El viejo computador. Notas sobre la izquierda, las redes sociales y la derrota de la fraternidad

El viejo computador. Notas sobre la izquierda, las redes sociales y la derrota de la fraternidad



Hace algunos días abrí un viejo computador. Uno de esos que sobreviven arrumbados en algún rincón de la casa, llenos de documentos olvidados, fotografías borrosas y textos que uno creyó perdidos para siempre. Entre carpetas amarillentas por el tiempo digital apareció un escrito fechado aproximadamente en el año 2010.

Lo abrí con la curiosidad con que se observa una fotografía antigua. Pensé encontrar exageraciones, ingenuidad política o simplemente el tono de otra época. Pero ocurrió algo más inquietante: el texto parecía escrito esta mañana.

En aquellas líneas hablaba de los primeros núcleos herméticos que comenzaban a crecer en Internet. Pequeños grupos que, refugiados tras un teclado, construían identidades revolucionarias mientras acumulaban rabia, citas, panfletos y consignas arrancadas de aquí y de allá. Personajes digitales que aprendían rápidamente a denunciar, expulsar y condenar, pero rara vez a construir algo junto a otros seres humanos reales.

En ese tiempo las redes sociales todavía parecían una herramienta liberadora. Muchos creíamos que podían transformarse en un espacio democrático para discutir ideas, compartir información y ampliar la conciencia política. Y en parte lo fueron. Sería absurdo negarlo. Internet rompió cercos comunicacionales históricos y permitió que miles de personas encontraran una voz.

Pero junto a esa democratización apareció otra criatura. Una más oscura. Más narcisista. Más peligrosa.
La política comenzó lentamente a transformarse en espectáculo emocional. La militancia en identidad. Y la identidad en mercancía moral.

Ya no bastaba con luchar contra un sistema injusto. Ahora también era necesario exhibir permanentemente superioridad ideológica frente al compañero más cercano. El enemigo dejó de estar solamente arriba; comenzó a instalarse al interior de las propias filas. Así apareció una izquierda que muchas veces aprendió primero a destruir que a construir.

El tiempo pasó. Llegó el estallido social y millones salieron a las calles. Ahí estaba el pueblo real, no el algoritmo: trabajadores, estudiantes, jubilados, pobladores, endeudados, humillados durante décadas por un país obscenamente desigual. Durante semanas Chile pareció despertar de un largo letargo neoliberal.
Y sin embargo, junto a esa energía legítima y profunda, también apareció algo que ya venía incubándose hacía años en las redes sociales: la fragmentación permanente, la pureza moral convertida en arma y la incapacidad casi enfermiza de construir mayorías duraderas.

Muchos descubrieron que era más fácil incendiar que organizar. Más fácil funar que convencer. Más fácil humillar que sumar.

La vieja izquierda chilena tuvo enormes errores, dogmatismos y derrotas dolorosas. Nadie que haya vivido mínimamente la historia del siglo veinte podría negarlo. También existieron burocracias, sectarismos y pequeños caudillos iluminados que confundieron revolución con obediencia ciega.

Pero había algo distinto en generaciones anteriores de militancia. Algo difícil de explicar a quienes nacieron políticamente dentro de una pantalla.

La política tenía cuerpo.

Existían sindicatos, reuniones eternas, panfletos mal impresos, discusiones cara a cara, ollas comunes, marchas, persecuciones reales y también fraternidades reales. La crítica podía ser brutal, pero muchas veces ocurría después de la jornada, no antes de empezar la batalla.

Hoy, en cambio, abundan revolucionarios que jamás han organizado una junta de vecinos, una huelga o una biblioteca popular, pero pueden destruir a otro compañero en veinte segundos desde un teléfono celular.

Tal vez por eso releer aquel texto guardado durante dieciséis años produce una sensación extraña. No la satisfacción de haber tenido razón. Mucho menos orgullo. Produce tristeza.

Porque en algún momento creímos que las redes sociales podían ampliar la democracia y terminaron muchas veces amplificando el odio, la ansiedad y la demolición permanente del otro. La velocidad reemplazó a la reflexión. La consigna reemplazó al pensamiento.

La rabia vende.

La fraternidad no.

Y mientras cerraba aquel viejo computador, pensé que tal vez una parte importante de la izquierda no fue derrotada únicamente por la derecha, por el dinero o por los grandes poderes económicos.

Tal vez también se fue desangrando lentamente en sus propias pequeñas guerras internas.
En sus inquisidores digitales.

En su incapacidad de abrazar incluso a quienes caminaban más lento.

Y quizás esa siga siendo, todavía hoy, nuestra derrota más profunda.


Carlos Alberto Masciocchi


Publicado por el autor, en el face, el 7.5.26
 
 

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