El racismo que todavía habita entre nosotros
El racismo que todavía habita entre nosotros
Carlos Alberto Masciocchi
El
escándalo protagonizado por el empresario chileno detenido en Brasil
por insultos racistas y homofóbicos produjo indignación inmediata. Las
imágenes fueron brutales. No había metáforas ni ambigüedades: había odio
explícito, descontrol y humillación pública hacia otro ser humano.
Pero sería demasiado cómodo pensar que el problema termina en ese individuo.
Porque el verdadero problema es más profundo y más cercano. Vive entre nosotros. A veces en silencio. A veces disfrazado de humor. A veces vestido con traje ejecutivo, lenguaje técnico y buenos modales sociales.
Chile suele mirarse a sí mismo como una sociedad relativamente moderna, ordenada y civilizada. Sin embargo, basta observar la vida cotidiana para descubrir algo incómodo: seguimos arrastrando viejas jerarquías coloniales, prejuicios raciales y desprecios culturales profundamente instalados.
No hace falta gritar “mono” en un avión para ejercer racismo.
Existe también el racismo administrativo. El racismo social. El racismo preventivo. El racismo de la sospecha permanente.
Lo viven muchos migrantes cuando son observados como amenaza antes que como personas. Lo viven ciudadanos haitianos, venezolanos, peruanos o colombianos que deben demostrar constantemente que “merecen” estar aquí. Lo viven también los pueblos originarios, especialmente el pueblo mapuche, históricamente tratado como problema policial antes que como parte esencial de nuestra identidad histórica.
Y lo más grave es que muchas veces estos discursos terminan normalizados por sectores políticos, medios de comunicación y conversaciones cotidianas donde el prejuicio aparece disfrazado de “realismo”, “orden” o “seguridad”.
El caso ocurrido en Brasil además destruye una ilusión bastante latinoamericana: creer que el dinero educa moralmente.
No.
El éxito económico no convierte automáticamente a nadie en persona decente.
La educación universitaria tampoco.
Ni el cargo empresarial.
Ni las millas acumuladas en vuelos internacionales.
La historia humana está llena de individuos exitosos y simultáneamente miserables desde el punto de vista ético.
Tal vez por eso impactó tanto ver a un ejecutivo corporativo derrumbarse públicamente en segundos y exhibir una violencia verbal tan primitiva. Porque dejó al descubierto algo que nuestras sociedades intentan ocultar bajo capas de consumo, apariencias y modernidad superficial.
El episodio también revela otro fenómeno de nuestro tiempo: las redes sociales terminaron destruyendo la vieja impunidad de ciertas élites. Antes muchos abusos quedaban encerrados en espacios privados. Hoy una cámara puede desnudar en minutos aquello que durante años permanecía oculto detrás de una oficina elegante o un cargo importante.
Sin embargo, sería un error transformar este caso únicamente en espectáculo moral o linchamiento público. El verdadero desafío consiste en preguntarnos cuánto de ese desprecio sigue vivo culturalmente entre nosotros.
Porque el racismo no nace de la nada.
Se aprende.
Se escucha.
Se hereda.
Se normaliza.
Empieza muchas veces en pequeños comentarios familiares, bromas humillantes, caricaturas televisivas o discursos políticos que convierten al diferente en sospechoso, inferior o indeseable.
Y cuando una sociedad acostumbra demasiado tiempo esos lenguajes, tarde o temprano aparece alguien que deja de susurrarlos y comienza a gritarlos en público.
Entonces recién nos escandalizamos.
Pero quizá el problema llevaba décadas sentado silenciosamente a nuestra mesa.
Publicado en el face el 20.5.26 por: Carlos Alberto Masciocchi

Comentarios
Publicar un comentario