Carmen Castillo recibió la Legión de Honor en París
Carmen Castillo recibió la Legión de Honor en París
En la Maison de Amérique latine en Paris, el 2 de abril de 2026, se realizó la ceremonia de entrega de la insignia de la Legion d’honneur, con el grado de Chevalier, a Carmen Castillo, por recomendacion del ministerio de Asuntos Exteriores, representado en la ceremonia por la dirección de las Américas. La condecoracion le fue entregada por el embajador Jean Mendelson, en presencia de Roland Dubertrand, quien inició, como embajador de Francia en Chile en ese tiempo, la solicitud de condecoración a Carmen Castillo, por su trabajo en el fortalecimiento de las vínculos entre Chile y Francia.
A continuación las palabras expresadas por Carmen Castillo:
En estos tiempos tan sombríos, poder aún, a los 80 años, invocar la palabra "gratitud" es para mí una profunda alegría.
Gracias, entonces, a mis amigos embajadores Jean Mendelson y Roland Dubertrand.
Gracias a la dirección de la Maison de l’Amérique Latine que nos acoge esta noche.
Gracias a todos, a los presentes y a los ausentes.
Es con una sincera humildad que recibo esta distinción, acompañada en mi corazón por mis queridos y fieles fantasmas: el presidente Salvador Allende, Miguel Enríquez y todos aquellos y aquellas que lucharon por la vida frente a la máquina de la muerte de la dictadura. Pero, a medida que las fuerzas de la destrucción de la vida avanzan frente a nuestros ojos sin esconderse, cada vez más abiertamente, de ellos retengo solo sus vidas y no su muerte: sus miradas luminosas, sus bellos rostros y sus sonrisas invencibles. Porque sí, las máquinas de matar son imperfectas. No han sabido apagar esa luz, frágil pero obstinada, que iluminaba sus vidas. Y no nos han destruidos a todos. Es así como miles de sobrevivientes pudieron encontrar refugio en Francia.
No existe un solo exilio que contar: hay tantos exilios como exiliados, y cada exiliado carga con más de uno. Expulsada de mi país natal, convertida en apátrida, elegí vivir el mío en París. Es aquí que la criatura herida se levantó y renació en los brazos fraternales del pueblo francés, en los años 70 y 80, sostenida por el calor irrevocable de la amistad. Vi entonces abrirse ante mí los caminos de un devenir francés. Mi tribu, plural y abigarrada, es, desde entonces, el pedestal de mi existencia íntima y política.
Hace algunas semanas, dije en Santiago: "Es una contradicción, pero amo mi exilio." No puedo evitarlo: es así. Quizás porque no lo busqué, ese exilio. Lo acepté en lo más profundo de mí misma y terminé por vivirlo como una victoria contra los criminales. En suma, como un regalo del cielo.
Francia es un país de acogida, y es al mismo tiempo mi país. Francia me ha dado numerosos regalos. Una manera de pensar, una manera de ser, que me permitieron atravesar la supervivencia, resistir ante esa muerte en suspenso.
Algunos recuerdos acuden de esos primeros años a mí – momentos que trazarán líneas de vida para los cincuenta años venideros. Veánlos conmigo. Al menos unos pocos. Estoy en la rue du Jour, junto con Agnès, Jean-René y sus amigos, Félix Guattari, Gilles Deleuze. O esa mañana en que avanzo en una motocicleta fucsia. Descubro París. La belleza se deja ver con la aparición del día, los sentidos se abren, me siento viva.
O bien es ese día del año 1982, en que, acompañada por Nathalie, François Mitterrand me concede la nacionalidad francesa. Qué alegría pura: ya no soy una apátrida. Recibo un pasaporte – ese bien tan valioso para todos los refugiados del mundo. Una semana después, traspaso fronteras. Tomo el avión, hago escala en La Habana y anuncio la noticia a mi hija Camila. Ella aplaude con un gozo de niña. Entiende. Luego me dirijo a México para presentar Un día de octubre en Santiago, ese libro escrito en francés gracias a Leila y Olivier, ese libro editado por Betty Mialet.
Otros recuerdos intactos. También en ese año 1982. El encuentro con Pierre, una historia de amor tan bella, el nacimiento de nuestros dos hijos, Diego y Tomás, y luego la llegada de Camila a París. Hacer familia. Una felicidad inagotable.
Y Pierre me abrirá el camino del cine. Con él Francia me ofrece una memoria para mi historia chilena. Puedo en ese hacer, de una manera distinta, permanecer fiel a nuestros muertos. Puedo retomar el compromiso político, es decir, mi fuerza vital. Puedo tomar parte en esa batalla sin fin de la memoria, entre vencedores y vencidos.
Cuando el veto de retorno es levantado, elijo sin embargo quedarme en París. La impunidad de los criminales, la arrogancia de los vencedores... todo eso me habría arrastrado al agujero negro del resentimiento o de la amargura. En los hechos, el exilio ha terminado. Pero desde entonces lo sé: una vez que se ha sido exiliado, se lo sigue siendo para siempre.
Poco a poco, entre mis dos países, la vida continúa. Treinta y seis años de una vida plena, activa. La belleza de los encuentros y la belleza del amor. El gozo del trabajo y de las películas. El placer de algunos escritos. Y, siempre, esa conciencia de la apuesta incierta: la de las luchas múltiples, ancladas en el presente y pensadas a varias voces. Sin nunca renunciar a buscar un horizonte de sentido para la humanidad.
Conocimos algunas victorias. Y muchas derrotas. Desde mi juventud, me obstino en aprender a perder – no a renunciar a ganar, sino a atravesar las pérdidas. Porque de las derrotas surgen derroteros.
Aquí estoy ahora ante ustedes y hace pocos días estaba en Chile. Una vez más, dejé atrás a mi hija, mi familia, mis amigos y mis compañeros. Volví a París con el corazón apretado. Pero me reencontré aquí con cierta forma de serenidad, la alegría cotidiana, junto a mis hijos, Justine y mis nietos, Oscar y Léo. Me dejo sostener desde mi regreso. Repongo fuerzas en el abrazo de mis amigas. Camino por las calles de la gran ciudad. En mi librería, veo el libro de mi amigo Joseph Andras, La Vie bonne: Notre socialisme. Entonces, curiosamente, algo vuelve. El aliento. Como una caja de herramientas para continuar. Para ver, para hacer, más allá de la noche. En Francia y en Chile.
Y esta noche recuerdo el canto de Violeta Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.
Carmen Castillo, 2 de abril de 2026
En ces temps si sombres, pouvoir encore, à 80 ans, invoquer le mot « gratitude » est pour moi une joie profonde.
Merci, donc, à mes amis ambassadeurs Jean Mendelson et Roland Dubertrand.
Merci à la direction de la Maison de l’Amérique Latine qui nous accueille ce soir.
Merci à vous tous, aux présents et aux absents.
C’est avec une sincère humilité que je reçois cette distinction, portant en mon cœur mes chers et fidèles fantômes : le président Salvador Allende, Miguel Enríquez et tous ceux, et toutes celles qui ont combattu en faveur de la vie face à la machine de mort de la dictature.
Mais, à mesure que les forces de destruction de la vie avancent sous nos yeux à découvert, toujours plus à découvert, je ne retiens d’eux que leurs vies : leurs regards lumineux, leurs beaux visages et leurs sourires invincibles. Car, oui, les machines à tuer sont imparfaites. Elles n’ont pas su éteindre cette lumière, fragile mais obstinée, qui éclairait ces vies. Et elles ne nous ont pas tous détruits. C’est ainsi que des milliers de survivants ont pu trouver refuge en France.
Il n’existe pas un seul exil à raconter : il y en a autant que d’exilés, et chacun en porte plusieurs en lui. Chassée de mon pays natal, devenue apatride, j’ai choisi de vivre le mien à Paris. C’est ici que la créature blessée s’est relevée. En renaissant dans les bras fraternels du peuple français, dans les années 70 et 80. En étant tenue par la chaleur irrévocable de l’amitié. J’ai vu alors s’ouvrir à moi les voies d’un devenir français. Ma tribu, plurielle et composite, est depuis le socle de mon existence intime et politique.
Il y a quelques semaines de ça, j’ai dit à Santiago : « C’est une contradiction mais j’aime mon exil. » Je n’y peux rien : c’est ainsi. Peut-être parce que je ne l’ai pas cherché, cet exil. Je l’ai accepté au plus profond de moi-même et j’ai fini par le vivre comme une victoire contre les criminels. Comme un cadeau du ciel, en somme.
La France est un pays d’accueil, et c’est tout autant mon pays. La France m’a donné de nombreux cadeaux. Une manière de penser, une manière d’être, qui m’ont permis de traverser la survie, de tenir face à cette mort en sursis. Quelques souvenirs me reviennent de ces premières années – ils allaient tracer des lignes de vie pour les cinquante ans à venir. Voyez avec moi. Au moins un petit peu. C’est rue du Jour, auprès d’Agnès, de Jean-René et de leurs amis, Félix Guattari, Gilles Deleuze. Ou bien c’est ce petit matin où je roule sur une mobylette fuchsia. Je découvre Paris. La beauté se lève, les sens s’ouvrent, je me sens vivante. Ou bien c’est ce jour de l’année 1982, où, accompagnée de Nathalie, François Mitterrand m’accorde la nationalité française. Quelle joie pure : je ne suis plus apatride. Je reçois un passeport – ce bien si précieux pour tous les réfugiés du monde. Une semaine plus tard, je franchis des frontières. Je prends l’avion, je fais escale à La Havane et j’annonce la nouvelle à ma fille Camila. Elle applaudit dans un bonheur d’enfant. Elle comprend. Puis je me rends à Mexico pour présenter Un jour d’Octobre à Santiago, ce livre écrit en français grâce à Leila et Olivier, ce livre édité par Betty Mialet.
D’autres souvenirs intacts. Encore cette année 1982. La rencontre avec Pierre, une si belle histoire d’amour, la naissance de nos deux enfants, Diego et Tomás puis l’arrivée de Camila à Paris. Faire famille. Un bonheur inépuisable. Et Pierre m’ouvrira le chemin du cinéma. La France m’offre alors une mémoire pour mon histoire chilienne. Je peux, autrement, rester fidèle à nos morts. Je peux retrouver l’engagement politique, c’est-à-dire ma force vitale. Je peux prendre part à cette bataille sans fin de la mémoire, entre vainqueurs et vaincus.
Quand l’interdit de retour est levé, je choisis pourtant de rester à Paris. L’impunité des criminels, l’arrogance des vainqueurs… tout ça m’aurait entraînée dans le trou noir du ressentiment ou de l’amertume. Dans les faits, l’exil est terminé. Mais je le sais depuis : une fois exilé, on le reste pour toujours.
Peu à peu, entre mes deux pays, la vie continue. Trente-six années d’une vie pleine, active. La beauté des rencontres et la beauté de l’amour. Le bonheur du travail et des films. Le plaisir de quelques écrits. Et, toujours, cette conscience du pari incertain : celui des luttes multiples, ancrées dans le présent et pensées à plusieurs. Sans jamais renoncer à chercher un horizon de sens pour l’humanité.
Nous avons connu quelques victoires. Et beaucoup de défaites. Depuis ma jeunesse, je m’obstine à apprendre à perdre – non pas à renoncer à gagner, mais à traverser les pertes. Car de la déroute naissent des routes neuves. Je suis devant vous et je me trouvais il y a quelques jours au Chili. J’ai, une fois de plus, laissé derrière moi ma fille, ma famille, mes amis et mes camarades. Je suis revenue à Paris le cœur serré. Mais j’y ai retrouvé une forme de sérénité, le bonheur quotidien, auprès de mes fils, de Justine et de mes petits-enfants, Oscar et Léo. Je me laisse porter depuis mon retour. Je me ressource dans l’étreinte de mes amies. Je marche dans les rues de la grande ville. Dans ma librairie, je vois le livre de mon ami Joseph Andras, La Vie bonne. Notre Socialisme. Alors, curieusement, quelque chose revient. Le souffle. Comme une boîte à outils pour continuer. Pour voir, pour faire, au-delà de la nuit. En France et au Chili.
Et ce soir me revient le chant de Violeta Parra :
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Carmen Castillo, 2 avril 2026
Extractado de: https://www.lemondediplomatique.cl/carmen-castillo-recibio-la-legion-de-honor-en-paris.html
NdR: muchos de sus filmes los encuentras en este portal sin fines de lucro: www.arcoiris.tv
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