Pescaysén: la empresa liderada por Katia Inostroza que revaloriza los residuos de la industria salmonera en Aysén
Pescaysén: la empresa liderada por Katia Inostroza que revaloriza los residuos de la industria salmonera en Aysén
Hace 10 años, el matrimonio aysenino de Katia Inostroza y Honorino Angulo resolvió un problema que representaba un dolor para las costas de la Patagonia: la multitud de desechos de la industria salmonera desperdigada por la zona, más otros residuos procedentes de otras regiones y hasta de otros países como Japón. Con el apoyo de la asociación gremial Salmon Chile, ambos partieron limpiando playas, pero ahora es un proyecto consolidado con sus propias lanchas y una barcaza que junto con recoger residuos desde Melinka hasta la Laguna San Rafael, los convierte en nuevos productos a través una planta de acopio y procesamiento transitorio. Este año pretenden contar con su planta propia, con energías renovables.
Detrás de la exuberancia estética de la Patagonia chilena, cruzada por fiordos, canales y nieves eternas, se esconde una realidad poco visible a los ojos de los turistas: la enorme cantidad de desechos de la industria salmonera desperdigada por la Región de Aysén, cuya acción provoca un severo daño a las aguas prístinas de la zona, ensucia el entorno y repleta de plástico lugares que debiesen ser aptos para el goce y la contemplación de la naturaleza.
Katia Inostroza, hoy con 49 años, cinco hijos, nacida y criada en Puerto Aysén, observó por mucho tiempo con atención y preocupación el fenómeno: no sólo se acumulaban los residuos de la salmonicultura arrastrados por los temporales, sino que había basura flotando en caletas, o plásticos que llegaban de otras regiones de Chile e incluso desde los terremotos de Japón y el del 27 de febrero de 2010 en nuestro país. Por efectos del viento y las corrientes marinas, todo desemboca en Aysén y eso genera un perjuicio a nivel general.
Hace 10 años, recrudeció un conflicto latente entre las salmoneras y los pescadores y la situación casi pasó a mayores. En ese entonces, y por largos años, Katia trabajó en el retail vendiendo celulares, mientras su esposo, pescador artesanal, Honorino Angulo, afrontaba jornadas inestables en las faenas en el mar. Ambos vivían de allegados y no lograban pagar ni la luz ni el agua. En ese momento cenital de contienda entre la industria y la pesca, Honorino comenzó a limpiar las playas de Puerto Aguirre con un bote de siete metros, junto a otros pescadores. Todo financiado por la asociación gremial Salmón Chile. Ese fue el punto de partida de la empresa Pescaysén.
“Estaba la disputa porque los pescadores alegaban que estaban siendo invadidos sus espacios históricos por la industria salmonera, que no les entregaba certezas, sino contaminación. La ley de pesca mandata a la industria acuícola a limpiar el área donde está operando, pero eso tiene una jurisdicción determinada. Es como limpiar al frente de tu casa, pero ¿qué pasa con los otros lugares donde no hay presencia de salmonicultura y sin embargo la geografía de la región facilitaba la llegada de toneladas de esos residuos?”, recuerda Katia Inostroza, hoy gerenta general de Pescaysén.
Sin embargo, la tarea emprendida por su esposo en el mar era infructuosa. El proyecto se hizo inviable. No existía la capacidad técnica para recoger y acopiar tamaña cantidad de residuos. En ese instante, Katia se comenzó a involucrar en el proyecto paulatinamente. Lograron un acuerdo con la industria para que dispusiera una barcaza con la cual llevar a tierra los desechos que ambos recogían de los fiordos y canales ayseninos. Un poco más tarde, ya contaban con cuadrillas de personas que ayudaban en la recolección: pescaban muy temprano por la mañana y en la tarde se embarcaban para recoger residuos.
Todo se aceleró vigorosamente cuando Katia dejó de trabajar en el retail vendiendo celulares. Negoció su salida y le pagaron todo lo que corresponde. Con ese dinero del finiquito, pidieron dos créditos para comprar la primera lancha propia de Pescaysén.
Todo se aceleró vigorosamente cuando Katia dejó de trabajar en el retail, donde vendía celulares. Negoció su salida y le pagaron todo lo que correspondía. Con ese dinero del finiquito más otros ingresos, pidieron dos créditos para comprar la primera lancha propia de Pescaysén. “Era otro sentido. Podíamos mover muchos más volúmenes, limpiar. Luego compramos una segunda lancha, y ya éramos cerca de 10 personas limpiando playas”, cuenta Inostroza.
Al principio, sin embargo, la tarea era sacar la basura de la playa y no mucho más. Todo lo recolectado se iba a los vertederos y, merced a los estudios acumulados por Katia, lograron arrendar un galpón para una planta de acopio transitorio. Se enfocaron en valorizar los residuos que recuperaban.
Con un total de 40 personas que limpian playas desde Melinka hasta la mítica Laguna San Rafael, Pescaysén hoy es un proyecto consolidado y muy querido en la región como referente de la sustentabilidad. “Hoy construimos objetos a partir de los residuos: botes, por ejemplo, a partir de madera plástica. Hacemos alianzas locales y a partir de nosotros nacieron varios valorizadores”, explica Katia.
Luego adquirieron otra embarcación y una barcaza, que vendría a ser, según Katia, como “el camión recolector de la basura pero del mar”. Al final de cuentas, agrega ella, “la mal llamada basura es lo que nos alimenta. Es de lo que vivimos y generamos impacto. Hay muchos residuos domiciliarios también. Los pueblos del borde costero de Aysén son casi todos caletas de pescadores. Ahí no llegan los municipios, no hay bateas. Entonces la gente bota sillones y pañales a la playa. Hemos hecho talleres de concientización para intentar evitar esas prácticas”, plantea la gerenta general de Pescaysén.
“La mal llamada basura es lo que nos alimenta. Es de lo que vivimos y generamos impacto. Hay muchos residuos domiciliarios también. Los pueblos del borde costero de Aysén son casi todos caletas de pescadores. Ahí no llegan los municipios, no hay bateas. Entonces la gente bota sillones y pañales a la playa. Hemos hecho talleres de concientización para intentar evitar esas prácticas”.
El trueque
Otra máquina importante que adquirieron fue una trituradora de plástico, clave para el trabajo de valorización emprendido por Pescaysén. “Los plásticos se clasifican, se lavan, pasan por la trituradora industrial, luego por una más chica, se peletiza y se pasa por unos extrusores”, dice Katia. Ellos mismos fabrican los muebles porque la idea es fomentar el comercio local y generar impacto local en vez de enviar todo el plástico a Santiago.
Los mismos hijos de Katia y Honorino trabajan en la planta vendiendo ahí mismo los productos que se fabrican a partir de los desechos. Katia, sí, hace un alcance, acorde a la realidad cultural de la Patagonia: “No es un precio comercial. No le puedes cobrar lo mismo a un viejito campesino que quiere cerrar su predio para que no se les arranquen sus corderos. Van las personas y hacen sus propuestas. En otros casos nos llevaron dos sacos de papas, porque aún existe el trueque como práctica ancestral”.
La gran novedad para este año será la construcción de la primera planta de acopio y tratamiento propia, con energías alternativas, lo que sin duda fortalecerá y ampliará la labor de Pescaysén. Hasta ahora, la planta ocupa un espacio arrendado. “Hace un mes compramos un terreno y no lo podemos creer. Nos ha costado un montón todo lo que hemos conseguido. La idea siempre que yo digo es generar un impacto local. Siempre pensamos que nuestros productos puedan volver a la comunidad con bandejas para la Junaeb o accesorios para la cárcel”, comenta Katia. Cita el caso del trabajo mancomunado que Pescayén realiza con algunos internos del Centro de Detención Preventiva (CDP) de Puerto Aysén. “Les llevamos la madera plástica y los internos fabrican sillas y mesas, y generamos empleo”.
Por último, Katia dice que el emprendimiento ha logrado avanzar en la resolución de la “contaminación escondida” que presenta la Región de Aysén. Ella sí está a favor de una salmonicultura que respete el medioambiente. “Respeto la salmonicultura que viene de una cadena de control. Antes no había control, ahora está normado, pero siento que partimos 30 años tarde limpiando. Pero cuando eres constante en los ciclos de limpieza, se nota. Alguien tenía que hacerlo”, cierra Katia.
Extractado de: https://www.paiscircular.cl/economia-circular/katia/
Pescaysén: https://www.paiscircular.cl/


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