiaban, al fondo era: «Mira, todo va a mejorar». Ya nos imaginábamos
en la prosperidad económica. Fue así porque es un pueblo que ha sido
sometido, especialmente tras la muerte de Chávez, a una agresión
sistemática que vulneró todo el sistema de derechos sociales, de
participación política, de esperanza en la construcción de algo
distinto.
En el fondo de todos los sentimientos que se están expresando de un
lado o de otro respecto al país y al gobierno, todo el mundo quiere que
mejore la situación. Pero la realidad es que no ha habido un cambio
significativo. Ya han pasado cuatro meses y podemos decir que el día a
día económico de la familia venezolana es peor que antes del 3 de enero
de 2026.
FF: A pesar de que se habló mucho de un posible cambio de régimen,
Trump dejó al gobierno en el poder. ¿Por qué cree que fue así?
EJ: Creo que responde, primero, a un asunto de política interna de los
Estados Unidos. Trump juega mucho con vincular la política doméstica a
la política internacional y viceversa, la llamada interméstica. Parte
importante de su programa era que los EE.UU. no debería seguir
promoviendo cambios de regímenes en otros países. Entonces, el lograr lo
que ha logrado con el gobierno en Caracas, le cayó de anillo a su
discurso y a su promesa electoral. Por eso intentó repetir el esquema en
Irán: asesinar al Ayatolá y dejar a la dirigencia iraní, entenderse con
esta y decir que no hubo cambio de régimen. Creo que esa fue la
intención.
Segundo, la necesidad de estabilidad política que requería, y el
reconocimiento que la oposición venezolana no tenía ni el liderazgo, ni
la fuerza, ni la autoridad para garantizar esa estabilidad política en
el corto plazo. Sobre todo, porque el ataque a Venezuela y el secuestro
de Nicolás Maduro y Cilia Flores hay que entenderlo como el paso previo
al ataque a Irán. Trump valoró que, al controlar las reservas petroleras
de Venezuela, podrían aventurarse a entrar en una guerra con Irán sin
que, por lo menos a los EE. UU, les afectará el cierre del Estrecho de
Ormuz, para su seguridad energética.
Sin embargo, dejó de lado en su valoración el daño que habían causado
las sanciones por ellos aplicadas, en la capacidad de producción de la
industria petrolera nacional, cuya recuperación plena llevará al menos
cuatro años, según expertos, si se levantan todas las sanciones y hay
inversiones mil millonarias, que por ahora no aparecen.
Creo que ahí está un poco la explicación de porqué se reconoce la
sucesión constitucional que se produce de manera temporal, como está
prevista en la Constitución, y por qué, bajo la coacción y la amenaza,
se establece una relación de tutelaje con el gobierno actual de
Venezuela.
FF: ¿Cómo quedó parada la oposición tradicional luego del 3 de enero?
EJ: La oposición quedó bastante desconcertada, porque desde el 2002
soñaban con una ocupación militar, incluso de mayores proporciones, una
ocupación con tropas y el aniquilamiento de todas las fuerzas populares.
Que vendrían en un helicóptero del ocupante y serían colocados en la
silla de gobierno en el Palacio de Miraflores. De manera que esto los ha
dejado un poco descolgados. Sin embargo, han activado todos sus
mecanismos de lobby en los EE.UU. para intentar forzar un proceso
electoral en Venezuela, desde su perspectiva creyéndose ganadores de ese
eventual proceso electoral.
FF: Claramente hay opiniones diversas sobre el nuevo gobierno de la
Presidenta Encargada Delcy Rodríguez. En tu opinión, ¿cómo podemos
caracterizar al gobierno actual y sus acciones?
EJ: El gobierno actual hay que caracterizarlo y comprender sus
actuaciones en base al hecho que es un gobierno sometido a una coacción
militar y cuyos recursos nacionales son administrados por un gobierno
extranjero. Esa es la realidad.
Ahora, el conjunto de políticas, sobre todo en materia petrolera y
minera, sin duda alguna significan un retroceso respecto a las
conquistas y los alcances que en materia de soberanía había logrado
Venezuela a lo largo de casi 100 años, y que especialmente se habían
consolidado y ampliado durante el gobierno del Comandante Chávez. La Ley
de Hidrocarburos, por ejemplo, luego de su reforma a pocos días del
ataque militar, es una ley que establece que se puede entregar el
control operacional de todo el proceso de producción petrolera, desde la
extracción hasta la comercialización. Eso es un retroceso que nos
coloca en una situación similar a la que tuvimos en los años 30 del
siglo XX.
Hay hechos muy graves, como el establecimiento de las regalías
petroleras hasta cero; ahora puede haber una concesión petrolera donde
la concesionaria no entregue ni un centavo por regalías al propietario
del recurso, que es la nación venezolana. Estos son uno de los elementos
que implican graves retrocesos en la soberanía petrolera venezolana,
entre otros.
FF: Pero dada la situación, ¿podría el gobierno estar haciendo algo diferente? Y si es así, ¿qué se podría hacer?
EJ: En verdad, yo me cuido mucho de dar consejos al gobierno o
especular qué debería hacer o no. Yo estuve en el gobierno y sé que
cuando uno está en el gobierno tiene información que no es pública,
tiene datos más precisos, que te obligan a tomar tales o cuales
decisiones.
Sólo te puedo decir que la decisión del 3 de enero, de no responder al
ataque militar, me parece una decisión adecuada en ese momento para
evitar la destrucción total de nuestra Fuerza Armada y un daño masivo a
la población civil, como sin duda alguna hubiera ocurrido. Pero cuatro
meses después, el Estado venezolano debería denunciar internacionalmente
la coacción de la cual está siendo objeto.
FF: En tu «Manifiesto por la República Democrática», propones un
«acuerdo nacional» para «manifestar al mundo que la inmensa mayoría de
los venezolanos y venezolanas no aceptamos ser un Estado tutelado, ni
una colonia». ¿Podrías explicar tu propuesta?
EJ: Me preguntaste, ¿qué se podría hacer? Bueno, la respuesta está en ese documento al que te refieres.
La realidad es que el gobierno sólo no puede. Tiene que ser la nación
en su conjunto —todos los factores políticos y sociales, y una amplia
mayoría de la población— que se cohesione en tanto a un reclamo político
y diplomático. Incluso en las instancias internacionales,
independientemente de que sabemos que estas instancias y el derecho
internacional hoy no tiene aplicación, pero sí están vigente. La
República debería crear los precedentes para que en el futuro pueda
hacer las reclamaciones respectivas sobre los graves hechos que se han
cometido contra Venezuela.
Primero: un ataque militar no justificado, no provocado,
desproporcionado, poniendo en riesgo a amplias capas de la población
civil en la ciudad de Caracas y otras poblaciones.
Segundo: la ocupación, absolutamente prohibida por resoluciones de
Naciones Unidas respecto a que ningún país le pueden expoliar sus
recursos. Ningún gobierno se puede atribuir el derecho a administrar los
recursos económicos de otro país. Ningún país puede ser coaccionado a
tomar decisiones políticas, económicas, legislativas, bajo amenaza
militar.
La Nación en su conjunto, todas las fuerzas políticas, deberían
plantear eso de inmediato ante las instancias internacionales y ante los
pueblos libres del mundo. Se debe demandar el retorno del control sobre
el ingreso nacional al Estado venezolano para que el Estado pueda
afrontar los graves problemas que toda esta confrontación política, el
bloqueo, las sanciones, las perturbaciones sociales, la violencia,
etcétera, han producido, generando un daño estructural a la economía. Es
la única manera que pueda atender a los temas más importantes de la
población: el salario, la educación, la salud, los servicios públicos.
No habrá prosperidad sin República.
Ese acuerdo nacional implica una resolución, o al menos una regulación,
del conflicto político en Venezuela y el establecimiento de un camino
democrático, electoral, político, pacífico. Debe ser una decisión de la
nación venezolana de resolver internamente y de manera democrática el
conflicto, y no impuesta por la potencia ocupante.
Lo último que planteo es que Venezuela pueda tener la autonomía de
generar una política exterior independiente, que es un elemento
fundamental para que un Estado sea soberano.
FF: Sin duda el gobierno de Maduro tuvo que lidiar con una situación
extremadamente difícil: sanciones, violencia opositora, una profunda
crisis económica, etcétera. No obstante, ha sido criticado por sectores
de izquierda, quienes acusan al gobierno de buscar gobernar para
sectores capitalistas e implementar medidas anti obreras. ¿Cuál es tu
balance del gobierno de Maduro?
EJ: Desde el 2018, muchos fijamos posición crítica sobre la política
económica, especialmente en cuanto a la política salarial que adoptó el
gobierno desde ese año. También se expresaron diferencias acerca de los
métodos políticos que se estaban empleando, los cuales no contribuyen a
la cohesión nacional necesaria para un conflicto de la magnitud que
venía. Y sobre otros aspectos también, expresados en documentos internos
y también en publicaciones abiertas. Lamentablemente no hubo espacios
para una discusión fraterna sobre estos y otros temas.
FF: ¿Qué papel está desempeñando el PSUV en todo esto? Desde afuera
parece que no hay mucho debate ni discusión y hasta poca vida política
dentro del partido. ¿Es así?
EJ: Hace mucho tiempo que en el partido se perdieron los espacios
auténticos de discusión y debate. Se justificó ese cierre de los
espacios políticos de debate, en el marco de un agravamiento de la
agresión extranjera, que conllevó a una lógica de guerra de enemigos.
Sin embargo, muchos seguimos considerando que en una situación de
agresión es cuanto más se tiene que escuchar a la gente, cuanto más se
tiene que abrir el debate, para escuchar la pluralidad de opiniones de
cómo abordar esa situación.
Luego de esos espacios de deliberación, de pluralismo de las opiniones,
efectivamente se hubiese fortalecido la cohesión: primero del chavismo
como fuerza revolucionaria, y luego del chavismo como motor de la
cohesión social necesaria para afrontar una agresión como la que ha
vivido Venezuela y la que sigue viviendo Venezuela.
FF: Venezuela se ha caracterizado por su alto nivel de politización y
organización popular, en particular en cuanto a las comunas. ¿En qué
estado se encuentra el nivel de politización y organización hoy en día?
EJ: Tanto en las comunas como en el partido, se conserva una importante
estructura organizativa. Es más, el PSUV es la única estructura
organizativa realmente existente hoy en día, porque tiene una presencia
territorial, una presencia sectorial.
Parte de la situación que vive el país es que los partidos de la
oposición no son tal cosa. No son partidos que tengan una presencia en
territorio, en sectores obreros, etcétera. La mayoría de los dirigentes
de la oposición, son simplemente opinadores de las redes sociales con un
alto financiamiento desde el extranjero, de los EE.UU. y de países
europeos. Y, particularmente en los últimos seis años, la principal
acción política de buena parte de la dirigencia opositora en Venezuela
no fue construir partidos, ni movimientos, sino promover la agresión
militar que finalmente lograron que se produjera el pasado 3 de enero.
Sin embargo, el deterioro de las condiciones materiales y sociales ha
disminuido, no los niveles de politización porque la sociedad venezolana
no está despolitizada, sino más bien los niveles de participación
política. Es tanto que el propio nivel de politización que tiene buena
parte de la población, tanto la base opositora como la base chavista, le
permitió comprender que estaba pasado después del año 2018. Que lo que
había sido un conflicto de carácter de lucha social por transformar las
condiciones materiales de existencia de la población, y en donde la las
victorias sucesivas del chavismo se traducían en mejoras y en ampliación
de derechos, se convirtió nuevamente en un clásico conflicto entre
factores de poder, donde la inmensa mayoría no ganaba nada, sino por el
contrario, cada día perdía más.
Eso disminuyó la participación política. A partir de allí, una
democracia que había logrado niveles de participación electoral de más
del 80%, la movilización permanente masiva de sectores de la población a
favor de una propuesta o de la otra, el entusiasmo por participar en lo
territorial, en lo sectorial, etcétera, empezó a retroceder.
Este retroceso se ha expresado en los altos niveles de abstención en
todos los procesos electorales que ocurrieron posteriormente al 2015.
También se ha expresado en la disminución del activismo político,
social, territorial. Entre otras cosas, porque la gente ha estado muy
ocupada en la sobrevivencia: «tengo que tener tres o cuatro trabajos, ya
no me da tiempo de ir a una asamblea, de ir a una marcha, de participar
en el autogobierno». La situación económica también ha tenido una
consecuencia política en la participación.
Por eso, sin duda alguna, el ataque militar del 3 de enero se produce
contra una sociedad agotada por el conflicto, de lado y lado. Porque
independientemente de lo que los EE.UU. se había planteado, sí aquí la
oposición hubiese tenido la fuerza política organizada que decían tener,
ese día era el día preciso para tomar el poder por la vía
insurreccional, y no pasó. Pero también hay que reconocer que hubo una
suerte de inhibición de los sectores que históricamente habían
acompañado el proceso revolucionario aquel aciago día.
FF: La cuestión de la solidaridad con Venezuela ha sido un punto de
debate entre la izquierda internacional. ¿Qué tipo de solidaridad
necesita el pueblo venezolano hoy en día?
EJ: En este momento, solidaridad con Venezuela, con el país, con un
pueblo agredido y expoliado. Fundamentalmente, la izquierda
internacional debe comprender que —más allá del gobierno y la lectura
que se tenga sobre el gobierno— Venezuela es hoy un país que fue
invadido militarmente, que fue ocupado militarmente, que está siendo
sometido a una política de tutelaje bajo coacción, y que, por lo tanto,
el deber de la izquierda internacional es denunciar esto, cualquiera sea
el gobierno.
Siempre recuerdo que nosotros éramos jóvenes militantes de izquierda
cuando la invasión a Panamá y no había nada más lejos de nuestra
simpatía que Manuel Noriega. Pero no era Noriega, era un pueblo hermano
al que estaban invadiendo, masacrando, y nosotros, la juventud
latinoamericana de izquierda, nos levantamos durante meses, marchando,
protestando, etcétera, contra esa intervención militar. Entonces, la
izquierda internacional no debe descartar de su agenda la lucha por la
liberación de Venezuela. Porque al pueblo de Venezuela le va a tocar
librar una lucha de liberación nacional en los próximos meses, en los
próximos años. Y esa lucha por la liberación nacional de nuestro país,
de la tutela del gobierno de los EE.UU., debe contar con la solidaridad
de toda la izquierda internacional, y mucho más allá de la izquierda, de
los sectores que consideran que el mundo no puede ser el mundo de
Trump.
Es hoy el momento de enarbolar, con mucha más fuerza que nunca, las
banderas antiimperialistas y denunciar que están aplastando al derecho
internacional, que están aplastando a los estados nacionales, que están
cometiendo crímenes de lesa humanidad, genocidios, como los que vimos en
Gaza y que sigue ocurriendo ante los ojos del mundo, o como vemos con
el ataque contra Irán. Independientemente de lo que uno pueda pensar del
régimen que gobierna Irán, es inaceptable lo que está pasando. Esto
obliga a la izquierda internacional a elevar la capacidad de
organización, comunicación y movilización, porque la lucha contra el
imperialismo y la agresión militar de los imperios contra los pueblos,
ha sido bandera histórica de la izquierda. Hoy la causa humana nos
demanda luchar.
Extractado de: https://www.aporrea.org/actualidad/n419246.html

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