Criollos, hijos de españoles en América, el orígen del racismo hacia los indígenas
Criollos, hijos de españoles en América, el orígen del racismo hacia los indígenas
Despreciaban a los indios por debajo. Envidaban a los españoles por arriba. Los criollos, hijos de españoles nacidos en América, estaban atrapados en el medio. No eran peninsulares, no podían gobernar. No eran indígenas, no querían ser gobernados. Así que construyeron su identidad sobre dos odios: hacia los que estaban abajo y hacia los que estaban arriba. Octavio Paz lo dijo con una claridad que duele: "Los criollos despreciaban y odiaban a los indios con la misma violencia con que envidiaban y aborrecían a los españoles". No es una opinión cómoda. Es una radiografía cruda del alma colonial. Y esa alma, aunque hayan pasado dos siglos de independencia, sigue latiendo en nuestras élites. Sigue latiendo en nuestros gobiernos. Sigue latiendo en nosotros.
La
frase explosiva de Octavio Paz sigue doliendo. El escritor mexicano lo
dijo claro: "Los criollos despreciaban y odiaban a los indios con la
misma violencia con que envidiaban y aborrecían a los españoles". No lo
dijo para ofender. Lo dijo para explicar. Para explicar por qué América
Latina, a pesar de su riqueza natural, a pesar de su historia heroica, a
pesar de sus héroes independentistas, sigue siendo una región desigual,
racista, violenta. Porque nació del odio. No del amor.
Los
criollos eran hijos de españoles nacidos en América, pero no tenían el
poder de los peninsulares. Por un lado, miraban a los indios como
inferiores y los explotaban. Por otro, envidiaban a los españoles que
llegaban a gobernarles. Esa doble frustración se volvió violencia
psicológica e histórica. No es una teoría. Es un hecho. Los criollos
hablaban de libertad, pero tenían esclavos. Hablaban de patria, pero
despreciaban a la mayoría de sus habitantes. Hablaban de independencia,
pero querían ocupar el lugar de los españoles, no abolir el sistema de
dominación.
Muchos héroes de la
independencia hispanoamericana eran criollos. Soñaban con una patria
libre, pero despreciaban a la mitad de su población. ¿Se puede construir
un país sobre el odio a tu propia tierra y a tu propia sangre mezclada?
Esa contradicción sigue marcando nuestras sociedades. Los mismos que
hoy hablan de derechos humanos, de igualdad, de justicia social, a
menudo son los que viven en burbujas de privilegio, los que no conocen
los barrios pobres, los que nunca han compartido una comida con un
indígena. La contradicción no ha desaparecido. Solo se ha disfrazado.
Tal
como le ocurrió a Jefferson. Hablaba de Libertad, pero tenía doscientos
esclavos. No es un problema exclusivo de México. Es un problema de
América Latina entera. Nuestros próceres, nuestros padres de la patria,
nuestros héroes independentistas, fueron hombres de luces y sombras.
Soñaron con naciones libres, pero no supieron (o no quisieron) incluir a
todos en ese sueño. Los indios, los negros, los mestizos pobres,
quedaron fuera. Y esa exclusión, esa herida abierta, sigue sangrando.
¿Crees
que ese rencor criollo hacia indios y españoles sigue vivo hoy en
nuestras élites latinoamericanas? La respuesta es sí. No se manifiesta
de la misma manera. Ya no se dice "indio" como insulto abiertamente. Ya
no se defiende la esclavitud. Pero el desprecio persiste. En la forma en
que se habla de los pueblos originarios. En la forma en que se ignoran
sus derechos. En la forma en que se les sigue despojando de sus tierras,
de sus lenguas, de sus culturas. El rencor se ha transformado, pero no
ha desaparecido.
Octavio Paz no
fue un político. Fue un poeta. Pero los poetas, a veces, ven más lejos
que los políticos. Vio que la independencia no fue una liberación total.
Vio que los criollos, al independizarse, no hicieron más que cambiar de
amo. Vio que el desprecio hacia los indios y la envidia hacia los
españoles seguían siendo los motores ocultos de la sociedad
latinoamericana. Por eso su frase duele. Porque es verdad.
Hoy,
cuando escuches a algún político hablar de "unidad nacional", cuando
leas algún discurso sobre "la gran familia mexicana", recuerda la frase
de Octavio Paz. Recuerda que la nación no se construyó sobre el amor. Se
construyó sobre el odio. Y el odio, por más que se disfrace, siempre
termina saliendo. Siempre termina lastimando. Siempre termina
dividiendo.
© Edición protegida
por Asombroso | Basado en material de: Octavio Paz, "El laberinto de la
soledad" (1950); biografías de los héroes independentistas; crónicas de
la época colonial; investigaciones sobre el racismo en América Latina;
testimonios de la época | Compartir solo con créditos: @Asombroso
Publicado en face por Asombroso el 24.4.26

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