Anuncian miles de despidos en Telefónica consecuencia de su compra por parte de Millicom: los inversionistas extranjeros vienen a saquear a los trabajadores
Anuncian miles de despidos en Telefónica consecuencia de su compra por parte de Millicom: los inversionistas extranjeros vienen a saquear a los trabajadores
por Alejandro Valenzuela Torres
La reciente toma de control de Telefónica Chile por parte de Millicom, acompañada de una ola inmediata de entre 700 y 1.000 despidos en la empresa que comercializa la marca Movistar, constituye una prueba empírica de de que el capital extranjero viene a Chile a saquear a los trabajadores en un país ocupado políticamente por sus operadores. En cuestión de días, una infraestructura estratégica que fue construida durante décadas como servicio público —la antigua CTC, Compañía de Teléfonos de Chile— volvió a cambiar de manos, ahora no ya entre Estados y conglomerados industriales, sino entre holdings financieros cuya racionalidad no es la expansión productiva sino la optimización del balance.
La ideología dominante ha logrado instalar una equivalencia casi religiosa entre inversión extranjera y progreso. Cada arribo de capital transnacional es celebrado por el régimen como señal inequívoca de “confianza”, “estabilidad macroeconómica” y “éxito del modelo”. Sin embargo, bajo esa liturgia tecnocrática se oculta una realidad menos elegante: la inversión extranjera opera, en el plano económico, como fuerza de extracción de valor y, en el plano político, como dispositivo de ocupación.
El ciclo se cierra de manera elocuente. La CTC estatal fue privatizada en el marco de la contrarrevolución neoliberal y terminó bajo control de Telefónica, símbolo del ingreso del capital español en la década de 1990. Hoy, con ese capital ibérico replegado, la empresa se vende y reordena su cartera regional, y el activo chileno es absorbido por un consorcio con domicilio en Luxemburgo, asociado al magnate francés Xavier Niel. Lo que fue empresa pública nacional, luego enclave del capital europeo industrial, deviene ahora pieza intercambiable en el ajedrez del capital financiero transnacional.
El dato decisivo no es solo el cambio de controlador, sino el método. El CEO global de Millicom, Marcelo Benítez, ha descrito con franqueza el “playbook”: rediseño inmediato de la plana ejecutiva, reducción de hasta 30% de la plantilla, disciplina en el flujo de caja y mejora del apalancamiento. La ecuación es simple: la rentabilidad se restituye por la vía de la contracción laboral. El costo de la operación lo asumen los trabajadores.
No se trata de un episodio aislado. Hace apenas dos meses, Cencosud ejecutó una ola de despidos que anticipó la conducta que hoy se generaliza: ajuste preventivo, reorganización de áreas, externalización de funciones. La señal es inequívoca. Las multinacionales operan en Chile con la convicción de que el terreno es fértil para la depredación: institucionalidad laboral flexible, burocracia sindical contenida y un discurso oficial que celebra cada reestructuración como modernización.
Desde el punto de vista económico, la inversión extranjera directa no se limita a aportar capital. Extrae plusvalor producido localmente, remite utilidades al exterior, impone estándares corporativos definidos en otras latitudes y reorganiza cadenas de valor según la lógica de los mercados financieros globales. En sectores estratégicos como telecomunicaciones o retail, esto implica que infraestructuras y redes que articulan la vida cotidiana de millones quedan subordinadas a decisiones adoptadas en Luxemburgo, París o Nueva York.
En el plano político, esta subordinación adquiere rasgos de ocupación estructural. Los gobiernos compiten por ofrecer garantías regulatorias, incentivos tributarios y estabilidad social. Cada anuncio de adquisición es presentado como voto de confianza en el país. La prensa económica celebra el “grado de inversión” y la “sofisticación del mercado”, mientras centenares de trabajadores reciben su carta de despido.
El programa económico de José Antonio Kast no es ajeno a esta dinámica; por el contrario, se alinea con ella. Su propuesta de desregulación, reducción de cargas empresariales y fortalecimiento del orden represivo no persigue otra cosa que ofrecer al capital transnacional un entorno aún más favorable para la extracción de rentabilidad. La “seguridad” que se promete no es la de los trabajadores, sino la de la inversión. En este esquema, el Estado actúa como garante jurídico y coercitivo de la acumulación.
La paradoja es que esta ofensiva se produce en un país que el régimen exhibe como caso de éxito. La estabilidad macroeconómica y el grado de inversión funcionan como certificados de calidad ante los mercados. Pero para los trabajadores, ese éxito se traduce en precarización, intensificación del trabajo y amenaza permanente de reestructuración. El capital celebra la confianza; la clase trabajadora asume el riesgo.
Frente a esta situación, la respuesta institucional ha sido, una vez más, la pasividad. La burocracia de la Central Unitaria de Trabajadores guarda silencio o se limita a declaraciones formales. La fragmentación sindical y la subordinación política han neutralizado la posibilidad de una reacción proporcional a la magnitud del ataque. Allí donde el capital actúa con estrategia continental, la dirección sindical responde con cautela administrativa.
Sin embargo, la historia demuestra que ninguna fase de depredación es infinita. La coordinación entre trabajadores de sectores estratégicos, la solidaridad activa frente a cada despido masivo y la denuncia pública de esta lógica extractiva constituyen el mínimo indispensable para revertir la tendencia. La infraestructura digital y comercial del país no puede seguir tratándose como simple activo especulativo.
La ola de despidos en Movistar y en Cencosud no son accidentes de mercado. Son anticipos de una conducta estructural del capital transnacional en Chile, reforzada por un programa político que promete profundizar la desregulación y el disciplinamiento social. Frente a ello, la solidaridad no es consigna retórica sino condición de supervivencia colectiva. Allí donde la inversión extranjera se presenta como éxito, es preciso revelar su verdadera naturaleza: saqueo económico y ocupación política bajo la apariencia del progreso.
Extractado de: https://elporteno.cl/anuncian-miles-de-despidos-en-telefonica-consecuencia-de-su-compra-por-parte-de-millicom-los-inversionistas-extranjeros-vienen-a-saquear-a-los-trabajadores/
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