Los datos no mienten: el espejo roto del
sindicalismo chileno
La democracia tutelada prometió justicia laboral y
devolvió migajas. Las cifras del sindicalismo delatan a una clase
política cómoda con el saqueo.
Cuando se arrebató la democracia en Chile, en 1973
el nivel de sindicalización alcanzaba el 34% de la fuerza laboral.
El país tenía una de las tasas más altas del mundo.
Los sindicatos no solo crecieron en las
ciudades: la Reforma Agraria incorporó masivamente al mundo
campesino, elevando el número de sindicatos rurales de 211 en 1967 a
870 en 1973, con más de 220 mil afiliados.
Esa es la base de comparación. Ese es el
espejo que hoy incomoda.
Con el golpe de Estado y la persecución política
brutal, el sindicalismo entró en agonía. El Plan Laboral de la
dictadura (1979), el saqueo de cientos de empresas y la
fragmentación forzada de los gremios hicieron que la tasa se
desplomara casi a la mitad: 18,2% en 1991. Adiós al
34%.
Luego llegó la transición a la democracia. Los
gobiernos de la Concertación prometieron reparación. Pero los datos
muestran algo extraño: la sindicalización no solo no aumentó, sino
que empeoró.
Si se mide en relación al crecimiento de la
población, el sindicalismo chileno cayó en un pantano del que nunca
salió.
Los acuerdos políticos con los partidos
oficialistas, la herencia del modelo pinochetista y el miedo a tocar
al empresariado convirtieron la "democracia" en una simple
administración de la dictadura.
Las cifras son lapidarias:
· 1993: 21,2% (un espejismo que duró
poco).
· 1999: 14,5% (ya por debajo de la
dictadura).
· 2006: 14,5% (el mismo pozo).
Durante el gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006),
la tasa promedio fue del 15,1%: la más baja para un mandato
presidencial hasta esa fecha.
En el primer gobierno de Michelle Bachelet
(2006-2010) apenas llegó al 15,7%. Es decir: con la Concertación, la
sindicalización fue, durante años, más baja que en plena dictadura
militar.
Este espejo es para mirarse, para alarmarse, para
poner la realidad laboral chilena en estado de alerta.
¿Cómo se puede entender que la democracia no
tuviera efecto sobre la sindicalización, sobre la concentración de
la riqueza, sobre la distribución del ingreso?
No hace falta ser economista.
¿A qué se dedicó la clase política en los
últimos 35 años?
Perdón, pero este espejo es donde debe mirarse la
llamada democracia tutelada chilena.
No diré como dijo el presidente Lagos
aquello de "lo demás es música", porque es una comparación
miserable: sin sindicalismo creciente, lo demás es miseria,
precariedad laboral y una democracia de maquillaje, válida solo para
los dueños del capital.
Hoy, con el fascismo de vuelta en La Moneda, el
sindicalismo chileno sigue en crisis. Según la ENCLA 2023 y estudios
de 2025, la tasa bordea apenas el 20% (un 20,6% según algunas
lecturas).
Nunca, en 50 años, se volvió a las cifras del
gobierno popular de Salvador Allende.
Podrán culpar a la modernidad, a la tecnología, al
cambio de modelo. Pero Uruguay y Argentina sufrieron dictaduras
iguales o peores, y hoy tienen cifras notablemente
superiores:
· Uruguay: aproximadamente el 50% de
sindicalización.
· Argentina: cerca del 28%.
· Chile: apenas supera el 20%... y durante buena
parte de la Concertación estuvo por debajo del 15%.
Alerta. Que en Chile algo pasó con la enclenque
clase política y la democracia de maquillaje. Los datos no
mienten.
No se trata de nostalgia. Se trata de preguntar,
de una vez por todas, por qué un país que tuvo el sindicalismo más
vibrante de Sudamérica hoy condena a sus trabajadores a la
precariedad mientras la política aplaude.
La respuesta no es económica: es política.
Es la complicidad de una transición que pactó la impunidad para el
modelo de la dictadura.
Es la traición de quienes, pudiendo
reconstruir el poder obrero, prefirieron administrar la pobreza con
concesiones de moneda.
El espejo no miente. O la democracia chilena
recupera la sindicalización como pilar de la justicia social, o
seguirá siendo una farsa con carpetazo.
Los trabajadores ya no esperan. Se organizan por
fuera, cansados de una clase política que durante 35 años miró para
el lado mientras el sindicalismo se desangraba. La historia no
perdona a los cómplices.
Y los datos, como las baldosas, se van a
levantar.
Mauricio Morales
Sur
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