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Los datos no mienten: el espejo roto del sindicalismo chileno.

Los datos no mienten: el espejo roto del sindicalismo chileno




Clotario Leopoldo Blest Riffo
(Santiago, 17 de noviembre de 1899-Santiago, 31 de mayo de 1990) fue un sindicalista, activista social y defensor de los derechos humanos chileno. Participó en la fundación de diversas organizaciones sindicales y sociales, entre ellas la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF), la Central Única de Trabajadores (CUT), el Movimiento de Izquierda Revolucionaria(MIR) y el Comité de Defensa de Derechos Humanos y Sindicales (CODEHS).




Los datos no mienten: el espejo roto del sindicalismo chileno

La democracia tutelada prometió justicia laboral y devolvió migajas. Las cifras del sindicalismo delatan a una clase política cómoda con el saqueo.

Cuando se arrebató la democracia en Chile, en 1973 el nivel de sindicalización alcanzaba el 34% de la fuerza laboral. El país tenía una de las tasas más altas del mundo.

 Los sindicatos no solo crecieron en las ciudades: la Reforma Agraria incorporó masivamente al mundo campesino, elevando el número de sindicatos rurales de 211 en 1967 a 870 en 1973, con más de 220 mil afiliados.

 Esa es la base de comparación. Ese es el espejo que hoy incomoda.

Con el golpe de Estado y la persecución política brutal, el sindicalismo entró en agonía. El Plan Laboral de la dictadura (1979), el saqueo de cientos de empresas y la fragmentación forzada de los gremios hicieron que la tasa se desplomara casi a la mitad: 18,2% en 1991. Adiós al 34%.

Luego llegó la transición a la democracia. Los gobiernos de la Concertación prometieron reparación. Pero los datos muestran algo extraño: la sindicalización no solo no aumentó, sino que empeoró.

 Si se mide en relación al crecimiento de la población, el sindicalismo chileno cayó en un pantano del que nunca salió.

 Los acuerdos políticos con los partidos oficialistas, la herencia del modelo pinochetista y el miedo a tocar al empresariado convirtieron la "democracia" en una simple administración de la dictadura.

Las cifras son lapidarias:

· 1993: 21,2% (un espejismo que duró poco).
· 1999: 14,5% (ya por debajo de la dictadura).
· 2006: 14,5% (el mismo pozo).

Durante el gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006), la tasa promedio fue del 15,1%: la más baja para un mandato presidencial hasta esa fecha.

 En el primer gobierno de Michelle Bachelet (2006-2010) apenas llegó al 15,7%. Es decir: con la Concertación, la sindicalización fue, durante años, más baja que en plena dictadura militar.

Este espejo es para mirarse, para alarmarse, para poner la realidad laboral chilena en estado de alerta.

 ¿Cómo se puede entender que la democracia no tuviera efecto sobre la sindicalización, sobre la concentración de la riqueza, sobre la distribución del ingreso?

 No hace falta ser economista.

 ¿A qué se dedicó la clase política en los últimos 35 años?

Perdón, pero este espejo es donde debe mirarse la llamada democracia tutelada chilena.

 No diré como dijo el presidente Lagos aquello de "lo demás es música", porque es una comparación miserable: sin sindicalismo creciente, lo demás es miseria, precariedad laboral y una democracia de maquillaje, válida solo para los dueños del capital.

Hoy, con el fascismo de vuelta en La Moneda, el sindicalismo chileno sigue en crisis. Según la ENCLA 2023 y estudios de 2025, la tasa bordea apenas el 20% (un 20,6% según algunas lecturas). 

Nunca, en 50 años, se volvió a las cifras del gobierno popular de Salvador Allende.

Podrán culpar a la modernidad, a la tecnología, al cambio de modelo. Pero Uruguay y Argentina sufrieron dictaduras iguales o peores, y hoy tienen cifras notablemente superiores:

· Uruguay: aproximadamente el 50% de sindicalización.
· Argentina: cerca del 28%.
· Chile: apenas supera el 20%... y durante buena parte de la Concertación estuvo por debajo del 15%.

Alerta. Que en Chile algo pasó con la enclenque clase política y la democracia de maquillaje. Los datos no mienten.

No se trata de nostalgia. Se trata de preguntar, de una vez por todas, por qué un país que tuvo el sindicalismo más vibrante de Sudamérica hoy condena a sus trabajadores a la precariedad mientras la política aplaude.

 La respuesta no es económica: es política. Es la complicidad de una transición que pactó la impunidad para el modelo de la dictadura.


 Es la traición de quienes, pudiendo reconstruir el poder obrero, prefirieron administrar la pobreza con concesiones de moneda.

El espejo no miente. O la democracia chilena recupera la sindicalización como pilar de la justicia social, o seguirá siendo una farsa con carpetazo.

Los trabajadores ya no esperan. Se organizan por fuera, cansados de una clase política que durante 35 años miró para el lado mientras el sindicalismo se desangraba. La historia no perdona a los cómplices. 

Y los datos, como las baldosas, se van a levantar.

Mauricio Morales 
Sur
Charquicán, 2.5.26 

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